04 noviembre, 2007

Vista a la derecha

Estamos entrando en el «segundo cambio». Nuestros socialistas irrumpieron en el poder con el lema del «cambio». Era aquel cambio de Felipe González y de Alfonso Guerra con el que a España no iba a reconocerla ni la madre que la parió. En algunos aspectos lo consiguieron y en otros estuvieron a punto. La gente votaba el cambio por el cambio, los niños, las flores y las palomas de Ramón y aquellos discursos de tierra prometida con los que el sevillí nos vendía la burra con mataduras. Después salió lo que salió, y bien que lo sufrimos hasta que el gentío dejó de votar tanta felicidad, tanto paraíso y tanta democracia amasada de socialismo.

Y ahora entramos en el segundo cambio, en el «Cambio II». Como nuestros socialistas son tan originales, hacen un cambio a la derecha empezando una huelga general de la izquierda. O sea, que mientras el Zapatero prodigioso manda «Vista a la derecha, ar», los socialistas escapan hacia la izquierda detrás de Cándido Méndez y de José María Fidalgo, que están inventando ahora el sindicalismo de la revolución industrial en la Ugeté y en Comisiones del siglo XXI. Lo más probable es que la huelga general del 20 de Junio tenga poco de general y ya veremos lo que tiene de huelga o lo que tiene de manifestación. Ya expliqué que «juerga» viene de «huelga». Y en cierto modo, estos sindicalistas nuestros son unos juerguistas. Por lo que se dice, Zapaterito no está muy de acuerdo con la huelga, pero la apoya, y áteme usted esa mosca por el rabo.

Los sociatas de Zapatero van a hacer el «cambio» bajo tres banderas: la familia, la seguridad y el relevo generacional. Toma nísperos. Durante más de una década se dedicaron los felipistas a destruir la familia. Seguramente sería Alfonso Guerra, que chamulla dos palabras de latín, el que pronunció la consigna romana: «Delenda est familia». Y desde ese momento cesaron las ayudas a las familias con hijos, se predicó el ligue a catre abierto, llegó la Matilde poniéndoles condones a los niños desde los catorce años, se incitaba a la desobediencia y la rebelión contra los padres y otras medidas, como la exaltación del divorcio y el aborto, cayeron sobre la sociedad española. Al poco, España estaba, lógicamente, a la cola de la demografía mundial.

Con el pretexto de enterrar el régimen policial del franquismo, con los socialistas empezó el delincuente a gozar de más protección que la víctima. La «seguridad ciudadana» y el «orden público» eran conceptos derechistas que había que desterrar de la vida española. El informe anual de la Fiscalía ofrecía cada año cifras más espeluznantes. Esto era Dallas, la ciudad sin ley.

Ahora, nuestros socialistas caen del burro y hacen su campaña a favor de la seguridad y la familia. Lo del relevo generacional es más problemático. Soñaba el ciego que veía.


ABC. 20 de mayo de 2002

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31 octubre, 2007

Los esposados

En el amor, nos pasamos la vida descubriendo lo que ya está descubierto desde antes del Kamasutra. Dicen que el único placer que el hombre ha añadido a los que ya estaban inventados cuando se escribió la Biblia es la velocidad. Según observa Alvin Toffler, hemos pasado del paso de la caravana de camellos al avión supersónico y al cohete espacial. Ahora se ha puesto de moda hacer el amor, o sea, fornicar o encalomarse a la pareja (o al parejo) atándola o esposándola a los barrotes de la cama. «Átame», que diría Pedro Almodóvar. Aunque también a veces atan al maromo, a las que más atan son mujeres. La mujer, la pata quebrada y en casa, atada y, como dice algún político, si es sordomuda, mejor. No cabe duda, esto es Celtiberia.

Bueno, pues la costumbre erótica de atarse ha pasado a la política y por fin al fútbol. La gente se encadena delante de las sedes de las instituciones políticas, los Parlamentos, las presidencias, las cancillerías y todo eso, porque han convenido que esa es una forma de protestar, de protestar contra cualquier cosa, ahora, más que nada, contra la globalización, buena la hizo el filósofo con aquello de la «aldea global». Y además, la costumbre se ha trasladado al fútbol. En el partido entre culés y merengues, esa otra cumbre de Barcelona, salieron dos chorbos al campo y se esposaron al palo de la portería. Y allí se quedaron, con el partido interrumpido, hasta que los guardias pudieron abrir las esposas y arrastrarlos fuera del césped. Cuando se habla de fútbol, hay que decir mucho «el césped».

Hombre, que encima de todos los millones de aficionados, hinchas, forofos, tifosi y hooligans que hay por ahí, mundo adelante, y que viven encadenados eternamente al fútbol, vengan esos dos sujetos a dar más enérgico ejemplo de encadenamiento, me parece excesivo. Eso del fútbol está bien. Al fin y al cabo, el fútbol es el opio del pueblo, y la gente, mientras habla y discute de fútbol, no habla de guerra, de política o del niño de Norma Duval. Y si no fuera por el fútbol, a ver qué sería, no ya de Makelele, verbigracia, y también de Joan Gaspart o de Ruiz de Lopera. Pero encadenarse a las porterías es demasié. Basta con que tengan un abono para el Fondo Sur.

Y pregunto yo. ¿Por qué los desencadenaron? Podrían haberlos dejado allí y que hubiesen cumplido su vocación de poste. Es posible que se hubieran llevado algún pelotazo, pero al que algo quiere algo le cuesta, y no es posible pescar peces a bragas enjutas. Al final de la temporada, esos chorbos con vocación de poste estarían convertido en atlantes y las chorbas, si las hubiere, en cariátides, y ya tendríamos unas cuantas esculturas vivientes, que están tan de moda en las exposiciones de arte.

ABC. 18 de marzo de 2002

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28 junio, 2007

Los pacifistas

YO no quiero la guerra, mi mujer no quiere la guerra, mis hijos no quieren la guerra, mi suegra no quiere la guerra, la inmensa mayoría de los españoles no quiere la guerra, Europa no quiere la guerra, el mundo no quiere la guerra, el Papa no quiere la guerra. Y, sin embargo, la guerra parece cada día más cercana, más segura, más irremediable. El Ejército norteamericano se prepara para la guerra, Sadam Husein anuncia que ganará la guerra, los gobernantes de los países más poderosos de la Tierra ponen algunas condiciones para declararse a favor de la guerra. Sube el precio del oro, que es un síntoma antiguo e invariable de la proximidad de la guerra. La guerra se nos viene encima.

¿Pero, bueno, aquí, quién quiere la guerra? Porque hay un pacifismo de ocasión, un rojerío aprovechado de palomas picasianas que acusa a Bush y a Norteamérica de querer y preparar una guerra caprichosa, o mejor dicho, provechosa. Se les oye gritar a estos pacifistas de conveniencia y no parece sino que se esté cociendo una guerra injusta de ricos contra pobres, de crueles contra inocentes, para arrebatar por la fuerza a los pacíficos iraquíes sus pozos de petróleo, la única riqueza que poseen. Bush, como antes su padre, como Reagan, como los demás «césares» del «Imperio», actúan como cuatreros prepotentes y matones que le roban el caballo al pobre vaquero tranquilo y silbador.

No parece, digo, sino que Sadam Husein sea un gobernante sin ambiciones desaforadas, amigo de la paz, padre justo de su pueblo, dispensador de libertades, educador para la democracia, vecino respetuoso de sus vecinos, miembro cordial en el concierto de las naciones. Y de repente, llega Bush, el prepotente cowboy armado hasta los dientes, con su tropa de mercenarios y con todo el dinero del rancho grande, y se dispone a organizar una guerra cruenta y terrible, en la que todas las víctimas caerán sólo de una parte, con el propósito de robar el petróleo, esa sangre negra del gigante del poder en el mundo de hoy.

Y entonces llegan los pacifistas profesionales de ocasión, sólo de una ocasión, y ponen el grito en el cielo. Y naturalmente, todos los que amamos la paz y los que deseamos que los hombres resuelvan sus contenciosos por las buenas y no por las malas, nos ponemos a pedir la paz, a esperar la paz, a desear la paz. Y se pone uno a mirar la Historia, y recuerda que fue este Sadam Husein, el que esconde sus armas terribles y el que anuncia la victoria en una guerra terrible, el que invadió Kuwait y desencadenó la llamada Guerra del Golfo. ¿Fue él o no, señores pacifistas de ocasión? ¿Fue Sadam Husein quien desató aquella guerra o fue un Bush americano, tan poderoso como prepotente? ¿Fue otro Bush, esta vez hijo, quien echó abajo las Torres Gemelas para tener pretexto y dar ocasión a la guerra?


Es curioso. Pero hay pacifistas que sólo claman contra la guerra cuando los hombres o los países han de defenderse. Son los mismos que claman contra la policía cuando detiene a los delincuentes y claman contra la Justicia cuando castiga a los criminales. Son esos pacifistas que brotan como hongos cuando la violencia desata la violencia.

ABC. 19 de enero de 2003

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25 junio, 2007

Mujeres

ABRE uno el periódico, pone la radio o enciende el televisor y el mundo se puebla de jais importantes o famosas en cualquier actividad humana, juezas, médicas, abogadas, políticas, actrices, pintoras, escritoras, empresarias, maniquíes, presentadoras de televisión, maltratadas, tenistas, brujas, profesoras, echadoras de cartas, concursantes de Gran Hermano o simplemente putas, que ahora es una manera sencilla de ser importante. Hace unas cuantas noches, unos contertulios televisados discutían acerca de si Yola Berrocal y Ana Obregón eran o no eran putas, con la misma naturalidad que discutirían si tienen el título de bachiller.

La actualidad, venga de donde venga y sea de donde sea, versa sobre mujeres. He intentado hacer la nómina de las chorbas que he encontrado citadas en los periódicos de hoy (ayer para ustedes) y me he cansado de escribir cuando he llegado a las cincuenta y cuatro. Las últimas que escribí fueron Nicole Kidman, Penélope, Ruth Alonso, Hillary Clinton, Adriana Abascal y mi dilecta, predilecta, María San Gil, la heroína vasca. Antes de seguir quiero dejar constancia de que digo todo lo que digo sin dolor alguno, sino con admiración y contento.

En cuanto al menester de la política, hace muy pocos años se pedía para las mujeres un cupo de cargos o de puestos de candidatura. Se trataba de un cupo modesto, que pronto aumentó al cincuenta al ciento. Está llegando el momento en que quienes tendrán que pedir un cupo mínimo de cargos políticos seremos los hombres. Madrid, sin ir más lejos, Madrid ciudad y Madrid Comunidad, estará dentro de unos meses regido por mujeres. Esperanza Aguirre ocupará el palacio de la Puerta del Sol, porque no querrá san Isidro que los madrileños estemos presididos por Rafael Simancas, que encima de hombre es un desavisado.

En el Ayuntamiento, una de dos: o tendremos a Trini Jiménez, de los Jiménez Villarejo auténticos, o lo más probable es que tengamos a Ana Botella. Ya hay quien anuncia que la alcaldesa visible será Ana, y Ruiz-Gallardón estará dedicado a la gestión, que es para lo que sirve con los consejos de Fefé. Manolo Vicent dedica dos páginas de «El País» a hacer el perfil de Ana Botella y dice que antes de llegar a La Moncloa vivía en una casa que olía a guiso de coliflor. Es curioso. Eso es lo mismo que los monárquicos, Foxá y los demás, decían de Manuel Azaña cuando salió de su casa de la clase media para tomar posesión de la presidencia de la República.

Una revista dedica el reportaje de portada a las tres hermanas Palacio, Loyola, que manda en Europa, Ana, que es la primera ministra de Exteriores en este país de machos ibéricos, y Urquiola, la abogada más votada en las elecciones de su Colegio profesional, toma nísperos. El caso extraordinario de las hermanas Palacio sólo encuentra precedente en la familia Garrigues, que siempre ha tenido un miembro en cada esquina importante del mapa, la política, la diplomacia, la abogacía o la cátedra. (Por cierto, don Antonio, felicidades por sus 99 años y que pase galanamente del siglo y con muchas creces). Lo que tienen que hacer los políticos es pedir el cupo. O eso, o aprender a bordar.


ABC. 13 de enereo de 2003

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24 junio, 2007

El shock del futuro

LA legalización judicial de la patria potestad sobre dos niñas gemelas a favor de una pareja de lesbianas que conviven como matrimonio constituye un caso atípico en la variada casuística de la adopción de niños por parejas de homosexuales. Porque en este caso una de las lesbianas es la madre biológica de las niñas gracias a un embarazo por inseminación artificial.

El caso de las gemelas y las dos madres «conjuntas» presenta una larga serie de problemas éticos, morales, jurídicos, religiosos, psicológicos, pedagógicos, etcétera, lo mismo que cualquier otro fenómeno científico o social sin precedentes. Ante estos fenómenos nuevos, la Ética, la Moral, la Religión, el Derecho o la Pedagogía son disciplinas que se quedan absortas, sólo pertrechadas de respuestas invalidadas por el tiempo y por el progreso científico. Las respuestas tradicionales son inservibles.

Lo primero que hay que reconocer es que estos fenómenos sociales hasta ahora desconocidos tienen su origen en el progreso de las ciencias. En este caso concreto, en el hecho de la inseminación artificial, que ofrece la posibilidad de que una madre biológica comparta la patria potestad con otra mujer, y no con un hombre como ha sucedido hasta ahora: aquí el hombre, el padre, desaparece. Y ese reconocimiento nos conduce a la conclusión de que nos hallamos ante una situación nueva, que no tiene precedentes, pero que ya es imparable.

Demostrado está sin vuelta de hoja que el progreso científico jamás se detiene. Produce condenas de todo tipo, especialmente religiosas y políticas, pero destinadas todas ellas a ser arrolladas por la realidad con el paso del tiempo y a ser aceptadas como normales por la sociedad. Piensen ustedes dónde quedaron la resistencia (hoy, incluso penada) de los Testigos de Jehová a las transfusiones de sangre, el reparo ante los trasplantes, los anatemas ante los viajes siderales («desafío al Creador»), el horror primero a la clonación y el escándalo ético y religioso que ha levantado el experimento coreano con embriones humanos. Independientemente de los juicios éticos, queda asentado en la Historia del género humano que todas esas resistencias son perfectamente inútiles. En todo caso, retrasos en el progreso debidos al shock del futuro, que ataca principalmente a las religiones, a los partidos políticos conservadores y a los individuos más medrosos ante lo desconocido.

Vivimos inmersos en el shock del futuro. Y hay hombres que no soportan sin conmoción la aceleración creciente del progreso de las ciencias. En mis años de vida, que son muchos para un hombre, pero un soplo en la Historia, he asistido al nacimiento o al triunfo del teléfono, de la televisión, de la aviación bélica y comercial, de los cohetes espaciales, del mundo virtual. Y mucho más. He visto al hombre pisar la Luna, al doctor Barnard trasplantar un corazón, la clonación de la oveja Dolly, la exploración de Marte, la inseminación artifical, la libertad sexual y, claro, niños con dos madres. ¡Ay, madres mías! Pero sesenta años de ejercer el periodismo, oficio que consiste en dar a conocer lo nuevo, me libran del shock del futuro.

ABC. 20 de febrero de 2004

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Apoteosis al desnudo

ESTAMOS viviendo la glorificación del desnudo. Casi como en el Paraíso. Además de las playas nudistas, salen jais y maromos en pelota picada por todos los secanos y todos los regadíos. Salen a la calle manifestantes con el bolo colgando y manifestantas con el silogismo a la intemperie. Los desnudos invaden el cine e incluso el teatro, saltan a la pantalla de las televisiones, conquistan las páginas de las revistas ilustradas, las exposiciones de pinturas y fotografías, los cómics, y no digamos nada del internet. Está uno leyendo púdicamente un informe sobre la vida del cangrejo de río, y de pronto, sin previo aviso del ¡agua va¡, empiezan a salir titis en cueros y tarzanes sin taparrabos haciendo posturas o escenas del Kamasutra.

El desnudo integral es en estas calendas la manera más atractiva de protestar. Tan pronto como alguien siente alguna contrariedad, se ve asaltado por la tentación de enseñar lo que antes se llamaba «las vergüenzas». Cuando la gente quiere cargarse, por ejemplo, una ley, se va delante del Parlamento y allí se muestra al legislador y al paseante en Cortes solamente cubierta con su descontento o su vindicación. Los fotogramas y las escenas filmadas de los anuncios publicitarios muestran generalmente un semidesnudo o un desnudo insinuado. Hasta la moda del vestido se ha convertido, no en otra manera de vestirse, sino en otra manera de desnudarse. Hay tíos que saltan en cueros al césped durante un partido de fútbol y hay tías que se sientan desnudas en las gradas. Hace años, en los festivales cinematográficos de Cannes siempre había una aspirante a actriz que salía desnuda del agua, como Venus, en un momento anunciado previamente, y allí estaban los guardias con un albornoz, esperándola. Ahora, no habría bastantes guardias para acudir con albornoces.

Después del éxito obtenido con la exhibición gráfica de las ministras en «Vogue», cabría pensar en la organización de un Full Monty de personajes con cargo político. Podríamos organizar un debate Gobierno-Oposición, o un encuentro femenino versus masculino, con todos los protagonistas desnudos. O bien otro «posado» de ministras pero en el que las estilistas de «Vogue» las hubiesen dejado sin ropa. Naturalmente, habría que darle al acontecimiento cierto carácter artístico-cultural y que las poses de las ministras estuviesen inspiradas en obras de arte, pinturas y esculturas, famosas.

Por ejemplo, a la ministra de cintura más adecuada, podrían tenderla en la posición de la Venus del Espejo, de Velázquez. A las más rollizas se les podría recomendar que formaran un corro como el de las Tres Gracias de Rubens, que es un pintor que amplía. Quizá alguna se atreviera con la Maja Desnuda, aquella duquesa de Alba a la que Goya destapó el ombligo. Se hallarían fácilmente tres modelos para las demoiselles de Avignon (que en realidad son de Aviñó). Y a la jefa se la pondría en pie, alta y soberbia, dominando a todas las demás, como la Venus de Botticelli. Debemos avanzar en pelota por el camino del progreso.

ABC. 19 de septiembre de 2004

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Ana (de) Palacio

ELLA prescinde del «de» en el apellido, quizá por sencillez, o por economía, o porque le da la gana, ese «de» que otros se ponen imaginando que añade nobleza o aristocracia al patronímico, como el «von» alemán. Jesús von Polanco, por ejemplo. Ana Palacio me parece despierta, inteligente, laboriosa, docta y tenaz, y tiene todas las condiciones para hacer una carrera política hecha de aciertos y de brillos.

Estaba en el Parlamento europeo, donde era dialogante con todos, querida por todos, güelfos y gibelinos, frascuelistas y lagartijeros, y andaba por el mundo pronunciando conferencias en las que se hablaba de Europa con rigor y entusiasmo. Y tiene en Madrid, con su hermana Urquiola, la más pequeña de la saga, un bufete ilustre. Es «fuerte vasca», como el poeta dijo de don Miguel de Unamuno, y después de sus obras, viajes y trabajos, le quedan horas para subir montes, nadar en el invierno cantábrico y hacer tertulias de ágora o academia. Y además, luchar contra el cáncer.

Acababa de vencer al maldito cangrejo, al miedo a la muerte, al reparo de llevar la cabeza rapada al estilo Ronaldo, y en esto la llamó Aznar para ofrecerle un Ministerio. Tal vez le sucedió lo mismo que a Rosón con Suárez. Cuando Rosón volvió de La Moncloa, sus amigos íntimos le preguntamos: «¿Qué?», y el gallego impenetrable nos respondió: «Pues pensaba que me iba a hablar de una cosa y me habló de otra». Tengo para mí que Ana Palacio iba para ministra de Justicia, donde hubiese soportado a las asociaciones de pomponios y a los bacigalupos, ancos y sierras con menos pesadumbre que a esas otras bacterias epidémicas de Sadam Husein. Pero se encontró de primeras y de manos a boca ministra de Asuntos Exteriores. Quizá esa responsabilidad se deba al hecho poco frecuente de ser inteligente en cinco idiomas. Tontos en cinco idiomas sí se encuentran. Ana habla de corrido, además del español, inglés, francés, italiano y tal vez alemán, que es un idioma que no lo habla bien ni Goethe, y no digamos Thomas Mann.

En ese momento, toda la bóveda celestial cayó encima de los hombros de Ana. Cayó sobre sus espaldas el suspiro del moro, el islote Perejil, el desembarco con viento fuerte del sureste, las descortesías de Benaissa, la despreocupación de Europa, «ese es problema de vosotros dos, Marruecos y España», la carriére, el desplante de Valderrama, la grandeur de la France, Chirac el pequeño napoleón, los misiles de Sadam, las amenazas de Tarek Aziz, las impaciencias por desenfundar del cowboy tejano, los informes de Powell, el zapaterito prodigioso, «en una de fregar cayó caldera» (gracias, Umbral), el «arriba parias de la tierra de Llamazares», Blair por poniente, Schröder por levante, el Atlántico por el norte, los moros en la costa por el sur, el «funcionario» míster Pesc, la grieta de Europa y los gerundios de la «resolución aliada» para su aprobación en el Consejo de Seguridad, como dice Ignacio Camacho en su excelente artículo de ayer aquí mismo. Los gerundios. Oh, los gerundios. Y además, Aznar mandando, ordenando, decidiendo, imponiendo. Y con esto, voy acabando.

ABC. 27 febrero de 2003

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La burra de Balaam

ESTÁ cada vez más claro que el mundo occidental, y también el Oriente, el Oriente islámico y el otro, se encuentran ante un dilema, o mejor dicho, en una encrucijada: o se van con Bush o se van con Sadam. Aquí la neutralidad no sirve de nada, porque te quedas de guardia y además te condenas como las vírgenes tontas. Naturalmente, lo mejor sería que no se hubiese planteado esta disyuntiva, y que todos pudiésemos ser más amigos de uno o de otro, del ranchero o del petardista, sin estar obligados a elegir. Pero la vida te pone a veces implacablemente en esta situación, y hay que optar.

Algunos países occidentales, con Francia a la cabeza, y muchos millones de habitantes del globo, intentan taparse los ojos o meter la cabeza en la arena como los socorridos avestruces ante la terquedad de Sadam en no desarmarse, por un lado, y el empeño de Bush en que Sadam se desarme, por otro. Esas naciones no se deciden a exigir por la fuerza el cumplimiento de los mandatos de las Naciones Unidas, y prefieren defender la paz a gritos, a ver si consiguen mantenerla a fuerza de gritarla. Ya se ve que no, que eso no es posible, porque la fuerza de la Historia les obliga a elegir, y Norteamérica ya tiene más de doscientos mil soldados alrededor de Iraq para librarse y librarnos del peligro de Sadam Husein.

Repito que lo deseable es que esta situación no se hubiese producido, que Sadam entrase en razón y volase su santabárbara, y que Bush se quedase tranquilo de que la riqueza del petróleo iraquí no va a ser utilizada para volarle a él el rancho o a los americanos el Empire State. También parece claro de toda claridad que Aznar, puestos en la obligación de elegir amigo, ha elegido sin ambages ni melindres, la amistad del ranchero, el cowboy, el sheriff, o como queramos llamar a Bush II. En cambio, Zapatero ha preferido dejarse llevar del ejemplo de Llamazares o del consejo de Jesús Caldera. O sea, ha hecho lo mismo que hizo Balaam con su burra: la dejó que eligiera ella el camino.

Lo peor que le puede pasar al mundo y que nos puede suceder a los hombres es que se rompa la paz, y todos los angustiosos llamamientos a la paz que se escuchan estos días, desde los del Papa hasta los pacifistas de pegatina, pasando por los millones de seres aterrados que ven brillar en el horizonte los fulgores del rayo de la guerra, ese rayo maldito que no cesa. Y no nos sirve de consuelo echar la culpa de esa amenaza cierta, cada vez más cierta, a uno a otro de los dos protagonistas. Hay muchos que con los documentos de la legalidad internacional en la mano y con la lógica de los hechos en el discurso descargarán todas las culpas sobre la cabeza del dictador Sadam. Y habrá otros, que por amistad con Sadam, por simpatía a las dictaduras o por resabios antiamericanos, descarguen toda la responsabilidad en Bush.

Al final, ya lo verán ustedes, tendremos que elegir, como tantas otras veces ha sucedido en la Historia. Y yo prefiero decidir a favor del pueblo presidido por la figura de la Libertad que por la dictadura erigida sobre el terror. Y Balaam que siga el consejo de la burra.

ABC. 24 de febrero de 2003

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La paz de goma

DISFRUTAMOS una paz estirada desesperadamente. O lo que es lo mismo, conseguimos a duras penas ir alejando con nuevos plazos el momento fatal de comenzar una guerra; una guerra que, por desgracia, sigue apareciendo inevitable. La consoladora y esperanzada expresión de que «la guerra no es inevitable» suena más como un deseo ilusionado que como un pronóstico realista.

Francia y Alemania, y con ellas Rusia, confían todavía en la paz posible y piden nuevos tiempos para tratar de lograrla. Estados Unidos y Gran Bretaña, y con ellas España consideran que se han cumplido con exceso todos los plazos, y que hace tiempo que la desobediencia de Sadam Husein a los mandatos de las Naciones Unidas requiere el uso de la fuerza. La última desobediencia es muy reciente. El dictador de Bagdad se ha negado a la destrucción de misiles de largo alcance hallados por los inspectores. Y en cierto modo es comprensible que si Sadam teme un ataque norteamericano, con permiso o sin permiso de la organización de las Naciones, se resista a destruir sus armas no permitidas.

Pero a trancas y barrancas, la verdad es que Norteamérica, que sin duda es la que más insiste en el dilema «desarme o guerra», ha ido concediendo nuevos plazos al día D. Temíamos una Navidad de sangre y fuego. El miedo al lanzamiento del primer misil cruzó los días de la Navidad y se instaló en las siguientes semanas de enero. Así, poco a poco, casi día a día, hemos llegado al fin de febrero y ya se habla del 14 de marzo como nueva fecha tope.

Por su parte, Francia pide cuatro meses más para que los inspectores sigan intentando un desarme que ya sabemos no se va a producir. Sadam se niega a destruir su armamento, y en cambio pide un debate televisado con Bush. También podría haber pedido un duelo a lanza y espada de dos caudillos, como en la Edad Media, o un enfrentamiento a tiros como en una calle del Far West, y a ver quién acertaba a desenfundar primero. Ojalá este trance pudiera resolverse como en un romance medieval o como en un western de John Ford.
Desgraciadamente, esta situación de preguerra, si al final la guerra estalla, sufrirá eso que con eufemismo cínico se llama «daños colaterales», o sea, la masacre de los inocentes.

Resultará difícil, incluso para un país tan poderoso y prepotente como Norteamérica, dar comienzo unilateral a una guerra cuando naciones como Francia, Alemania y Rusia, piden un nuevo plazo para la paz precaria simbolizada en el trabajo de los inspectores. También será difícil que las tres naciones partidarias de dar tiempo justifiquen la concesión sucesiva e ilimitada de nuevos plazos a un desarme que no llega, ni da señales de buena voluntad, sino todo lo contrario, que se niega claramente a destruir sus armas prohibidas. Todos los indicios y todos los hechos conducen al convencimiento de que la guerra no se evita con el loable del «No a la guerra» ni con la concesión repetida de plazos que no consiguen señales positivas. Será triste comprobar que, como tantas otras veces en la Historia de la Humanidad, «la paz empieza nunca».

ABC. 26 de febrero de 2003

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23 junio, 2007

César o nada

Solía decir César, con esa pueril ternura que a veces disfrazaba de cinismo, que a él los muertos se le daban como a nadie. Es verdad. Todos los amigos que le hemos sobrevivido nos hemos perdido la más puntual de las necrológicas, el llanto más urgente y la palabra más desgarradora. «Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace», un plañidero tan rico en lamentos, tan pródigo de elogios como César, que echaba a correr enseguida, a través de la prisa de los periódicos, elásticas y calientes liebres en forma de elegía.

Su pluma -esa pluma de colegial, de recado de escribir, que trazaba letras desenlazadas y casi griegas, desplegadas en hileras de dóciles hormigas- es una herencia intransmisible, ni siquiera «mortis causa». Menos que nadie podría moverla yo, que tengo la mano torpe y desangelada. Pero hoy quisiera tener esa pluma entre los dedos y que él me llevara la mano con su mano, que ya será de hielo, para escribir en el pliego de firmas de su despedida funeral esas cosas que sólo él mismo podría haberse dicho.

Me gustaría decir de César, ahora que ya no puede oírme, las más dulces acusaciones, las más desconsoladas calumnias. Me gustaría apostrofar su cadáver con las injurias más tiernas, con los más lacerantes piropos y con los más divinos improperios. Me hubiese gustado echar sobre su tumba recién abierta un puñado de responsos inicuos y una bodeleriana brazada de flores del mal, hechas con cera y organdí, en un escenario cursi y cordialísimo. Decirle, por ejemplo, apresuradamente, no sé, pávido lirio, araña cristalina, cuervo de espuma, colibrí de barro. Llamarlo con descoyuntadas invocaciones: ¡Oh, momia de rocío! ¡Oh, llagado violín! ¡Oh, manso surtidor de cohetes! ¡Oh, insigne caracol del paraíso! ¡Oh, cometa corrupto! ¡Oh, César, César!

¡Oh, César! ¿Lo estás viendo? Se me va la cabeza detrás de los pájaros negros que acaban de traerme noticia de tu muerte y no acierto sino a decirte imprecaciones sin sangre y sin sentido, muertas como tú estás, inhumanas como tú nunca eres. Tú sabías abrirte el corazón bajo el chaleco a cuadros y derramarlo entero sobre tus muertos entrañables de artículo de urgencia, y quedarte de mármol, inesperadamente, al borde mismo de un epitafio balbuciente de amigo desolado, de esos amigos que llegan al cielo y de pronto, se quedan sin saber qué decir, y cuentan una anécdota inoportuna, trivial, conmovedora. Y entonces todos se ponen a llorar como si hasta ese momento no se hubiesen dado cuenta de nada, y los niños rezan jaculatorias azules sin saber por qué, y el sacristán contempla estupefacto cómo florecen en el hisopo oxidado ternísimas rosas increíbles.

Me han dicho que César se ha muerto rodeado de linotipias, que recogían sus últimos suspiros. Hasta el último aliento de sus pulmones ha servido para alimentar el latido del periódico. Ahora pienso que todos hemos sido siempre exigentes y crueles con él, que le hemos pedido, cada vez con más sed, palabras y palabras y más palabras, casi con la misma perentoriedad con que él pedía más dinero. Nos hemos aprovechado de él, pobre terco vendedor de humo, que se abrasaba vivo, medio muerto, para seguir humeando, hasta que llegó un momento en que el único testimonio de su existencia era esa diaria columna de humo desde la cual nos estaba diciendo, como siempre, que se moría, que se moría, que estaba empezando a acostumbrase a no vivir.

Yo he sorbido desde hace años ese humo que vendía César, y ahora, cuando ya sé que tendré que dejarme el vicio, pienso que nadie, ni siquiera Ramón, que es el padre de todos, ni los vivos ni los muertos, escribió el castellano con una desfachatez tan enternecedora, tan desternillante, tan inocente, tan perversa.

César tenía entrada libre en todos los corazones y en todas las cloacas, se paseaba en zapatillas por los pasillos interiores de las viejas actrices de voz de marfil, se colaba de rondón, con toda naturalidad, en los retretes privados de las Lolitas adolescentes y feroces, se daba una vuelta aburrida por las recámaras de los refinados, era visita íntima de los pecadores encallecidos, de los impuros, de los protectores de animales, de los abrasados, de esos seres celestes que lloran la huida de un canario o la pérdida de una sombrilla, de toda la canalla adorable y maldita. César tenía palco abierto a las alcobas de todos los vicios y había contemplado al través del ojo de la cerradura las mil y una noches de la comedia humana y la sala de los siete pecados capitales y el filme «cochon» de Sodoma y Gomorra, y después se extasiaba ya se embebecía en el claustro prohibido de los cipreses y las palomas. Luego, prorrumpía en primera persona del presente o del pretérito y hablaba de todo eso con desvergüenza misericordiosa de hermanita de la Caridad, y otras veces con los melindres y eufemismos de un tratante de blancas.

Nunca sabremos si César, cuando se confesaba con nosotros, que era siempre que no se le ocurría otra cosa de qué escribir, nos decía la mitad de su verdad o el doble de su mentira. Y nunca sabremos tampoco cuándo escamoteaba adrede el tintero del desdén para trocarlo con el de la maravilla, y ni siquiera podremos nunca adivinar hasta qué punto ejercía, con la máxima seriedad profesional, el oficio servil y sublime de reírse de todos nosotros, obligándonos a tenerle casi más desprecio que admiración.

No, no. No es necesario que toméis ahora sus libros ni que busquéis por los periódicos atrasados sus artículos. Las flores literarias de César, como las de la verdad, están destinadas a nacer con el alba y a morir con la noche. «¡Tanto sucede en término de un día!». Las frescas rosas de César, que el periódico despertaba al albor de cada mañana, vana lástima fueron a la tarde, y habrán muerto ya, con él, en brazos de la noche fría. No las busquéis, no las toquéis ya más; son ya sólo recuerdo, aroma, fuente cegada, callada música, nada, nada. Nada, menos que nada.

César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar.

Yo cobraré éste que aquí termino. Y hasta es posible que aproveche la ocasión para pedirle al director un aumento de la tarifa de mis colaboraciones con el argumento de que, ido César, a mí los muertos se me dan como a nadie. Luego, mientras cuente las monedas, apretaré los dientes para que no se me salgan las lágrimas.

ARRIBA. 28 de septiembre de 1965

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El pobre Caldera

CALDERA viene de caldo, que es cálido o caliente, y a caldo quería poner Caldera al ministro Rajoy, pero mire usted por dónde fue el propio Caldera quien salió escaldado del trance parlamentario. Alguacil alguacilado, que diría el clásico. Se calentó Caldera en eso de poner a caldo al ministro y echaba sobre él a calderadas el caldo hirviendo, sin sospechar que lo estaba arrojando sobre su propia cabeza hasta quedar escaldado, y que en todas partes cuecen habas y en la suya a calderadas. Ahora Caldera tendrá que huir del agua fría, o sea, como los gatos cuando los escaldan, y cada vez que abra la boca para poner a la oposición al baño María, le recordarán el papel falsificado. A los socialistas, Rajoy les rajó la caldera, y tendrán que pedirle otra prestada al patrón del «Prestige» o a Pedro Botero.

Vaya por delante que yo no creo que Jesús Caldera sea un falsificador de documentos. Tampoco podría ganarse la vida con ese menester, porque sus falsificaciones son tan burdas como hacer billetes de quinientos euros con papel de estraza. Más bien me parece un pardillo con demasiada prisa por llegar al gobierno y catar las mieles de la gobernación o de la gobernanza, que ahora lo dicen así en la Academia. Gobernanza es más bonito que gobernación, y además rima con esperanza, alianza, pujanza, cobranza y con panza. Lo que le ha sucedido a Caldera es que le han dado el timo de la estampita y se ha tragado el anzuelo hasta la caña.

Eso mismo cree la Momia. Haro Tecglen se pregunta que quién habrá podido falsificar el papel de la metedura de pata y exculpa a los socialistas. Deja entender que lo habrán falsificado por el lado de Rajoy, y encuentra sospechoso que el ministro tuviese tan a mano el original. Es decir, prefiere un Caldera tontaina y bobalicón a un Caldera golfante y pícaro. No sé yo lo que es peor, porque el golfo suele sacar provecho de su engaño, cosa injusta pero rentable, mientras que el tontirri, el badulaque y el mameluco tiran el estiércol por barlovento y resultan bañados por la mierda aventada. Ya se sabe que quien tira la porquería por barlovento termina emporcado, y además merece que le llamen cantamañanas, majagranzas, correlindes, ablandabrevas, robaperas, tiracantos, zampatortas, gilimursi, mamacallos, gilipollas o directamente, como dicen en mi tierra, tonto del pijo.

Lo peor de Jesús Caldera en tal peripecia parlamentaria fue el énfasis y la falta de cautela. En esos casos hay que tomar la precaución de meter la punta del dedo en el agua del baño, por ver si quema, o la punta del pie en el mar de las playas del norte, por ver si el frío corta la carne. Pero es que el pobre Caldera se metió de golpe en el agua, que abrasaba, y luego ya no ha podido salir de ella. Se emborrachó de acusaciones de falsedad, de mentir al Parlamento y de engañar a la ciudadanía, al colectivo, que dicen ellos, y resultó que quien estaba mintiendo era él. Mostraba triunfalmente desde el escaño el documento de marras, sin sospechar que el documento de marras estaba falsificado. Zapatero, avise usted al lañador, a ver qué arreglo tiene esa caldera.

ABC. 20 de diciembre de 2002

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Loyola

DE todos los ilustres peperos que navegan por las rutas políticas, ministros, notables con cargo o mamandurria y miembros de la cúpula del partido: cupulinos, cupuleros o cupuletos del PP, la persona que más se ha destacado por su diligencia, talento, perspicacia y tino en este trance dramático de la «marea negra» se llama Loyola de Palacio. Rara avis. Pues alabada sea. Todos los demás han andado tuertos, perplejos, perezosos o desavisados, y han permitido que las enormes proporciones de la tragedia nos pille en paños menores y con el culo a la intemperie. Ahora se percatan y reaccionan, que a buenas horas, mangas verdes, por más que bienvenida sea su preocupación y ocupación, aunque venga tardía.

Desde Europa, que es su sitio en estos momentos, Loyola de Palacio ha hecho todo cuanto había que hacer y con la presteza debida para que Europa adquiriera conciencia de la magnitud del problema y se aplique a adoptar las medidas necesarias para que no se repita un desastre como el que aflige a Galicia, al litoral cantábrico y que amenaza con alcanzar las costas de Portugal por el sur y de Francia por el norte. Desde Europa, con el acuerdo común de todos los países que integran la Unión, había que decir con energía definitiva ese «Nunca mais» que claman y reclaman los gallegos castigados por la «marea».

No es la primera vez que la prontitud de reacción y el acierto de Loyola sirve de guía y ejemplo a los gobernantes de España y a los representantes en Europa de las restantes naciones de la Unión Europea. Y en esta ocasión, la celeridad y el tesón que ha puesto al servicio de la idea, tan elemental pero tan difícil, de prohibir el transporte del crudo en petroleros de un solo casco, viejos o en condiciones de desecho, ha sido sencillamente admirable. Eso es lo único que ella podía hacer desde su cargo, y eso es lo que ha hecho.

Por lo que hemos leído, no ha resultado fácil. Las potencias que disponen de cargueros que no reúnen las condiciones de seguridad requeridas se resisten a prescindir de los que tienen y arrumbarlos para siempre. Queda por lograr una normativa obligatoria y coactiva para meter en cintura esa díscola colonia inglesa en carne española que se llama Gibraltar. Allí, desde permitir sociedades en condiciones de paraíso fiscal a la admisión en su puerto de submarinos nucleares descacharrados o desvencijados petroleros, se hace de todo.

El problema de Gibraltar ya no es sólo sentimental, sino práctico. El Peñón y su bandera inglesa ya no son solamente una «espinita» clavada en el corazón de España, sino un problema de marca extranjera incrustado en nuestro propio ser. Gran Bretaña tiene allí, en tierra de España, un basurero peligroso y un refugio para el dinero negro. El empeño para que ese basurero desaparezca y ese refugio se clausure le toca hacerlo a la otra de las dos hermanas Palacio.
Por de pronto, el alabar a Loyola es justo, necesario y saludable. El periodista quisiera tener todos los días motivos de alabanza tanto para el Gobierno como para la oposición. Cuando no es así, pega pero sufre.


ABC. 10 de diciembre de 2002

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La pancarta

Supongo que ustedes se habrán enterado ya de que Llamazares, Zapatero, los Bardem y unos estudiantes de botellón están en contra de la war. Eso está bien. Estar en contra de la war es una actitud loable y humanitaria. Pero lo que ellos hacen mayormente para estar en contra de la war es sacar una pancarta. Sacan una pancarta y ya está. Eso hicieron algunos actores en el Congreso. Bush no les hizo caso y ha pronunciado el ultimátum de las cuarenta y ocho horas para el desarme. Y Sadam, en vez de complacerles, ha dicho que «esta guerra la vamos a ganar». Total que aquellas pancartas y aquellas pegatinas no han servido para nada. Ahora, los de Izquierda Unida han sacado una pancarta ampliada. «No a la guerra. Aznar dimisión».

Toma nísperos. Daba ternura ver a los cuatro comunistas que quedan, disfrazados de izquierdistas unidos, Llamazares, Frutos, Alcaraz y uno más, detrás de su pancarta. «Aznar dimisión». O sea, que no quieren que Aznar sea presidente del Gobierno, y para eso sacan una pancarta en vez de sacar ciento ochenta diputados. Daba ternura ver aquello, porque para poner y para quitar un presidente del Gobierno hacen falta más votos o más quiñones. Al ver la escena en una fotografía, yo me acordaba de una vieja viñeta de Mingote. Media docena de cromañones o de neandertales pequeñitos, armados con una porra minúscula, se encaran con un Picapiedra gigante, que lleva al hombro una porra enorme. Y hablan los enanos: «Oye, que venimos a decirte que por qué razón tienes tú que ser el jefe».

Lo peor que le sucede a Zapatero son dos desgracias. Una, que le acecha la nostalgia del poder que recome a Felipe González, y eso es como una «espada de Demóstenes», que decía mi leída Maruja Torres, suspendida sobre su «oposición tranquila». Y otra, que deambula por las calles en malas compañías. Se coge del brazo de Llamazares y se va detrás de las pancartas. Mingote (siempre Mingote) lo ha dibujado enganchándose a un mantel recién lavado por una maruja como si fuera otra pancarta del no a la war.

Este Zapatero que usó durante un tiempo buenos modales, en vez de decirle a su inevitable compañero de pancarta: «Que te aclares, Llamazares», cae en sus mismas prehistorias y en sus mismos oscurantismos, ha emprendido a estas alturas de la función un viaje hacia el Palacio de Invierno y propone el hermanamiento de León con el viejo Stalingrado. Y es que «Caldera tampoco se entera» y Pepiño Blanco tiene la mente en ídem. En cuanto a asesores, tras esos dos citados, le queda María Teresa Fernández de la Vega, que no acierta pero pega. Al menos, Felipe González, como no quería oponerse a la guerra, tenía al propio Guerra. Y hoy lo utilizaría para todo lo contrario con el argumento de que no hay peor cuña que la de la misma madera. Bueno, ya está. Lo único que yo quería es que ustedes sepan, por si no está claro, que Llamazares, Zapatero, los Bardem y unos estudiantes de botellón están en contra de la war. Y me voy a pintar la pancarta, ea.

ABC. 20 de marzo de 2003

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La explosión de las urnas

LAS urnas también han estallado. Porque esto que ha sucedido ayer no se puede definir como un vuelco. Ha sido una explosión. En las últimas horas ya se podía intuir un cambio muy apreciable en la tendencia de voto, pero no parece que nadie se atreviera a aventurar un cambio tan espectacular como se ha producido a la hora en que escribo estas líneas de urgencia, con más de un ochenta por ciento de votos escrutados. Es lógico pensar que los cambios hasta las cifras definitivas serán irrelevantes en el dibujo esencial del Parlamento, de difícil solución por otra parte.

Estas elecciones han sido sin duda las más atípicas y anómalas de la historia de nuestra democracia. Pocos días antes de que los españoles nos acercáramos a las urnas, las ocas sagradas, o sea, los sondeos electorales señalaban que el Partido Popular se encontraba ocho o diez puntos por encima del Partido Socialista e instalado en una mayoría absoluta más o menos holgada. De ahí se ha pasado en veinticuatro horas a unas cifras que indican la pérdida clara de las elecciones por muchos votos y muchos escaños.

La masacre del jueves 11-M ha destrozado también aquella mayoría absoluta que andaba sólo en la predicción de los sondeos. La campaña de la izquierda se apresuró a convertir el atentado y la incertidumbre de su autoría en un castigo de los islamitas de Al Qaeda por la actitud de nuestro Gobierno en la guerra de Iraq, y en un encono de su reproche del pueblo por lo que llamaban la sumisión de España ante Estados Unidos y el servilismo de Aznar ante Bush. En la grandiosa manifestación del viernes ya aparecieron pancartas alusivas al «No a la guerra» con el propósito indudable de convertir el rechazo al terrorismo en una continuación de aquellas manifestaciones en las que Zapatero y Llamazares llevaban, juntos, las pancartas.

Al día siguiente, llegaron los acosos ante las sedes del Partido Popular, las algaradas donde prevalecían los gritos de «Asesinos, asesinos», y las manifestaciones de los líderes socialistas y comunistas, convocadas por organizaciones de la extrema radical desde los teléfonos celulares, que hicieron de la jornada de reflexión un tiempo para las acusaciones falsas y las concentraciones partidistas. Ni siquiera cesaron esas muestras de hostilidad cuando los líderes populares se acercaron a las urnas, y tanto Aznar como Rajoy tuvieron que votar bajo una descarga de insultos. Pero esto ya no es historia de urnas sino de tribus. En cambio, Zapatero mostraba la cara serena, amable y civilizada de unas elecciones ejemplares. No se puede negar que la estrategia podrá parecer cínica y detestable, pero ha sido eficaz.

Enfrente, los socialistas han encontrado la seriedad responsable de un ministro del Interior que daba información constante acerca de la autoría del atentado mientras era tercamente acusado de todo lo contrario, y sobre todo una campaña plana y falta de cualquier entusiasmo. El PP se ha comportado en esta partida electoral como la ciudad alegre y confiada. Dicen que de las urnas, a veces, salen sapos y culebras. Para el PP, en este caso, han salido dragones y dinosaurios. Y para el Partido Socialista, el Hada madrina.

ABC. 15 de marzo de 2004

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22 junio, 2007

Etarras en el Parlamento

SI hoy, domingo 17 de abril de 2005, los representantes políticos de la banda terrorista «Eta» adquieren el derecho de sentarse en el Parlamento vasco junto a las víctimas de los asesinos, esa gravísima responsabilidad habrá caído sobre Rodríguez Zapatero y sobre el Gobierno y el socialismo españoles. Después de conocidos los informes de la Guardia Civil publicados en este periódico, no es posible dudar racionalmente de la identificación entre esa formación política fantasma llamada «Partido Comunista de las Tierras Vascas» y la antigua Herri Batasuna, brazo político de «Eta».

El empecinamiento de Rodríguez Zapatero en no querer reconocer lo que está ante los ojos de España entera y en seguir negando la evidencia debe tener una explicación inconfesable. Ahí hay gato encerrado. Zapatero ha pactado esa dejación de su deber de gobernante con alguien, llámese PNV, llámese Batasuna, o con la mismísima «Eta» directa o indirectamente. Tal vez nos enteremos algún día, porque estos secretos terminan siempre por ser secretos a voces y misterios a la luz del día.

Lo cierto y verdad es que Zapatero ha adquirido la responsabilidad gravísima de dejar sin efecto la Ley de Partidos promovida y promulgada por el Partido Popular. Y además, lo ha hecho con engaño, cobardemente y desde la deslealtad más sinuosa a la ciudadanía, sobre todo a los electores vascos. Teniendo en la mano el instrumento perfectamente legal para impedirlo, Zapatero ha consentido que los antiguos escaños ocupados por Herri Batasuna sean ahora propiedad de los mismos criados de los asesinos disfrazados bajo otro nombre.

El hecho no se puede achacar sólo a tontería ni a angelismo democrático. Zapatero y sus asesores, empezando por el pícaro Rubalcaba, no habitan en Babia ni se han caído de un guindo. Tal y como se han desarrollado los acontecimientos, la concesión del Gobierno al PCTV y su pasividad en denunciar la situación ante los tribunales responden a un plan trazado, planeado y organizado de antemano. O es la exigente condición del PNV para firmar una alianza política postelectoral, o es una concesión a una nueva engañifa etarra de tregua interesada.

Que el PCTV es el heredero universal de Herri Batasuna está claro desde el primer momento. También está claro que el PNV es contrario a la Ley de Partidos, y ahí está la negativa de Juan María Atucha a disolver el grupo parlamentario de Sozialista Abertzaleak, o sea, los mismos criados de los asesinos con otros collares. El PNV necesita a la banda etarra para asegurar la pervivencia de su supremacía electoral. Es ella la que consigue que cuatrocientos mil (trescientos ochenta mil para ser exactos) vascos españolistas se destierren de su patria chica, amenazados por las pistolas etarras y no ejerzan su derecho a votar. Son las urnas sin los votos de esos desterrados de Euskalerría las que aseguran el triunfo del PNV en las elecciones y su ocupación eterna del gobierno vasco, tal como seguramente sucederá hoy después del escrutinio. Podemos cerrar los ojos a la realidad y seguir hablando de una España en libertad y en democracia, pero la verdad es que en un pedazo entrañable de tierra española la libertad y la democracia son una dramática filfa.

ABC. 17 de abril de 2005

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El Papa de hierro

NATURALMENTE, pasé despierto toda la noche del viernes y la madrugada del sábado, pegado al ordenador para seguir minuto a minuto las noticias acerca de la larga agonía del Papa. Cumplía así una obligación antes que una devoción. Yo creo que el trabajo es una oración fervorosa sobre todo por fecunda. A las 8,38, una información del Vaticano daba cuenta de que la salud del Papa había caído de nuevo en una situación estacionaria, y yo me fui a la cama tres o cuatro horas, convencido de que, efectivamente, este es un Papa de hierro, tanto en la carne como en el espíritu. Ha dejado de respirar mientras escribo estas letras.

Al papa Juan XXIII le llamaban los italianos el Papa bonachón o tranquilote, el «Papa pacioccone». Después resultó que no era tan tranquilote y sosegado como se decía, porque organizó el tinglado o pandemónium del Vaticano Segundo y del «aggiornamento» de la Iglesia. «Aquí habría que organizar algo», le dijo al cardenal Felici paseando por el claustro de San Juan de Letrán, y convocó el Concilio. A este Papa le han llamado el «Papa de hierro», que yo creo que ha sido cosa más de franceses que de italianos. Y muy claro se ha visto que Juan Pablo II tiene de hierro el resistente corazón tanto como las inflexibles normas morales.

Al Papa polaco, el rojerío no gusta de llamarle Papa, ni Pontífice, ni Santo Padre, sino que le ha llamado siempre «Wojtyla», así a secas, como quien dice Chirac, Berlusconi, Bush e incluso Zapatero. Seguramente es que no le han perdonado nunca que alzara el «telón de acero» y que echara abajo el «muro de Berlín». Este Papa llegaba de Polonia la mártir, y se aplicó desde la silla de Pedro, con tenacidad férrea, a aliviarle a su patria el peso de la palma del martirio. Aquel empeño le costó que el telón y el muro le cayeran encima en forma de atentado, un atentado que le ha tenido la salud quebrantada durante los años que le quedaban de vida, por cierto bastantes, los suficientes para cumplir el tercer pontificado más largo de toda la historia de la Iglesia. Aquella palma que alivió solícito a la mártir Polonia, le tocó llevarla a él durante el resto de sus días. Pero aún tuvo fuerzas para acudir a la cárcel y perdonar a su agresor. Bravo «Wojtyla».

Sería cosa del Espíritu Santo, que dicen revolotea por el aire del cónclave, espeso de conciliábulos y hasta de conspiraciones, pero salió bien aquella operación de romper con la tradición de los papas italianos y traer uno de las persecuciones del Este. Los italianos estaban en aquel momento enfrascados en elaborar lo que llamaron el «compromiso histórico», o sea, la alianza de la democracia cristiana con el comunismo, válgame Dios, casi una «alianza de civilizaciones», y ya se ve en qué ha quedado eso.

Para estar al tanto de la agonía del Papa «Wojtyla» me voy a la televisión italiana o a la americana, que ofrecen noticias sin interrupción. La española anda en otros empeños. Y es que yo creo que los socialistas que nos gobiernan están a punto de tropezar, como los asnillos, en la misma piedra que tropezó Manuel Azaña cuando dijo aquello de que «España ha dejado de ser católica».

ABC. 3 de abril de 2005

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21 junio, 2007

Homenaje a Zapatero

EN décimas espiné-,
pero con versos capá-,
le quiero hacer un retrá-
a Rodríguez Zapaté-.
Sus dos cejas circunflé-
le dan aspecto diabó-,
pero sus azules ó-
lo disfrazan de angelí-,
de modo que su palmí-
se muestra contradictó-.

Sólo esto que aquí dejo llevaba yo escrito de mi retrato en décimas espinelas, que cualquier otro día habré de terminar si Dios es servido de ello y si los versos de cabo roto se me dan como hasta ahora, que me salen solos y como sin querer, cuando me picó la curiosidad de quién será el consejero, o quiénes serán los consejeros que metan al pobre Zapatero en esos berenjenales en medio de los cuales de vez en cuando aparece sin que sepa cómo ni acierte a salirse de ellos.

Y se me ocurre la maldad de imaginar que don Pablos Rinconete Guzmán de Rubalcaba y Alfarache le hace mozcorradas semejantes a las que Lazarillo de Tormes le hacía al malvado Ciego. Digo el Lazarillo clásico, porque el de Cela hacia pocas putadas a sus amos, si es que hizo alguna. Es curioso que a Cela, con ser como Cela era, le salió un Lázaro bondadoso y casi tierno, y las pellejadas se las gastaban a él mucho más que él a los otros del cuento.

Recordad aquel episodio del Lazarillo clásico en que el Ciego, habiéndole metido a Lázaro la nariz en la boca hasta el mismísimo galillo, le olió y le hizo devolver en la cara de su dueño la longaniza que le había robado. La paliza que le propinó el Ciego al muchacho ladrón fue de órdago, y cuando las buenas gentes del lugar se lo quitaron de las manos, las llevaba llenas de cabellos, y Lázaro mostraba las carnes cuajadas de moratones.

Llovía con fuerza de día después de llover toda la noche, y en la plaza de la villa donde estaban los dos, Ciego y Lazarillo, cada uno de ellos más cabrón que el otro, se había formado un regatillo o riachuelo que era necesario salvar, brincándolo, si no se quería meter en el agua los pies hasta los tobillos. Para vengarse de la azotaina, puso Lázaro al Ciego frente a un pilar de piedra que en la plaza había, y le animó a que saltara con ímpetu como para brincar por encima del arroyo sin mojarse. «¡Sus! Saltad cuanto podáis», dijo Lázaro, y el Ciego saltó con todas sus fuerzas, pero en vez de hallar una orilla seca, se abrió la sesera contra el pilar de piedra y quedó en el suelo sangrando.

Esa misma mozcorrada le ha hecho don Pablos Rinconete Guzmán de Rubalcaba y Alfarache a Rodríguez Zapaté- (me sale el verso de cabo roto hasta en la prosa) al incitarle a que se salte el Pacto Antiterrorista de un brinco para encontrarse en la paz con ETA. Mañana tendremos que curarle la molondra.

ABC. 15 de mayo de 2005

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Piruetea el bufón

PARA definir con cierta exactitud a este irrisorio, grotesco y pintoresco personaje Carod-Rovira es necesario recurrir al insulto. Como yo no voy a utilizar ese recurso, me limitaré a afirmar que es un sujeto de difícil presentación. Vamos que resulta impresentable. Hay quien le llama «payaso», pero ese nombre no se compadece con su forma de hacer reír. El payaso es un ser tierno, entrañable, conmovedor y emocionante, que hace felices a los niños con bromas blancas e inocentes, bromas que no muestran crueldad, ni inquina ni falta de respeto, sino ingenuidad y humor inofensivo. Que más quisiera Carod-Rovira que ser un payaso.

No. A payaso no llega, y ni siquiera se acerca a «gracioso» de comedia mala de chistes gruesos. En todo caso, Carod-Rovira sería un hazmerreír bufonesco y ridículo, y encima, un bufón republicano en corte monárquica. En este punto podríamos dejar al personaje si no fuera porque sus bromas y sus veras tocan y hieren los más respetables sentimientos y las más sagradas creencias de los hombres. Como diría Rubén Darío, «piruetea el bufón», y sus piruetas de gilimursi son desdenes o chacotas de la bandera y de la patria, de la religión y hasta de la pasión de Jesús, como ha hecho ahora en Jerusalén choteándose de la corona de espinas, con Maragall asomado a la máquina de fotos para perpetuar la gracia.

Piruetea el bufón y desde su primera pirueta después de su elevación al taburete socialista del tripartito, aquella de la visita a Perpiñán llevando a cuestas la presidencia de la Generalitat, no ha dejado pasar tres días seguidos sin cachondearse de ideas o símbolos que los españoles tenemos conservados en lugares de amor o de respeto profundos. O sea, para decirlo con la voz del pueblo, el bufón no ha cesado de tocarnos las narices, que igual podría decir los cataplines, los bemoles, los compañones o las arracadas. Seguramente, en esa actitud hay un componente de torpeza y alocamiento, pero también hay una parte de provocación adrede, un deseo de desdeñar y zaherir aquello que otros respetan o adoran.

Las bufonadas que ha montado en su viaje a Israel no merecerían el comentario de una sola línea si no supusieran desprecio y burla, por un lado a la bandera de España, y por otro a un símbolo de la pasión de Cristo. El bufón ha logrado asombrar a sus anfitriones al abandonar un acto porque no estaba allí la bandera catalana y sí la española. Para este pelagatos, la bandera catalana no es una bandera española. Más adelante consiguió que el embajador de España retirara la bandera española de otro acto para que este mamacallos permaneciera allí. Joder, con el embajador. Y todo ello bajo las carcajadas de Maragall, que ya estaría con la trompa jerosimilitana. Y bajo las risotadas del séquito con viaje pagado con la contribución de los laboriosos catalanes. Y toda esta desgracia la compensa el bufón con media docena de votos indignos, que manchan y envilecen a quien de ellos se aprovecha.

ABC. 22 de mayo de 2005

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A vueltas con la «extratégia»

ES lógico que a don José Luis Rodríguez Zapatero, licenciado en Derecho y presidente del Gobierno, no le haya hecho gracia alguna que le pillen una falta de ortografía de esas que llaman garrafales. Un lector de ABC cazó la equis de su «extratégia» y lo denunció en «Carta al Director», y para mayor regocijo del gentío descubrí yo el acento en la segunda «e» de la palabra, un acento hermosísimo, indisimulable, que caía como una jabalina sobre el lomo curvo de la letra, y escribí sobre todo ello un artículo cachondo alrededor de la «extratégia» de Zapatero.

La palabra en cuestión estaba escrita de puño del señor letrado en leyes y presidente del Gobierno, de modo que no había manera de esconder el yerro o de echarle las culpas al teclista, al cajista o al linotipista, que es lo que hacemos periodistas y escritores cuando nos ocurre una desgracia semejante. En Moncloa intentaron remediar el desliz ortográfico del jefe, y acudieron a tapar el trasero presidencial, que había quedado a la intemperie. O sea, que desde el punto de vista ortográfico Zapatero posaba ante el público con el culo al aire.

Llamaron desde allí a Federico Jiménez Losantos, que había comentado el caso, y le contaron no sé que historieta de gnomos y enanitos, duendes de tinta roja que hacen bailar a las letras retratadas y otras coplas de Calaínos. Pues no, señor. Bajo la lupa, en la hoja escrita por el puño de Zapatero, aparece la palabra «extratégia» clara, precisa, oronda e inequívoca. La equis de la culpa es una señora equis, una equis como para que sirva de incógnita a la solución de la cuadratura del círculo o al destino de España en las manos o los pies del propio Zapatero. Y el acento era, en comparación de sus respectivos ambientes, algo así como el Peñón de Ifach despeñándose sobre la letra.

Ante eso, el oficioso mentidor de Moncloa podía haber hecho una de estas dos cosas: o silbar el «gaudeamus igitur» u obsequiar a Zapatero con el Manual de Ortografía Práctica, de Miranda Podadera. Y Zapatero podría tomar ejemplo de Juan Ramón Jiménez, que todos los sonidos fuertes de la ge los escribía adrede con jota («Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas») y nadie puede decir que incurría en faltas de ortografía.

Zapatero, de aquí en adelante, debe escribir con equis todos los sonidos de la ese que viniese colocada antes de consonante. Escribir, por ejemplo: «Todas las excenas políticas de Campmany son extupendas y sólo desagradan a los extúpidos y exmirriados cerebrales». A esa manera de escribir podríamos llamarla el «incognitismo metódico», que haría juego con el estilo de gobernar del propio Zapatero, fundado en la ignorancia de lo que el Gobierno puede decidir dos minutos después de haber tomado una providencia, y sorprender así a todos los «extupefactos expañoles». En cuanto a lo de la tinta roja, tiene razón el de La Moncloa. Lo rojo siempre produce faltas, de ortografía, de tino y de gobernación, y ahora se va a cargar el «Extado».

ABC. 29 de mayo de 2005

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Milonga en negro

ESTO está poniéndose negro como en la milonga de Borges y como el campeón negro del Barça, que le llama «cabrón» al blanco, o sea, al merengue, por seis veces seis, y chillando por el micrófono, encima de ganarle la Liga. Parecía que el negrito hubiese ganado la guerra al «apartheid». A Luis Aragonés lo querían empitonar por haberle llamado negro al negro. Le dijo al blanco: «Anule usted al negro» y se armó la milonga de los dos negros en el túnel. Lo que le sucede a Eto´o, el negrito del Barça, es que es el negro que tenía el alma blanca.

Esto de la política, que es a lo que voy, está poniéndose negro, negro casi como el fútbol. Se queda lejos la «Balada de los dos abuelos» de Nicolás Guillén, uno blanco y otro negro, y el «Casi son» de Rafael Alberti, ¿recuerdan?, «negro, da la mano al blanco; blanco, da la mano al negro». Aquí, eso de dar la mano lo dice Zapatero. Se la ofrece a Rajoy, hombre blanco, y se la da por detrás a los etarras, asesinos negros.

Los etarras no aceptan a Atucha de presidente del Parlamento vasco. Y eso que no quiso echar a los batasunos de sus escaños y le hizo un corte de mangas al Tribunal Supremo. Negros estarían los jueces. Lo de elegir presidente se ha puesto de castaño oscuro, prácticamente negro. Los dos candidatos, peneuvista uno y socialista el otro, como los abuelos, blanco y negro, de Nicolás Guillén, empatan una vez y otra vez a 33 votos, y los nueve votos de los etarras se quedan mirando el empate muertos de risa. Tendrán que desempatar a penaltis, digo yo.

Uno que se ha puesto negro es Pepiño Blanco, que la política tiene estas paradojas. Pasa del blanco al rojo y del rojo al negro. Los catalanes de Carod lo hacen más complejo. Pasan del rojo al amarillo, del amarillo al morado y del morado al negro. Pepiño Blanco Rojo y Negro ha dicho que los peperos no quieren colaborar en la lucha antiterrorista, que eso sí que tiene gracia. Seguramente lo dijo porque no han votado la moción para negociar con ETA, pero al mismo tiempo Zapatero no ha condenado las cuatro bombas de Guipúzcoa, y nadie le ha dicho a Otegui que los policías seguirán deteniendo etarras, los jueces seguirán juzgándolos y, de momento, Batasuna permanecerá en el pozo. Pozo negro, por supuesto.

La vicepresidenta del Gobierno también debe de estar negra. La tienen negra las cosas que dice Zaplana. De repente, María Teresa Fernández de la Vega (no logro recordar de qué me suena a mí ese apellido) se ha levantado el moño, ha puesto los brazos en jarras, se deja deslizar por lo trágico y apocalíptico, se pone farruca y flamenca y les dice a los populares que tienen «la mente obtusa y el corazón emponzoñado». Lo de la mente obtusa entra dentro del reproche político o del escolar, pero lo del «corazón emponzoñado» es una querella de amor. Eso se le dice a un burlador o a una amante peliforra. También podría haberles dicho María Teresa a los peperos que tienen el «corazón negro». Esperemos, queridos lectores, que no terminemos todos friéndonos en una negra sartén.

ABC. 19 de mayo de 2005

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Flores de mayo

NO quisiera hacer juicios temerarios, pero me parece que a Pepiño Blanco y Rojo lo tiene inserto Zapatero en su «extrategia» para que diga las necedades que ni siquiera él se atreve a decir. Ahora ha dicho que el PP no quiere ayudar al Gobierno en su lucha antiterrorista. Pero ¿qué lucha, señor Pepiño? El Gobierno no combate el terrorismo, sino que corre tras él con los brazos abiertos y el trasero hecho agua. Y el terrorismo ha respondido a la gentileza de Zapatero de dos maneras. Una, haciendo estallar cuatro bombas en otros tantos lugares de Guipúzcoa. Y otra, exigiendo que la Policía no detenga etarras, que la Justicia no los juzgue y que al poder legislativo le vayan dando masculillo y echen sus leyes a la basura.

Y todo eso a pesar de que la «extrategia» de Zapatero es una «extrategia» no sólo con equis, sino con acento. Al comunicante de ABC, señor González Mena, se le escapó el acento que había puesto Zapatero en la e de su «extratégia», seguramente para reforzarla, y yo no he descubierto el acento hasta hoy y con ayuda de una lupa, porque la letra sale en la fotografía del periódico con tamaño de hormiga. Lo mismo podría acentuar Zapatero su apellido y su cargo, y escribir: «Zapatéro, Presidénte del Gobiérno».

Conviene ser cuidadoso con los acentos. Por ejemplo con esa palabra que tanto se repitió hace pocos días: «cónclave». El maestro Valentín García Yebra nos enseña que debe pronunciarse y escribirse sin acento, o sea, pasarla de esdrújula a llana. En definitiva, clave equivale a llave, y tendríamos que decir con-clave para significar el encierro de los cardenales con-llave. De aquí en adelante, así pronunciaré y escribiré yo la palabra, y gracias le sean dadas al maestro García Yebra, que no todo son cebrianes y goytisolos en la Española.

Han nacido estos días más flores de mayo en las letras. Mi leído colegui Tomás Cuesta ya fue reo hace unos meses de atribuir a Rafael Alberti los versos «Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos», que en realidad son de Calderón, y los dice el personaje llamado «Chato» en la Jornada Primera de «La hija del aire». La confusión es fácil, primero porque no imagina uno que Calderón escriba eso, y después, porque Alberti los puso al frente de sus divertidos poemas del cine. Le envié a Cuesta un recado secreto con Pérez Puig y rectificó luego como de forma espontánea. Ahora cita mal unos versos de César Vallejo («piedra de estupor y madera noble de establo» llama Gerardo Diego a este «Valle Vallejo»). Cita Tomás Cuesta: «Me moriré en París en primavera...» Pues no, señor. César Vallejo escribe: «Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo...» Y dicen que, efectivamente, César Vallejo se murió en París un día de lluvia.

Mi cita preferida de César Vallejo es esta, que Marcelo Arroita-Jáuregui puso al frente de un libro de versos: «Considerando en frío, imparcialmente, que el hombre es triste, tose, y sin embargo se complace en su pecho colorado...» ¿Su pecho colorado? O sea, ya está claro: Pérez Rubalcaba.

ABC. 18 de mayo de 2005

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El socio Ibarretxe

Lo que Ibarreche (o Ibarretxe) quiere es no ser España, sino socio de España. Quiere que España tenga el socio vasco igual que tiene al vecino francés, al hermano portugués o al moro amigo, que ahora es un decir. Quiere ser socio de España cuando es España misma desde los primeros vagidos de España. En aquellos años, cuando los españoles nos conquistábamos unos a otros, es posible que algunos conquistaran a los vascos, pero también los vascos conquistaban a los demás. Con los ejércitos de Sancho el Mayor ayudaron a conquistar casi todo lo que hoy es España. Lo que quiere Ibarretxe es un despropósito, claro, porque quiere asociarse consigo mismo. Antes de que Ibarretxe se asocie con Ibarretxe, el propio Ibarretxe tendría que disociarse de Ibarretxe. Eso es todavía más chusco que divorciarse de la mujer con el propósito de casarse con ella.

Me parece que tengo dicho que cuando la estrella, el lucero, el cometa o el meteorito Ibarretxe apareció en el firmamento político de España, de España, de España, de España, alguien me dijo que se trataba sin duda de una buena persona, de un hombre inteligente y de un sujeto laborioso y cortés. «Lo que pasa -añadió- es que cree que no es español». Quizá sea una definición demasiado rotunda. Yo creo que es un español que quiere dejar de ser español para demostrar luego que es español porque le da la real gana de serlo, y que puede dimitir de español en cuanto le pete o se le contraríe en algo. Esa es, por cierto, una manera muy española de ser español.

Pero todo eso, allí, en el País Vasco, o mejor dicho aquí, en el pedazo español llamado Vasconia, hay gente que hace de ese capricho cuestión de principios y lo lleva a sus últimas consecuencias, y sus últimas consecuencias son las de admitir la violencia como medio de lograrlo. O sea, que quieren que eso sea así, por las buenas o por las malas. Sobre todo, cuando no lo logran por las buenas, aceptan las malas, y entonces ya no hay manera de saber, por las buenas, lo que la gente quiere. Ibarretxe, claro está, habla de referéndum, o sea de las buenas, de las urnas y los votos. Pero es que, mientras exista terrorismo en el País, es decir, mientras no se extirpen las maneras violentas y criminales, no sabremos lo que dicen las urnas. El miedo las hace engañosas o las deja tan desiertas como la plaza de la Vergüenza de Leiza.

Los nacionalistas vascos plantean una falacia. «Busquemos una solución política al terrorismo». Y eso es una falacia porque mientras exista terrorismo, la solución política se hace imposible y siempre estará viciada de presión, de miedo y de violencia, de «vis» insoportable. Para hablar de soluciones políticas a las discrepancias o a las propuestas de unos o de otros, lo primero y lo más necesario es que callen las pistolas y enmudezcan las bombas. En medio de ese estruendo las palabras ni se escuchan ni tienen valor definitivo. Para negociar en libertad, que Ibarretxe empiece por ayudar a terminar con «Eta».

ABC. 28 de septiembre de 2002

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Proclama cantonalista

VAMOS a dejarnos de una vez de las medias tintas y las medias palabras, y vayamos directamente al grano. Todo eso del «Estado asociado» que propugna Ibarreche, el «federalismo asimétrico» de Pasqual Maragall, las «naciones sin Estado», el «autogobierno pleno», la «cosoberanía comunitaria» o el «nacionalismo autónomo» son eufemismos y zarandajas. Eso son timideces de pazguato que no se atreve a presentar la lucha definitiva por la verdadera independencia. Aquí, lo que hay que proclamar de una vez por todas es el cantonalismo federal, o sea, el separatismo, pero para todos: regiones, provincias, comarcas, municipios, aldeas, parroquias y barrios.

Tenemos que resucitar el glorioso 18 de julio. Quiero decir el 18 de julio de 1873 (que también es casualidad, hombre), y hacer independientes no sólo a Cádiz, Salamanca, Sevilla o Valencia como se hicieron entonces, sino, también como entonces, a Cartagena, Almansa, Torrevieja, Bailén, Andújar, Algeciras y Tarifa, ejemplos heroicos del cantonalismo federal del siglo XIX, imitados por otros muchos municipios que se declararon valientemente naciones independientes y soberanas.

Ahí tenemos la gesta gloriosa del Cantón de Cartagena, último en rendirse a los ejércitos centralistas e invasores, y la figura egregia de Antonete Gálvez, que resistió el embate de los generales unitarios, recorrió las costas mediterráneas, desde Alicante a Málaga, en naves de la escuadra cantonal, acuñó moneda, duros de plata con más plata que los duros españoles, y sólo se rindió ante las tropas invasoras, mucho más nutridas y pertrechadas, que allí siguen desde aquella triste fecha del enero de 1874.

Si no reconocemos que España se encuentra perpetuamente dividida en sus tierras, en sus ciudades, en sus pueblos, pero también dentro de cada uno de los españoles, no podremos entender la grandeza liberadora del movimiento cantonal. Cuenta Guillermo de Torre que Unamuno solía decir que llevaba dentro de sí un carlista y un liberal en perpetua discordia, del mismo modo que también llevaba un creyente y un racionalista. El espíritu separatista nace de esta eterna contradicción que crece dentro de nosotros mismos y se expresa en la sublime decisión de un Setién, de un Arzalluz o de un Xirinacs, en los que el fanatismo religioso se empareja con el delirio político para componer la figura excelsa del salvador de pueblos.

Don Emilio Castelar, nefasto enemigo del cantonalismo, cita un texto ejemplar emitido por el cantón de Jumilla, que puede servir de modelo a los municipios independentistas del País Vasco: «Jumilla desea estar en paz con todas las naciones extranjeras y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar en sus justísimos desquites hasta Murcia y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra». ¡Toma nísperos!

ABC. 16 de octubre de 2002

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20 junio, 2007

Pacifismo contemplativo

UNO de los varios aciertos expresivos de José María Aznar durante su intervención de ayer en la Cámara de Diputados fue ese de calificar el pacifismo abstracto, idealista y platónico de la izquierda española en esta hora como «pacifismo contemplativo». Claro está que lo más importante de la intervención de Aznar, tanto en la exposición inicial como en la réplica tras los discursos de los portavoces, no reside en los aciertos expresivos, que los tuvo, sino en la solidez irrefutable de su argumentación de fondo.

A fuerza de escuchar estos días las voces demagógicas en tonos más o menos suaves o destemplados, termina uno por olvidar la realidad más evidente. El antinorteamericanismo («antiimperialismo» le llaman los organizadores de la gala de los Goya) de rabieta infantil que aqueja a los vestigios de nuestro comunismo insepulto y del socialismo marxista todavía nostálgico, nos ha machacado tan tercamente con el «No a la guerra» que algunos han terminado por creer que estamos en la disyuntiva de elegir entre la guerra y la paz.

Nadie con el aparato de pensar en funcionamiento razonable y que no ande obnubilado con prejuicios de «guerra fría» puede ignorar, a estas alturas de la película, que esa no es la situación, sino la necesidad de asegurar la paz forzando al desarme y destrucción de instrumentos formidables de muerte en poder de Sadam Husein, dictador feroz sobre su pueblo, invasor de dos países vecinos en algo más de una década, incumplidor continuado de la legalidad internacional y que se permite el gesto chulángano de amenazarnos con el terrorismo de los suicidas adiestrados.

Es curioso que los que menos se han enterado de la película son las adorables, ingenuas, extrañas e imprevisibles gentes del cine. A los artistas se les debe perdonar cualquier gesto o jeribeque político aunque sea el de una pirueta grotesca. A los políticos, no. Y los socialistas españoles no se han mostrado en esta ocasión a la altura de las circunstancias. Lo digo con tristeza, porque todas las corvetas políticas son respetables, pero no tanto las que atentan contra la historia del propio partido, contra el deber y el interés de la Nación y contra la paz internacional que, para más inri, dicen defender. Y eso es lo que está haciendo el Partido Socialista bajo la inspiración de sus doctrinarios de hoy, Rodríguez Zapatero y Jesús Caldera.

No ya los grupos de la oposición consabida en estos trances (marxismos y nacionalismos) sino el socialismo, que debiera tener un sentido sólido del Estado, se zambulló de bruces en la demagogia y en la irresponsabilidad. Aznar debiera agradecérselo, porque los oradores, uno tras otro, se las iban poniendo al presidente del Gobierno como vulgarmente se dice que le ponían las carambolas a Fernando VII. Y naturalmente, Aznar, con tono sosegado, con pausa, moderación y algún repunte de ironía, fue haciendo las carambolas. Total, guerra, no, y este socialismo, tampoco.

ABC. 6 de febrero de 2003

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Otoño ardiente

SE barruntaba en verano un otoño caliente. Quiero decir un otoño político caliente. La verdad es que todos los veranos hay alguien que anuncia un otoño caliente, y ese anuncio se oye ya como el de que viene el lobo. Pero este año ha venido un otoño, no ya caliente, sino incendiado. De repente la política se ha convertido en una hoguera múltiple. Hay un fuego en cada esquina. Se precipitan los acontecimientos, y desde la peripecia moruna del islote Perejil, la política nos ha entretenido con muchas y divertidas novedades.

Un día nos llegaba la propuesta de Ibarreche con el fantasma del «Estado asociado» y otro día nos enterábamos de la autorización del Gobierno para que el Canal Satélite de Polanco engulla la Vía Digital de Telefónica. Empezábamos una semana con el juguete jardielesco del «freno y marcha atrás» en el decretazo, y terminábamos otra con la concesión del Premio Nacional de Literatura a una novela en euskera por un jurado en el que no se les deja votar a los dos representantes del Ministerio.

Por un lado, santifican a José María Escrivá, y por otro crucifican a José María Aznar. La Bolsa está a dos pasos de alcanzar los niveles del crac del «martes negro» de 1929, y los rojelios y los separatistas arman la marimorena porque han izado en la plaza del Descubrimiento de Madrid una bandera española. ¿Hay quién dé más? Pues, sí, señor. Hay más.

Pasen, señores, pasen. Pasen y vean. Vean el misterio rocambolesco del robo de los papeles secretos y el archivo confidencial de los ordenadores personales de Pedro Arriola, asesor áulico del Partido Popular, del Gobierno y de la Telefónica de Villalonga y más tarde de la de César Alierta, augur y arúspice de José María Aznar. ¿Qué papeles se han llevado los ladrones? Misterio. ¿Qué secretos, confidencias, reservas y convolutos guardaba la documentación sustraída? Secreto. ¿Quién puede ser el ladrón o quiénes los ladrones? Incógnita. ¿Puede haber entre lo robado algún secreto de Estado? Arcano. ¿Por qué se guardaban tales tesoros de información en un chalé particular sin vigilancia especial? Averígüelo Vargas. ¿Quién es Vargas? Uno que ya murió. Pues estamos frescos.

Pasen señores, pasen. Pasen y vean. Pasen y contemplen el número de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo facilitando un pescozón al Gobierno por no cumplir una condena que ya tiene dos años y medio y todavía está esperando que alguien intente aplicarla. Ahí tienen ustedes la «Ser» de Polanco (qué cuchipanda sin la tía Tomasa) que se zampó la Antena-3 Radio de Godó y se convirtió en un monstruo radiofónico todopoderoso, y así sigue. Así sigue porque el Gobierno de «ese señor, Aznar, que ha dejado España con menos libertad de expresión que en tiempos de Franco» no ha tenido tiempo de ordenar de manera eficaz que se vuelva atrás aquella operación y se proteja la pluralidad informativa, tal y como ordenó el Tribunal Supremo.

Habrá más fuegos de otoño. Queden ustedes al loro.

ABC. 12 de octubre de 2002

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Bendita agua

TENÍA razón Tales de Mileto. El agua es el principio de la vida. Donde hay agua nace la vida, y donde no la hay, muere. Además, el agua es hermosa. «El agua es la cosa más bella del mundo», decía el milesio, y seguramente también tenía razón. Lo que sucede es que a veces da disgustos. Los cielos dicen ¡agua va! Y los ríos se salen de madre, se desmadran. El disgusto más gordo que el agua dio a los hombres fue el Diluvio Universal. Menos mal que Noé fabricó el Arca, y allí nos salvamos todos. Ahora, en vez de fabricar el Arca, tendríamos que fabricar más canales y más pantanos de los que fabricamos. Los contemporáneos de Noé se reían de él cuando estaba construyendo el Arca («¿qué, Noé, todavía no has terminado la arqueta?»), y hoy se ríen muchos de Franco porque construía pantanos.

Los españoles hemos sido perezosos para ordenarlo todo, pero sobre todo para ordenar el agua. Nos hemos dedicado mucho más a bendecirla que a ordenarla. Y así hemos llegado al siglo XXI sufriendo inundaciones y riadas y viendo cómo avanza la desertización por los secarrales del sureste y mete el desierto en los vergeles, o sea, lo contrario de lo que hace Israel, por ejemplo. Cuando se pasen estos días de alarmas y de tribulaciones, tal vez harían bien los aragoneses en reflexionar más sosegadamente acerca de lo que se puede y debe hacer con el río Ebro, es decir, cómo aprovechar mejor las aguas caudalosas y benditas que nacen en Fontibre y mueren en Tortosa.

El Plan Hidrológico Nacional debe llevar a Aragón la certidumbre de que jamás las márgenes del Ebro sufran las crecidas desoladoras del río. Hay que evitar las pérdidas y los peligros del desbordamiento de aquellas aguas la arteria ibérica más importante de la vertiente mediterránea. Al mismo tiempo, habría que ordenar el río de tal manera que puedan ser regadas todas las tierras aragonesas donde llevar el agua sea una empresa factible y rentable. Y una vez exigidas y logradas esas dos circunstancias, deberían dimitir algunos aragoneses de su terco e irracional combate al Plan Hidrológico. Seguramente, esos aragoneses que se oponen a un proyecto tan beneficioso, también se habrían reído de Noé cuando construía el Arca.

Aragón tiene tierras secas y huertos frondosos. Necesita el agua y necesita prevenir la avenida del agua. Mi tierra murciana tiene más de lo mismo: secanos fertilísimos que esperan la bendita agua, principio de vida, y jardines que muchas veces fueron arrasados por el aluvión, que se llevaba cosechas, árboles, barracas huertanas y vidas. Hay lugares donde todavía se riega o se regaba con los mismos cauces que abrió el árabe en los tiempos en que el aragonés Jaime I reconquistó aquello para su yerno Alfonso X. Los aragoneses se entraron por allí, y los murcianos todavía componemos el diminutivo en «ico», decimos «zarangollo» como en la fabla y bailamos una jota suavizada por ese Mediterráneo que nos trajo la suavidad elegante de Grecia, las danzas de las canéforas y las palabras de Tales, hijo de fenicios, que es como Valle-Inclán llamaba a los catalanes. Y es que todo es España, hermanos.

ABC. 10 de febrero de 2003

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Zapatero y Gila

Apareció Zapatero en televisión bien trajeado y compuesto, recién salido del sastre, corbata de estreno, palabra sosegada y buenos modales dialécticos, lo cual se agradece para descansar, aunque sólo sea un rato, de la cochambre al uso y del desaseo a la orden del día. Y como Ernesto Sáez de Buruaga preguntaba con cortesía y comedida intención, el entrevistado reiteraba sus aprendidas razones, ya muy ensayadas en el Parlamento, y lograba hacer algunas cómodas excursiones por la tangente, si no por los cerros de Úbeda, sin que el entrevistador le acosara demasiado ni le trajera de nuevo a la dificultad de la respuesta. Nada extraño, por otra parte, porque casi todos los entrevistadores de hoy renuncian a la repregunta, que es la pimienta de cualquier entrevista.

Nada nuevo. Argumentos para convencer a convencidos, mil veces explicados y mil veces rebatidos sin que ninguna de las partes logre conmover las posiciones de la otra. Zapatero se asía una y otra vez a lo que tiene para defender sus posiciones: la votación en el Consejo de Seguridad, la petición de tiempo de los inspectores de la ONU, la resistencia de Francia y Alemania, la falta de legalidad, la prepotencia de la fuerza de las armas, etcétera. Y dejaba de lado las objeciones: los doce años de advertencias legales, las unanimidades anteriores del Consejo de Seguridad, la función de los inspectores, que no es la de descubrir, sino la de comprobar, la autorización de Francia para que sobrevuelen su suelo los terribles B-52, el permiso de Alemania para la utilización de sus bases, los precedentes de Kosovo y del propio Iraq, etcétera. O sea, el cuento de la buena pipa.

Lo más preocupante de la posición política de Zapatero frente al suceso luctuoso y terrible de la guerra, es que sigue aferrado a la idea de que José María Aznar tiene la responsabilidad de los combates, de los bombardeos, de los muertos, de los heridos, de los niños destrozados y de las mujeres mutiladas. El que tiene la culpa de la guerra es Aznar. Como un Fray Gerundio metido a político, Zapatero se ha construido un maniqueo (un teleñeco) con el presidente del Gobierno y se divierte sacudiéndole cachiporrazos como un Cristobita. Habla de la masacre humana que producen los terribles bombardeos aliados y de las víctimas civiles, doce, quince, veinte. Cada vida perdida es irreparable y una catástrofe por sí misma. Pero si se cuentan los muertos, hay que contar también las más de doscientas mil víctimas civiles que ocasionó el bombardeo sobre Hamburgo ordenado por Stalin.

Pero hay otra frase que sería cómica si el motivo no fuese trágico. «Que Aznar detenga la guerra», pide Zapatero, como si Aznar fuese el administrador único del rayo de Júpiter. Porque no se trata de desear, como han hecho los franceses, que los aliados obtengan una victoria cuanto más rápida, mejor, sino de echar muertos sobre los hombros del «belicista» Aznar. Me he acordado irremediablemente de Miguel Gila y sus guerras desde el teléfono. «Oiga, ¿es el enemigo? Bueno, pues que pare la guerra, que ahora vuelvo».

ABC. 3 de abril de 2003

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Más nueces

EN Irak no ha empezado todavía la guerra de Bush. Pero aquí, en España, sigue la guerra de Arzallus, este rayo que no cesa y que parecía haberse tomado un descanso. Los estalinistas de la banda etarra han vuelto a agitar el árbol para que Arzallus recoja las nueces. El jefe de la Policía municipal de Andoain, Joseba Pagazaurtundua, ha pagado con su vida el hecho de pertenecer a «Basta ya», el hecho de decir «No a la guerra» de aquí, no a la guerra de su pueblo, que es el nuestro, y permanece en este momento clínicamente muerto después de haber sido tiroteado por unos pistoleros del comando Donosti.

No parece sino que este crimen, después de unos días de respiro sin bombas ni disparos, haya venido a dejar en ridículo esas protestas, airadas en unos y afligidas en otros, pidiendo paz para las tierras donde se prepara la guerra contra los pacíficos, contra la civilización, contra los países que viven en democracia y contra los hombres que viven en libertad. Esta tarde quisiera ver gritar contra los etarras y sus cómplices por las calles de Madrid a Javier Bardem y quisiera ver gimotear con la mejor técnica interpretativa a Pilar Bardem y a todos esos Bardem que viven angustiados por lo que pueda sucederles a Sadam Husein y a sus generales de bigotes clónicos. El tiroteo y seguramente la muerte de un español vasco llamado Joseba Pagazaurtundua no se le puede achacar a Bush. Políticamente, no interesa.

Ya sé, ya sé. La consigna es esta: «No a la guerra» y «No a Sadam». Y a lo mejor, ahora añaden «No al terrorismo». Pero que expliquen cómo se logra todo eso a un tiempo. Cuando Sadam invadió Kuwait o cuando masacraba a sus propios paisanos iraquíes con armas de exterminio masivo, ¿cómo lograr estar contra él y al mismo tiempo contra la guerra? ¿Utilizando pegatinas, pancartas, gritos, palomas y lágrimas de actor? En este mundo de hoy, ¿quién viene con bombas, con armas, con la ambición y la prepotencia que engendran las dictaduras militares? ¿Quién viene sobre nosotros con los instrumentos imprevisibles del terror, con los suicidas embutidos de explosivos? ¿Quién anda por ahí con la pistola del tiro por la espalda o con la bomba contra los indefensos?

Ayer, Eduardo Haro Tecglen, conocido como la Momia, el que escribió en «Informaciones» un 20 de noviembre aquello de «se nos murió un capitán pero Dios misericordioso nos envió a Francisco Franco, y hoy sobre la tumba de José Antonio», etcétera, hablaba desde el nicho donde le tiene Polanco de los actores de camiseta y eslogan, y decía que son los mismos que en las postrimerías del franquismo hicieron una huelga de protesta. Y añadía que un presidente del Sindicato del Espectáculo que hoy escribe en ABC, o sea, yo mismo, llamó a la policía contra ellos. No cita mi nombre. Dispara con vileza, cobardía y también por la espalda. No es verdad. Viven los protagonistas de aquello. Miente el bellaco. Miente por mitad de la barba. Naturalmente, en «El País». ¿Dónde si no?

ABC. 9 de febrero de 2003

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Vaya con la pantalla

NO sé cuál de ellas anda peor en estos páramos y en estas calendas. Aparte usted la vista de la pantalla pequeña para fijarla en la grande y se le caerá el alma a los pies. Si estos retroprogres del cine supieran al menos hacer cine, podrían luego explicarle a Bush cómo tiene que gobernar los Estados Unidos y cómo tiene que arreglar Aznar lo del vertido del Prestige y lo de la guerra con Irak. Hay países que van en berlina y cuyos gobernantes no necesitan consejo alguno, porque a Fidel Castro, a Sadam Husein y a Hugo Chávez los progres nunca les explican nada. Cuando aprendan a hacer cine, podrán también explicar cómo tienen los ingenieros que hacer los puentes y cómo tienen los cocineros que hacer el bacalao al pilpil. En cambio, así es inevitable recordarles a estos chicos lo de zapatero a tus zapatos.

Pero lo que sucede es que del cine español salen una película buena y ciento malas. La película buena sale cuando se deciden a hacerla Berlanga ¡todavía!, Garci, Almodóvar y cuando a un par de directores más les suena la flauta por casualidad, o sea, de higos a brevas. Esto es triste, pero verdad, y reconocerlo y repetirlo es ya una manera de ponerse a remediarlo. Algunos genios de los llamados «cineastas» siempre han dicho que la culpa de la pobreza y desolación que sufre el cine español la tiene el Estado, que no empuja. La verdad es que el cine siempre ha tenido la ayuda de la «cuota de pantalla» y las subvenciones. En estos momentos, el cine español recibe una mamandurria de treinta millones de euros, que son unos cinco mil millones de viejas pesetas. Mucho más que a la falta de generosidad del Estado, habrá que echar las culpas a la pereza de los espectadores a pasar por taquilla cuando «echan» películas españolas.

Y encima de la ausencia de talento y de imaginación, las gentes del cine han dejado que la política, y sobre todo, la política del resentimiento, la mezquindad y la cutrería se apoderen de los guiones y de las cámaras. Guionistas y directores están empeñados, no en hacer cine bueno, sino en hacer política mala. Claro está que se puede hacer cine y defender una idea política, social, ética o religiosa. Eso también sucede con el teatro o con la poesía, y si me apuran mucho con el arte más puro que existe, que es la música. Pero para hacer eso, el cine tiene que ser bueno y la idea tiene que ser limpia, grande y noble. Roja, verde, azul o blanca, pero limpia, noble y grande. Si la idea es sucia, parcial, baja y despreciable, y la película es perversa y, en el mejor de los casos, mala, como sucede aquí, hay que decir lo que dicen los espectadores batuecos: que vaya a verla su padre.

Si a las rencillas normales y sólitas en estas profesiones relacionadas con el arte y la literatura, además de con la industria, se añaden las querellas, nostalgias y resentimientos de la política, entonces el producto que sale resulta, sencillamente, deleznable, detestable y desechable. Y las fiestas que debieran ser de celebración, reconocimiento y homenaje, terminan por ser una entrega de los Premios Goya. O sea, lo que hemos visto.

ABC. 4 de febrero de 2003

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Las calabazas de Zapatero

DE la guerra a la paz, o de Felipe a Zapatero. Lo que va de ayer a hoy. Ya nos lo advirtió el poeta: «Tanto sucede en término de un día». Zapatero, el Zapa, ha ido a La Moncloa y le ha dado calabazas a Aznar. «No a la guerra». Ese es el grito de guerra. El día 15 de febrero, sábado sabadete y a la guerra vete, la izquierda española, socialistas y comunistas, juntos de nuevo después de los desvíos de Madrazo y de los cuernos con el PNV, saldrán a la calle para hacer la guerra a la guerra.

Lejos quedan aquellos días en que Felipe González mandaba al soldadito español a la guerra del Golfo. Aquí, se quedaban los sociatas en la guerra de los Golfos, y hubo muchos que la ganaron. Entonces, Marta Sánchez se subía al barco en aguas lejanas y movía las domingas para encabritar a la marinería navegante. Marta Sánchez estaba en todo lo suyo, movía las domingas con arte y entusiasmo y la marinería se encabritaba, naturalmente. Se encabritaban hasta los monfloritas, que aún no habían empezado a salir del armario a regimientos y tenían que disimular, cruelmente reprimidos por una sociedad incomprensiva y discriminatoria. Y Narcís Serra, ministro de Defensa y vicepresidente del Gobierno, se subía a la fragata dando trompicones y andaba sobre el puente con sus pies planos. Yo creo que en aquellos días tomó la costumbre de tocar al piano la «Lilí Marlén».

Bueno, pues ahora ha dicho Zapatero que de la guerra, nada. De los cántaros, ni una gota, y Aznar se ha quedado más solo que la una. Ni siquiera le quedan los canarios, siempre dispuestos a ponerse la mantilla blanca, la mantilla azul. Dice Zapatero, el Zapa, que en cuanto a Bush, nada de consenso. Todo lo contrario. Hay que parar a Bush. Hay que alinearse con Francia y con Alemania, y prohibirle a Bush que ataque a ese chico del bigote, Sadam. Y es lo que decía aquel ratón barbicano, colilargo y hociquirromo que salió a hablar en el senado lopesco de los ratones: «¿Quién de todos ha de ser el que se atreva a poner este cascabel al gato?». No sé yo en qué terminarán las manifestaciones del Zapa. Me lo dijo Occhipinti una tarde que le rebosaba el Lácrima Christi: «Desconfía de los apellidos que empiezan por Zap como Zapatero, Zaplana y el que va con Zipi, Zape».

Bien es verdad que Aznar lo ha llamado, al Zapa, digo, con la decisión tomada y a toro pasado. Pero la respuesta habría sido igual antes. La oposición está dando balotadas y deseando que empiece la carrera. Huele la cuadra, o sea, el poder. El socio mediático ya ha publicado una encuesta donde ganan y donde el Zapa está por encima del presidente, y Polanco triunfante. A Aznar le descarrilan los trenes, se le hunden los petroleros, lo meten en el Consejo de Seguridad («No a la guerra»), se le caen encima las encuestas, se le llena el patio de nieve y le meten la pata los ministros. Y encima Ana se le escapa con Gallardón. Se encuentra solo ante el peligro. Ahí te quiero yo ver, pequeño Gary Cooper.

ABC. 5 de febrero de 2003

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Las grietas del PSOE

NO es que haya dimitido nadie. Eso no. Aquí, de dimitir, nada. La política en las Batuecas es como el coro de doctores en «El rey que rabió». Todo menos dimitir. Ya ven ustedes. Pedían a Marisa Paredes la dimisión de la presidencia de la Academia de Cine, «de las epidemias..., de las Academias, líbranos, señor», pedía a don Quijote el ingenuo de Rubén Darío, y decían que estaba a punto de caramelo la dimisión de Joan Gaspart. Este apasionado culé ha motivado hasta la intervención de la Generalitat, que no en vano el Barcelona es algo más que un club, es el buque insignia del nacionalismo futbolístico. Pero no. Ni la una ni el otro.

A Marisa Paredes, cosas veredes, le han dicho muchos: «Marisa, que te quedes», y ella, pues se queda. Natural. A Joan Gaspart no le han dicho que se quede ni sus vicepresidentes, sólo algunos miembros muy allegados de su familia. Y sin embargo, Joan Gaspart tampoco ha dimitido. Al menos, en los momentos previos a la reunión de la Junta Directiva de ayer, que es cuando yo escribo estas líneas, no se ha anunciado su dimisión, y ahora predicen que a lo mejor convoca elecciones para junio. O sea, lo que se llama una larga cambiada. Quizá este fanático predador del Barça, espera un milagro de san Cugat, o sea, san Cucufate, y que el club culé se alce con la Copa de Europa, y en ese caso, pelillos a la mar.

No hay dimisiones, pero el PSOE tiene grietas. Vamos a ver. Francisco Vázquez, alcalde socialista de La Coruña (él escribe siempre «La Coruña» cuando lo hace en castellano), más aplaudido que el de Zalamea en estos días, se pone al lado de Fraga y dice que don Manuel está cargando con chapapote «que no es suyo» con la consiguiente desesperación del socialismo gallego oficial.

José Bono, a quien el socialismo no le ha obnubilado su listeza de ardilla política, se alinea con la tesis del PP acerca de la igualdad de las pensiones no contributivas en todas las Comunidades, y eso es como decirle a Manolo Chaves que tome nísperos.


Y Javier Solana, que fue ministro con Felipe González, después secretario general de aquella OTAN (de entrada, no, pero de salida tampoco), y mister PESC en la Desunión Europea, declara que los informes de Colin Powell son muy sólidos, irrefutables o así, y que adelante con los faroles, o sea, con la guerra. Pues si esto no son grietas, que venga el Nautilus y que lo vea.
Y por si todo esto no bastara, ahí tienen ustedes El País, qué país, Miquelarena, qué país, cuya entera pacifista se resquebraja y empieza a corregir el rumbo de sus editoriales, a virar hacia Norteamérica y hacia el cowboy, que ya no le hace tantos ascos a Bush y a la guerra, y que le deja a su hermana de leche, de mala leche, la Ser, la misión del pacifismo contemplativo a ultranza. Cosas veredes, Marisa Paredes. En cambio, Felipe González dice que está con Zapatero, no al cien por cien, sino al 120 por cien. ¡Toma ya! ¿Y qué hacemos con ese veinte por ciento que sobra?


ABC. 8 de febrero de 2003

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Libertad de expresión

POR la fecha de mi nacimiento y por mi oficio de periodista, me ha tocado sufrir la carencia de libertad de expresión mucho más dolorosamente que a la gran mayoría de mis conciudadanos. Durante los años de censura previa, mi dedicación al periodismo se refugió en la crónica deportiva y en la corresponsalía en el extranjero. Fui testigo de las primeras cinco Copas de Europa que ganó el Real Madrid y puede contar las hazañas de aquella delantera mítica que formaron Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Aquel encargo profesional supuso un raro privilegio para mí, porque me permitió viajar a todos los países del socialismo real, a la Rusia y «países satélites» de más allá del telón de acero, experiencia prohibida entonces a todos los españoles.

Después, como corresponsal en Roma (oh, cara Roma, querida mamma Roma), tuve ocasión de ver de cerca el Concilio Vaticano II, el aggiornamento de la Iglesia Católica y el giro a sinistra de la democracia cristiana y su alianza con un socialismo renovado. Mi regreso a España coincide con la apertura, tímida, pero evidente, que trajo a la prensa la ley Fraga. Con la llegada de las libertades políticas, conté como cronista parlamentario los debates de la Constitución y luego, ya con la libertad de expresión proclamada en la Ley de Leyes, firmé mis primeras columnas de comentarista político. Y ahí sigo, por supuesto, en el ABC, donde jamás me han pedido que firme opiniones ajenas ni que calle las propias.

Pido perdón por hablar de mí. Pero digo todo esto para justificar el derecho que tengo a reconocer y señalar la falta de libertad de expresión allí donde se produzca y cualesquiera ataques que sufra desde una orilla política o desde la otra. En estos días, algunos españoles y concretamente un grupo numeroso de actores, animados y jaleados por otros grupos de políticos, se quejan de que haya sufrido embates y recortes su libertad de expresión. En los casos que yo conozco y que se han desarrollado a la vista del público, eso no es así. La libertad de expresión no consiste en que cada uno diga lo que quiera, como quiera, cuando quiera, en el lugar y el momento en que le pete y de la forma que le dé la gana.

La democracia auténtica es, en gran medida, normas formales y reglas de juego. En el Parlamento, los únicos que gozan de libertad de expresión son los diputados y los senadores, es decir, los representantes del pueblo, libremente elegidos. Los invitados sólo tienen el derecho de ver, oír y callar. En el episodio de los actores en el Congreso, el único que sufrió un ataque en su libertad de expresión fue el orador de turno, que era en aquel momento el presidente del Gobierno. No respetar las reglas del juego democrático supone convertir la democracia en un guirigay asambleario. Y eso es así por mucho que les pese a los políticos que quieren ahogar a gritos, a pancartas o a eslóganes de camiseta el argumento expuesto con orden y en su momento y el voto ejercido libremente en las urnas abiertas. Esta es una verdad elemental, pero desgraciadamente olvidada.

ABC. 12 de febrero de 203

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POLANCO VS. AZNAR

DESDE su primera victoria electoral en 1996, José María Aznar y el Partido Popular han tenido el honor de decorarse con la enemiga sistemática de Jesús Polanco y su imperio mediático, que abarca la prensa escrita, la radio, la televisión e internet. En cierto modo, ello es natural porque el susodicho y sintonizado imperio lo disfruta Polanco gracias a la predilección del Partido Socialista, y más concretamente a los favores de Felipe González. De Polanco se podrán aventurar diversos juicios, pero nadie podrá decir que no es agradecido. La lista de sus gratitudes es larga y elocuente.

Antes de ganar las elecciones, Aznar logró abortar el nacimiento de aquella sociedad de televisión por cable que proyectaba fundar Polanco con la cesión del monopolio de la Telefónica socialista de Cándido Velásquez, la connivencia de Telemadrid y Cajamadrid que aportaba Alberto Ruiz-Gallardón desde la Comunidad, y para enmascarar el pelotazo mediático la participación simbólica de Prensa Española y de Iberdrola. Aquel intento de monopolio informativo quedó frustrado in extremis, la noche misma anterior a su constitución ante notario.

Luego llegó el llamado «Pacto de los Editores», firmado entre Polanco y Antonio Asensio la víspera de la Nochebuena de 1996, pocas semanas después de constituido el Gobierno popular. Antes de eso, y aprovechando la falta de mayoría en el Parlamento, se había intentado desde «El País» sustituir la candidatura de Aznar por la de Ruiz-Gallardón. Y desde entonces, la guerra del imperio de Polanco contra Aznar ha sido terca, inclemente, injusta, caliente y a veces sucia. No se trata de una actitud crítica, sino de un despliegue bélico.

A cambio de esas constantes ofensivas, el Gobierno de Aznar ha respondido con varias contemplaciones. Flores y momios contra proyectiles y basiliscos:

Se mantienen en secreto insondable los datos del escandaloso trato de favor de Focoex a las empresas de Polanco Eductrade y Sanitrade, y tal vez otras, beneficiarias de gran parte de esos contratos.

Desde hace varios años, duerme en el cajón del Ministerio de Hacienda, o sea, de Rodrigo Rato, el informe de la Agencia Tributaria en el que se recomienda una inspección a fondo de todas las empresas del Grupo Prisa, Sogecable, etc., más que sospechosas de irregularidades. Ese informe fue publicado y nunca desmentido.

Se permite la adquisición o creación de una serie de emisoras locales de televisión que, burlando abiertamente la ley vigente, se agrupan para formar una cadena nacional con el nombre de Localia. El Gobierno se dispone a reformar esa ley para legalizar lo ilegal.

Dentro de pocos días, el Gobierno autorizará la fusión de las dos plataformas digitales por absorción de Vía Digital de Telefónica por Canal Satélite de Polanco. Eso supone el monopolio de la televisión de pago en condiciones convenientes. Al tiempo.

Ahora, eso sí, José María Aznar jamás ha concedido como presidente del Gobierno una entrevista a los medios del grupo Prisa. Duro y merecido castigo. Bien hecho.

ABC. 15 de noviembre de 2002

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El puño cerrado

RAFAEL Simancas, candidato sociata a la presidencia de la Comunidad de Madrid, saluda mucho con el puño en alto. En cuanto tiene ocasión se retrata con el puño levantado, que es un saludo del realismo posmodernista. No parece sino que estuviese siempre visitando a la momia de Stalin, el padrecito. Tendríamos que acostumbrar a los equipos de fútbol, al fin y al cabo brigadas internacionales, al saludo de Simancas, y que cuando un futbolista marque un gol, levanten el puño todos sus compañeros, en vez de chocar palma contra palma, darse una nalgada o besarse con entusiasmo. Y la gente, en la grada, que haga la ola con el puño alzado. Ea.

Dice este Simancas que va a meter a Madrid en la zona roja, o sea, que va a llevar a Madrid otra vez de corte a checa. Para eso está haciendo la campaña electoral con el remember del «No pasarán». Quiere llenar su urna de votos de milicianos, y en cuanto llegue a la presidencia de lo que Ruiz-Gallardón llama el Gobierno de Madrid, repondrá en la Puerta de Alcalá, miralá, miralá, miralá, aquellos tres grandes retratos de Marx, Lenin y Stalin, esos tres españoles universales. Hay que votar a Simancas porque es el único capaz de meter a Madrid en la zona roja y de introducirlo de verdad en el siglo XXI. Tenemos que hacer de Madrid la tumba del fascismo, que es una asignatura pendiente de Rafael Simancas. Ea.

No sé si este salvador del Madrid de zona nacional levanta para saludar el puño derecho o el izquierdo. La cosa tiene su importancia. En mis memorias de niño de la guerra en la felicísima zona roja veo a unos ideólogos saludando con el puño izquierdo frente a otros doctrinarios que saludaban con el puño derecho. No es que los del puño derecho fuesen de derechas, no. Me parece recordar que los de un puño eran comunistas o socialistas marxistas y otros eran anarquistas de la FAI, o sea, de la Federación Anarquista Ibérica, hoy Federación Asimétrica Introcatalana, y cuando coincidían los dos grupos en algún acto político, se increpaban y terminaban por bajar los puños y sacudirse el perrengue.

Si Rafael Simancas tuviese la mala fortuna de no salir elegido, cosa muy improbable, pero es que con las urnas nunca se sabe, y a veces salen de ellas sapos y culebras, Esperanza Aguirre debería concederle inmediatamente la Medalla de Oro de Madrid para que no sea menos que Joaquín Leguina, y ponerle su nombre a una biblioteca pública, enriquecida con las Obras Completas del candidato, o al Archivo de la Comunidad, que de esta manera se llamaría Archivo de Simancas II.

Ustedes pueden hacer lo que quieran, pero yo me acercaré a la urna comunitaria como en un rito sagrado y depositaré mi papeleta con el nombre de Simancas, guerrista y guerrero, que lleva siempre el puño en alto como si fuera en tranvía agarrado a la barra del techo. Y a ver si se reabre de una vez la checa de Fomento, la Puerta de Alcalá vuelve a ser lo que era y Federico Trillo nombra capitán general de Madrid al invicto general Miaja. Salud y República.

ABC. 22 de noviembre de 2002

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Amado tricornio

A mí, eso de que los guardias civiles pasen desde la «pareja caminera» a la «pareja de hecho» me pilla viejo, pero resignado. Hoy son esos civiles de Mallorca, pero yo he visto ya salir del armario perdiendo aceite a chorros a coroneles, a párrocos, a maestros y a ministros. Una «pareja de hecho» de la Guardia Civil, los números Dorado y Cruz, alcanzaron celebridad con motivo de la instrucción del «caso Lasa y Zabala». El benemérito Cruz, cuando se separó de su novio, se encontraba muy solo y tenía que dormir con un osito de peluche. Así que este nuevo episodio mallorquín de monfloritas civilones llueve sobre mojado y uno tiene ya una cierta preparación para ir recibiendo esta clase de noticias. Dentro de poco, eso estará en «Tómbola» y en el couché, como la boda de Sara Montiel o la investigación de las supuestas manuelas de esa chica de Gran Hermano al novio de la otra. Como decía César González-Ruano, aquí cada cual hace con la suya lo que le peta.

Confieso que estoy todavía en lo que decía don Ramón María del Valle-Inclán, y ya es tarde para que rectifique mi conducta sexual, de modo que moriré sin comprender el amor de los efebos ni la música de ese teutón que llaman Wagner. Recuerdo que una vez que cité aquí mismo esa frase de don Ramón María, escribió al Director una señora que me recriminaba lo de Wagner y no decía nada de los efebos. Pero recuerdo que en una ocasión en que Cela confesó que no le gustaba tomar por retambufa, se le encocoró Terenci Moix, divertido y admirable escritor también salido del armario, y le dejó como si hubiese logrado agarrarlo por su cuenta. Jerónimo Saavedra es una persona inteligente, fina, educada e ingeniosa, que fue ministro socialista y a pesar de ello, de trato exquisito, y que también le dio por salir del armario.

Por otra parte, parece ser que esas aficiones nada tienen que ver con el valor y aún con la fiereza de quien las disfruta. Ahí está el ejemplo clásico de Aquiles, el de los pies ligeros, y Patroclo, su amigo íntimo e inseparable. Cuando a Aquiles le mataron a Patroclo, no se puso a dormir con un osito de peluche, sino que buscó con denuedo y temeridad a Héctor y le hizo pagar la muerte de su novio. A veces, aunque sólo sea a veces, la bravura y la valentía no dependen del machismo, y hay casos en que los monfloritas dan de ello pruebas sublimes.

Y si los chicos se aman tiernamente, ¿por qué no han de vivir juntos? Sería una crueldad mantenerlos separados, el uno en un pueblo y el otro en el pueblo vecino. Yo no lo comprendo, pero tampoco comprendo lo que escribe Javier Tusell y vivo tan felizmente. Hombre, lo malo es que te sacudan por retaguardia sin quererlo, que es lo que hacen en algunas cárceles, según dicen. Es famosa aquella denuncia de un sodomizado por la fuerza y en descampado: «Y al grito de hala, venga, a endiñarle, arremetieron contra el que suscribe, y tras postergarle, huyeron por los montes». Por lo demás, a mí, como si se la hacen astillas.

ABC. 31 de noviembre de 2002

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19 junio, 2007

Condenar el alzamiento

FRANCISCO Frutos, uno de los vestigios del comunismo español, acaba de lanzar contra el Partido Popular una seria advertencia democrática. El camarada Frutos habla de «limpieza democrática» con la autoridad que le otorga su cargo de secretario del Partido Comunista de España. Contemplar cómo los heroicos supervivientes de la caída del «Muro de Berlín» administran credenciales de democracia es uno de los espectáculos más regocijantes de este tiempo mechado de despropósitos.

La advertencia de Francisco Frutos a los políticos populares ha sido terminante. Esto es lo que ha venido a decir el Churchill celtíbero: «El PP no será considerado un partido absolutamente democrático mientras no condene el levantamiento del 18 de julio de 1936». Por lo que se ve, Francisco Frutos desea explicarnos en los albores del siglo XXI que el alzamiento del 36 no fue precisamente un debate parlamentario sino el comienzo de una terrible guerra civil, y que siempre es más deseable lo primero que lo segundo. Pues, hala, vamos a condenar todos los levantamientos y todas las guerras, y muy especialmente las guerras civiles, más terribles y dolorosas que cualesquiera otras.

Pero a mí, esa condena me parece demasiado benévola y excesivamente corta en su intención. Antes de condenar el levantamiento de 1936, hay que condenar todo aquello que lo hizo posible e incluso necesario. Hay que condenar todos los episodios históricos que fueron a desembocar lógicamente en aquel alzamiento de supervivencia. Vamos a condenar todos los crímenes de aquella Segunda República española, los asesinatos en razón de las ideas políticas y de las creencias religiosas, las elecciones bajo el terror, las violaciones de todo derecho, la destrucción de templos, el detonante asesinato de Calvo-Sotelo, la revolución de Asturias, el incendio de conventos, la matanza a mansalva de gente de iglesia. Ahí están los datos de la masacre, en el libro estremecedor del obispo Antonio Montero, nunca desmentidos. Vamos a condenar todo lo terrible que sucedió antes del condenable levantamiento. Y como la cosa viene de lejos, vamos a condenar también las culpas arrastradas que trajeron a la Historia las dos Españas enfrentadas a sangre y fuego.

Y vamos a condenar la guerra, la crueldad del frente y los exterminios de la retaguardia, los «paseos», las checas, los tribunales populares, los fusilamientos en masa, las revanchas, los batallones fascistas y la Legión Cóndor, las banderas rojas, los tanques rusos y las Brigadas Internacionales. Es aventurado jugar con los futuribles, y por eso no hay que caer en la tentación de imaginar lo que hubiera sido España sin aquel levantamiento y sin aquellos precedentes, igualmente condenable todo. Pero desde luego aquello no habría desembocado en una democracia. ¿Pero de qué democracia puede hablar el secretario general del Partido Comunista de España?

Y sobre todo, condenemos también todos los rencores que llegan de aquel tiempo, como este de Francisco Frutos.

ABC. 28 de octubre de 2002

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La hidra etarra

ACABAR con la «Eta» es tan laborioso como uno de los Doce Trabajos de Hércules, el de matar a la Hidra de Lerna. La pelea de Hércules con la Hidra de Lerna la tienen ustedes en el Prado, pintada por Zurbarán. Aquella terrible serpiente de Lerna tenía siete cabezas. Cuando Hércules le cortaba una, en el mismo lugar le salían dos. Así no había manera de acabar con la Hidra, que cada vez tenía más cabezas. Hércules tuvo que pedir ayuda a su sobrino, y el sobrino iba quemando las cabezas a medida que el héroe las cortaba, y ya no volvían a salir.

Aquí, tenemos prohibido por los dioses legislativos quemar las cabezas de la Hidra etarra, y cuando le cortamos una le sale otra. No sólo eso. A veces, los jueces dejan en libertad la cabeza de la Hidra, que así se vuelve a colocar donde estaba. Ya que no se le puede quemar la cabeza a la serpiente, lo menos que puede hacerse es que cumplan sus condenas enteras y verdaderas, durante todos los años que les caigan o hasta que Dios los tenga en esta vida y nosotros los tengamos en la cárcel. Eso es lo que prometió José María Aznar en sus promesas electorales, y eso es lo que hasta ahora no se ha cumplido. ¿Por qué?

La justicia, aquí, en esta «Lerna» de la Hidra, está llena de jueces y juezas simpáticos y complacientes, que dejan libres las cabezas de la Hidra después de siete, ocho, diez o doce años, cuando han sido condenadas a doscientos o trescientos. Pues, toma Hidra. Ahora, han descabezado a la serpiente, tres meses después de cortarle la cabeza que tenía antes, pero vamos a ver lo que duran las dos cabezas encerradas en la celda correspondiente. Los etarras que mataron al guardia civil Antonio Molina habían sido detenidos y puestos en la calle. Y la Hidra se había regenerado.

Los legisladores y los jueces que permiten esa regeneración de cabezas devoradoras merecen que la Hidra les dé, al menos, masculillo. Me escribe un lector y me dice que el otro día agoté las palabras castellanas compuestas que de una manera o de otra significan tontaina o pardillo. No, no, ni mucho menos. Así, a bote pronto, recuerdo algunas de las muchas que me dejé sin citar y que pueden ser aplicadas a los legisladores y jueces que ponen en la calle a los etarras para que vuelvan a matar: pinchaúvas, cascaciruelas, pelagatos, comemierda, pisahuevos, pichafría, lameculos, destripaterrones, culipavos y pedimelindres. Seguramente son espíritus apocados y cobardicas, de esos a los que Camilo José Cela gustaba llamar cagapoquito.

De poco sirve que Hércules se pase la vida cortándole cabezas a la Hidra si después llegan los legisladores y se cogen la ley con papel de fumar, y más tarde entran en danza los jueces y al más compasivo estilo de Ruth Alonso ponen en la calle a los asesinos y, hala, que sigan matando a los ciudadanos de Lerna y países adyacentes. Ya que no se puede llamar al sobrino de Hércules para que queme las cabezas de la serpiente, al menos que las mantengan en la jaula «hasta que se pudran», que es lo que decía entonces José María Aznar. Pero ya avisó el Viejo Profesor que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas.

ABC. 12 de diciembre de 2002

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Los intelectuales

HAY que ver la cantidad de sujetos y sujetas, jóvenes y jóvenas, maromos y chais que van por el mundo con la pretensión de ser reconocidos como intelectuales y llamados así, con dos bemoles, intelectuales, o sea, gente que trabaja con el intelecto y que cultiva la ciencia, el pensamiento, la literatura y por ahí. Luego, resulta que no, que no trabajan con el entendimiento, sino que viven por sus manos, quizá artesanas, por su voz, quizá acordada, por sus pies, quizá bailables o repitiendo saberes aprendidos. Y en algunos casos no trabajan en nada. Son intelectuales en paro o aproximaciones de intelectual infatigables para el descanso.

Extraña ese empecinamiento de algunos seres humanos por llamarse «Intelectual», porque el intelectual de verdad suele llevar una vida de trabajo oscuro, casi solitario, de mucha responsabilidad y poco brillo, y además, su economía no le permite el desahogo, sólo le llega para un mediano pasar y para una instalación en la vida lindante apenas con el decoro. Se necesita mucha entereza y mucho desapego de los bienes materiales para seguir la vocación de intelectual. Y más cosas: una inteligencia superior, austeridad, desprecio del éxito y la dosis de soberbia imprescindible para desdeñar la felicidad de los vulgares.

Bueno, pues de pronto, en algunas situaciones singulares, el foro de la política, el corro del arte o el salón de la vida social se puebla de «intelectuales». Esos intelectuales firman manifiestos, salen en manadas, argumentan con pancartas, discurren a gritos. Hay gentes que son, por ejemplo, habituales del ejercicio del «abajofirmante». Uno lee un manifiesto firmado por unas docenas o unos cientos de abajofirmantes, y apenas sí encuentra entre las firmas dos o tres personas conocidas por su actividad intelectual o aproximada. Allí encuentra uno las firmas de Perico de los Palotes, Fulano de Tal, Mengana de Cual, la Maricuela que se tapaba y se dejaba el culo fuera, Antón Perulero, el Bobo de Coria, Ambrosio el de la carabina, Bartolo con su flauta, Benito el de la purga, Rita la cantaora, Mateo con su guitarra, María Sarmiento, Pedro por su casa, Abundio el del gerundio, el maestro Ciruela y siguen las firmas.

Los políticos tienen cierta alergia a estos «intelectuales» de manifiesto y manifestación sin darse cuenta de que el intelectual verdadero jamás actúa en manada y es un lobo solitario del pensamiento. Las peleas y los recelos entre políticos e intelectuales vienen de lejos, y a veces son tal para cual. Nuestra izquierda política es mucho más viva que la derecha en apropiarse de la opinión de estos intelectuales de manifiesto. Juan Aparicio, jonsista, decía que ellos eran «actuales» frente a los intelectuales. En el tardofranquismo aparecían muchos manifiestos de intelectuales, naturalmente de izquierdas. Y el ministro Solís preguntó una vez al filósofo Muñoz Alonso qué es un intelectual. «Ministro, un intelectual es el que no hace esa pregunta». Si alguien cree que digo todo esto al hilo del carnaval del «No a la guerra», acierta. También lo digo por eso.

ABC. 7 de febrero de 2003

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Loor a la momia

HAY dos momias, además de las propiamente dichas, o sea, Tutankamón y todas ésas. Una de ellas es famosa y universal: la momia de Lenin, que yo la vi para curarme de espantos, y que no sé a dónde se la habrán llevado ahora con el cierre del paraíso. A la estirpe de Adán le cerraron el paraíso terrenal, dos mil años después cerraron el paraíso soviético y sólo queda abierto el paraíso de las huríes del Profeta, que la gente se mata literalmente por entrar en él, están frescos. La otra momia es doméstica y contemporánea; está viva y se aloja todos los días en un nicho de «El País». Se llama, ya lo sabéis, Eduardo Haro Tecglen.

Haro Tecglen, la Momia, dedicaba ayer su artículo diario a denigrar la Constitución. Este año no se ha celebrado el aniversario y no han dado la copichuela constitucional. Han hecho bien, porque no era cosa de andar de celebraciones y copichuelas con la que está cayendo sobre Galicia. Mirando las imágenes de aquella Costa de la Muerte, prolongada hasta Portugal, no queda el ánimo para celebraciones. Lo mejor que podemos celebrar hoy son los vientos que se llevan las manchas negras hacia la mar alta.

Y además de que la Constitución se nos ha quedado sin celebración, llega la Momia y la denigra. Eso sí que no lo esperaba yo. Mi chacha Felisa diría que es para mear y no echar gota. Dice Haro Tecglen que la Constitución se cuajó de leyes fundamentales o principios del Movimiento, y de simples órdenes de jefes, toma nísperos. Dice también que algunos la llaman «Carta Magna», que es la que el Rey concede a sus súbditos y no la que elaboran los ciudadanos. Añade la Momia, con aguda visión histórica, que la Constitución fue un compromiso entre el franquismo y el antifranquismo, y resultó de derechas. Explica que los compromisos son de derechas y las conquistas del pueblo son de izquierdas. O sea, que desde la conquista del Palacio de Invierno a las deportaciones en Siberia y el cierre de las puertas de Rusia y países satélites, fueron cosa de la izquierda, claro. Vaya un Mediterráneo.

Con el salero que caracteriza su prosa y la gracia que Dios dio a su pluma, le abrevia el nombre a la Constitución y la llama la Consti. La Bombi, la Trini, la Consti. Pues escribe que la Consti nos colocó al Rey que juró los Principios del Movimiento, y que durante los primeros tiempos de su reinado anduvieron por allí Fraga, a quien le llama el Chapapote, Arias Navarro, a quien nombra como Carnicerito de Málaga, y Areilza del que no quiere ni recordar su discurso de alcalde de Bilbao. Esta Constitución iniciara un proceso de autonomías y de nacionalismos, pero luego encargó al Ejército que guardara la unidad de España. Su gozo en un pozo.

A la Momia se le nota la nostalgia. A lo mejor, lo único bueno que tienen las dictaduras es que quien las elogia («Se nos murió un capitán, pero Dios misericordioso...» ¿sigo, Haro?) lo hacen con hipocresía pancista, «para comer», dijo la Momia. En cambio quien denigra la Constitución que establece libertades la alaba por el sólo hecho de disfrutar de ellas.

ABC. 7 de diciembre de 2002

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La leyenda del beso

ANA Botella ha celebrado su entrada en la política, su bautismo de mitin, besándose con la oposición. Besándose honestamente, se entiende. Roce ligero de las mejillas y saludo terminado. Tampoco era necesario extremar la afectuosidad. «Que se besen, que se besen», gritaba el personal como los invitados a una boda. Y ante el requerimiento entusiasta de las bases, el señor Zapatero, el Zapa, o sea, y la señora Botella se besaron. Nace así una nueva leyenda del beso. A partir de ese momento, las relaciones entre Gobierno y oposición han experimentado alguna mejoría. Dicen que la actitud del Zapa en relación con el desastre de Galicia se ha humanizado, y el jefe de los socialistas le ha ofrecido a Aznar su colaboración en vez de su demagogia.

Hay que ver lo importante que puede ser un beso. Ya lo dijo el poeta, que los poetas son aquellos seres despistados que, sin embargo, todo lo ven antes que los demás. A ver si me acuerdo. «Por una mirada, un mundo, por una sonrisa un cielo; por un beso, qué sé yo qué te diera por un beso». Claro está que el poeta se referiría ahí, digo yo, a un beso de amor, y los besos en la política no suelen ser de amor. Amor y política no suelen ir unidos. Los besos en política son de traición, como el beso de Judas, «aquel a quien yo bese es el señalado: prendedle», y en algunos casos extremos son besos terribles como los besos de los mafiosos, «aquel a quien yo bese es el que debe morir».

De todas formas, hoy el beso ha perdido su vieja significación, tanto de amor como de traición o de muerte, y se ha convertido en el saludo normal y general entre las gentes. Hoy los caballeros besan a la señora, no en la mano, sino en ambas mejillas, y también se besan entre ellos, incluso en Celtiberia, costumbre que antes estaba reservada al saludo entre italianos y que provocaba la guasa de los batuecos y carpetovetónicos. Los que más se besan ahora son los futbolistas, que llegan al besuqueo descarado cada vez que uno de ellos mete un gol, y también entre guardias civiles, que ya hay parejas que se besan en la boca y aspiran a cama y alcoba proporcionadas por el Cuerpo.

Eso de que la española cuando besa es que besa de verdad es algo que pertenece a las tinieblas del pasado, una lacra de la España profunda. Las españolas casi siempre besan de mentira, y cambian besos con los españoles o con los extranjeros con la misma indiferencia con que se besan entre ellas, rozándose los pómulos con cuidado de no desmaquillarse. Si uno intenta besar a una señora en la mano, lo más corriente es que la señora te mire como si fueras un aprovechado rijoso, un degenerado o como si estuvieras de cachondeo versallesco.

Lo que todavía no se ha impuesto en el saludo social entre dama y caballero, ni entre Gobierno y oposición, es la nalgada inmediatamente posterior al beso, como se estila entre los deportistas. Beso y nalgada. A mí, como soy de la generación antigua, niño de la guerra y todo eso, lo del beso y la nalgada entre maromos me parece una insinuación de monfloritas. En cambio entre chorbo y chorba es una consideración «de género», galante y lujurioso maltrato.

ABC. 6 de diciembre de 2002

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La hermosa gente

GALICIA es tierra de buena gente. Los gallegos son laboriosos y pacientes, hechos a la adversidad y al abandono. Son guardosos, quizá porque saben que siempre puede venir un tiempo peor, pero hospitalarios y liberales. Cuando les llega el infortunio, se quejan dulcemente, con tristeza sin ira, como si estuviesen recitando versos de la tierna y quejosa Rosalía.

La hermosa gente de Galicia sufre hoy una desgracia enorme y terrible como una maldición bíblica. Miles y miles de familias miran cómo esa mancha múltiple, negra y viscosa del fuel invade sus costas, asola sus playas, arruina los caladeros, asesina el marisco, empobrece sus rías, acaba con su repartida y trabajosa riqueza y ciega, quizá para años, su medio de vida. Desde Finisterre a Portugal, todo el litoral de Galicia es ya la Costa de la Muerte.

Son pocos los que gritan e increpan. La desesperación y la ruina son grandes, pero la cólera es poca. La hermosa gente de Galicia, la extensa mayoría de los gallegos golpeados por el desastre de la mar convertida en lava negra y amenazante se aplican a tratar de aliviar las consecuencias catastróficas con más terquedad que medios, con empecinamiento emocionante. Hace llorar a las piedras el espectáculo de esos marineros, hombres duros de la mar, mariscadores o percebeiros de espaldas azotadas por el látigo del oleaje sacar de las aguas ennegrecidas la masa pestífera, pegajosa y letal del petróleo que llega empujado implacablemente por un viento contrario, que sopla del mar a tierra, maldito soplo. La sacan con redes, con palas, con sus propias manos, como si le arrancaran pedazos a la Muerte, en una lucha desigual y en un esfuerzo que solamente porque es infatigable y multiplicado puede alentar la esperanza de ganar la batalla.

De vez en cuando, alguno alza la voz para señalar culpas y para exigir los medios de que no disponen, pero los demás escuchan esos desahogos en silencio y siguen trabajando. Llegan los barquitos a puerto cargados de negrura, vacían la mortífera carga y vuelven a la mar para volver a cargar. Digo que hace llorar a las piedras mirar ese empeño porque parecen niños que quisieran acabar con el mar sacándolo a puñados.

No sé si los gobernantes, los políticos, los españoles todos, desde Finisterre a Gata y desde Creus a San Vicente, han hecho -hemos hecho- todo lo que podíamos y debíamos hacer para mitigar la amenaza de ruina y hambre que se cierne sobre aquella hermosa gente de Galicia. Yo tampoco quiero aquí alzarme a señalar culpables apresuradamente y volver mi tristeza en improperios.


Quiero, sí, pedir a todos ayuda y solidaridad con Galicia, esa Galicia tantas veces olvidada y desasistida de los gobiernos y de las demás regiones o comunidades de España, precisamente porque sus habitantes no se encrespan, no se encolerizan, no hieren o matan para pedir más de lo que sea, y apenas se quejan. Esas gentes que son laboriosas y pacientes, guardosas y hospitalarias; gentes que cuando se lamentan del infortunio lo hacen como si recitaran dulcemente los versos de la tierna Rosalía.

ABC. 5 de diciembre de 2002

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17 junio, 2007

Las promesas electorales

Como a nuestros políticos les dé por cumplir con puntualidad y escrúpulo todas sus promesas electorales, estamos frescos y saca la bota María. Los socialistas le han pedido a Ibarreche, con buenas maneras, por supuesto, que reconsidere el Plan que lleva su nombre y que lo adapte al estilo catalán, o sea, a la cuchipanda de Maragall con el tripartito. Ibarreche ha respondido muy educadamente que no le sale, y que va a mantener el Plan Ibarreche, que es una promesa electoral, igual que Zapatero ha mantenido la retirada de las tropas de Iraq. Se trata del mismo «talante» aunque con acciones contrarias. Zapatero retira las tropas mientras Ibarreche mantiene las posiciones del Plan. Lo importante para él es que las promesas electorales se cumplan.

La promesa electoral de abandonar los compromisos con Estados Unidos para echarnos en brazos de Francia y Alemania ya ha empezado a dar sus frutos. La Constitución europea nos rebajará los votos y disminuirá el peso de España en las decisiones de la Unión. Enflaqueceremos unos quilos, pero con las promesas electorales cumplidas. Y a la ministra de cuota Elena Espinosa, que lo es de Agricultura y Pesca, le han dado ya la primera enhorabuena: han dejado nuestro algodón a la luna de Valencia y el aceite de nuestros olivares, el oro de España, lo ponen con el culo en las goteras. O sea, que a más producción, los mismos euros. Como esto termine en que yo pierda mi asignación terapéutica de aceite de oliva extravirgen de Osuna, esta ministra de cuota me oye.

Total, que en vez de producir aceite lo que tenemos que hacer es matar los olivos como si fueran el árbol de Guernica. Yo creo que quien se ha cargado el árbol de Guernica ha sido Arzallus a fuerza de agitarlo fuertemente por ver si de sus ramas caían nueces. Y es que no se pueden pedir peras al olmo ni nueces al roble. Ni prudencia a Arzallus, aunque el exilio lo tiene callado durante una temporadita.

Volviendo a las promesas electorales, mi viejo y querido profesor don Enrique Tierno Galván tenía toda la razón y ofreció un buen consejo cuando dijo que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas. Hay muchas promesas electorales que lo mejor que se puede hacer con ellas es no cumplirlas. Claro está que mi viejo y querido don Enrique era un sabio de la escuela cínica y el único socialista que había leído con idéntica atención lo mismo a Marx que a Maquiavelo. En cuanto «estos chicos», como él los llamaba, sigan cumpliendo sus promesas electorales, deroguen la Ley de Calidad de la Enseñanza y den en las aulas el aprobado general, empiecen a despilfarrar los ahorros, a convertir los Estatutos de Autonomía en constituciones soberanas, a tirar la casa por la ventana y a España por el balcón, y a usar el rodillo parlamentario mientras exaltan el diálogo y el consenso, ya estaremos instalados en el ideal «gobierno de progreso».

Porque estos socialistas nuestros, mucho hablar de diálogo, pero en cuanto se han enterado de que Aznar ha dialogado con Bush, mandan por delante a Pepiño Blanco para que le llame «chivato» y «desleal». Y Pepiño va y se lo llama. Eso es un hombre.

ABC. 23 de Abril de 2.004

El malhechor

El problema más grave de Cataluña en estos momentos preelectorales se llama Carod-Rovira. El grave problema Carod-Rovira lo tiene Pasqual Maragall. El muy grave problema llamado Pasqual Maragall lo tiene Rodríguez Zapatero. Y el gravísimo problema llamado Rodríguez Zapatero lo tiene el Partido Socialista Obrero Español. Tan grave es el problema del PSOE en estas vísperas de urnas, que está a punto de romperse como Partido, de aparecer como Socialista pero menos, de olvidar lo que le queda de Obrero y de que lo Español se le haga añicos en una situación de cisma.

Naturalmente, he oído la vagarosa, ambigua, etérea y estratosférica declaración de Pasqual Maragall a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde, hora taurina de cornada y de muerte como la que a él le han dado. En este momento no sé si, en el pensamiento de Maragall, Carod-Rovira ha cometido realmente una fechoría grave al irse a pactar con los etarras, o si la culpa de todo este zipizape lo tiene la derecha, que tan hábilmente se aprovecha de todo lo relacionado con el terrorismo; o si Carod-Rovira es un ser angélico y de buena fe, torcidamente interpretado; o si el malhadado y contrahecho tripartito catalán debe pagar un precio por el error, o finalmente, si el inefable Pasqual Maragall (inefable = que no se puede explicar con palabras) intenta habitar a un tiempo mismo en la gloria de la presidencia, en el infierno de los grandes pecados y en el limbo de los inocentes gilipollas.

En Cataluña, después de las elecciones autonómicas, nació una criatura política monstruosa, coja, manca, tuerta y con joroba, y el pequeño monstruo, apenas nacido, ha hecho su primera deposición. Quiero decir que Carod-Rovira ha sido depuesto, pero sigue siendo conseller, que el pacto monstruoso sigue andando, cojo y todo, manco y todo, tuerto y todo, jorobado y todo, y que no sabemos si Zapatero ha considerado y asumido la enérgica advertencia de Felipe González y de muchos socialistas de primera magnitud, que ignoramos si Maragall ha tomado en serio los avisos de Zapatero, y si Rovira, conseller en cap o conseller capado, se mantiene dispuesto a tensar la cuerda hasta que se rompa y aparecer el 14 de marzo en las listas de Esquerra Republicana como héroe, mártir de una «derecha anticatalanista», toma nísperos.

La negociación de Carod-Rovira con los etarras (Mikel Antza y su cuadrilla) es un malhecho. Dice el Diccionario de la lengua castellana que «malhecho», en su segunda acepción, es una acción torpe o perversa, y perverso es pactar la inmunidad de Cataluña ante el terror a cambio del apoyo político al terrorismo, es decir, de la ayuda para que la banda etarra siga matando en el resto de España. Lo malo es que haya alguien que crea que eso beneficia, engrandece y enaltece a Cataluña, cuando la verdad es que la daña, la reduce y la envilece.

Lo de Carod-Rovira llueve sobre mojado porque ya intentó lo mismo hace años y es un reincidente en la fechoría. Y el reincidente en el delito y en el malhecho se llama malhechor. Y si los socialistas quieren sobrevivir como partido de alternativa en el gobierno, deben abstenerse de pactar con malhechores tan repugnantes.

ABC. 28 de enero de 2.004

La matanza frustrada

Los etarras, aun descabezados como están, nos preparaban unas Navidades de sangre y muerte. La explosión de sus dos artefactos de veinticinco kilos de explosivo cada uno habría producido una masacre dantesca, un espectáculo infernal en la Estación de Chamartín, precisamente en la tarde del día de Nochebuena. Es difícil imaginar la bárbara escena de tantos muertos descuartizados, cientos de heridos, toda la hermosa gente que iba o que venía en la Navidad. Esa es la escena que tenían fríamente pensada, preparada y casi ejecutada por esos etarras que no cesan de inventar, fabricar y sembrar a voleo las semillas macabras del terror. Comprendo que hay que tener unas convicciones muy fuertes y una serenidad heroica y santa para no desear y pedir inmediatamente la pena de muerte para esos dos engendros infrahumanos, hijos de parcas y de furias, seres de instinto más feroz que el de las alimañas. Hay que tener mucha fe en la propia dignidad y en la dignidad del Estado para no exigir para esos dos etarras, Arruarte y Loran, la ley de Lynch o el juicio del Juez de la Horca.

Esta terrible matanza frustrada ha dejado en claro y probadas, tres circunstancias. Primera, que la banda terrorista sigue dispuesta a matar a mansalva, sin atemperar ni moderar ni humanizar sus acciones criminales. Al revés, en esta ocasión intentaban realizar una matanza y una confusión sin precedentes, agravadas por el enjambre apretado de viajeros en aquel lugar y por las fechas elegidas para producir la mortandad. Los monstruos desalmados querían ensangrentar las fechas más entrañables del año. Malditos sean, ellos y sus cómplices, encubridores y beneficiarios, tan criminales como los etarras, y además cobardes.

La segunda circunstancia que desvela el atentado frustrado de Nochebuena es que una vez más, la banda falla. El trabajo conjunto de las Policías francesa y española hace cada vez más difícil el resultado de la acción y más previsibles los planes y los propósitos. A pesar de que se trataba de dos terroristas no fichados, de esos que llaman por paradoja comandos legales, fueron descubiertos antes de llevar a cabo la masacre. La debilidad de la banda etarra es un hecho demostrado, y no cabe duda de que nos hallamos en el período más positivo y eficaz de la larga lucha contra este terrible cáncer de la paz y la felicidad de los españoles.

Y tercero, ya es hora de que el nacionalismo vasco deje de considerar al terrorismo etarra como un aliado para conseguir sus objetivos. Pidan los arzallus, los ibarreches, los atuchas, los eguibar, los imaz y los anasagastis cuanto deseen: la autodeterminación, el referéndum, el Estado libre asociado, el nuevo Estatuto, la reforma de la Constitución, la segregación de España, la separación total de la patria común, la felicidad y el Cielo para ellos solos, lo que quieran, pero que lo pidan con la palabra y el argumento, sin alianzas con los violentos, ni condescendencias ni justificaciones ni incitaciones tácitas. Sin pensar que con la matanza de Chamartín habrían dado un paso adelante. Y si con la palabra y el argumento no consiguen sus propósitos, democráticamente palillo y flor de malva.

Libertad Digital. 27 diciembre de 2.003

16 junio, 2007

Mi torpeza lingüística

NO esperaba yo, seguramente bañado en vanidad, que algún lector mío se entristeciera al comprobar mi «torpeza lingüística». Bueno, pues un lector que firma J. A. Becerril escribe una carta al periódico declarando que le ha entristecido mi supuesta torpeza. Dice que en mi artículo «Gay, guei, gái», que le desagradó por varias razones, afirmo que la palabra «gay» es de origen inglés, y me explica que no, que es de origen latino, y nacida de «gaudium».

Yerra el comunicante. Ni en ese artículo ni en ningún otro he afirmado que la palabra «gay» sea de origen inglés. Dije que es palabra inglesa, y no sería el primer vocablo inglés que tuviera su origen en la lengua latina. El mismo origen tienen el «gai» francés, el «gaio» italiano y el «gayo» español, todos ellos con el significado de «alegre, brillante, festivo», etcétera. Origen latino, dice este Becerril, mi espontáneo profesor de Lengua. Sí, pero precisemos. Lo más probables es que «gai» nazca en el occitano, y de allí haya pasado a otras lenguas. Algunos filólogos alemanes quieren atribuirle origen germano, pero es hipótesis que no ha prevalecido.

Al pasar a la lengua inglesa lo hizo con el mismo significado de «alegre, divertido o gozoso», aunque luego se enriqueciera con una segunda acepción, la de «hombre homosexual». Y de ahí la ha tomado el castellano y la ha incorporado a nuestro idioma con el valor único de «homosexual», es decir, de la segunda acepción inglesa. Así aparece en la última edición del Diccionario de la Real Academia Española, del año 2001: «1. Perteneciente o relativo a la homosexualidad. 2. Hombre homosexual», y le deja a «gayo» los significados primigenios de alegre, divertido, gozoso, etcétera. Una observación más. En la lengua de Oc, existe también «jai» como hermano de «gai», y es curioso que el cheli haya tomado la palabra para designar a la tía, a la mujer, a la gachí. Misteriosos recovecos del lenguaje.

Pero en catalán y en español se escribía ya «gay» en la expresión «Gay Saber» para denominar la poética de los trovadores provenzales, que luego tomó en España la forma de «Juegos Florales». Este gay del «Gay Saber» (también se decía «Gaya Ciencia») tendría yo que conocerlo, si no por otra cosa, porque, modestamente, soy «Maestre en Gay Saber» por haber ganado más de tres Flores Naturales en esos certámenes. Es esta la primera y última vez que me adorno con ese título, ya en desuso y en el desván de los trovadores cuando yo concurría a esas competiciones y festejos poéticos. Martín de Riquer explica algo de todo esto en un libro titulado «La lírica de los trovadores». Si quiere, se lo presto. O mejor, no, pues no conviene ilustrar al objetante.

Claro está que a mí se me pueden dar lecciones de muchas cosas porque es mucho lo que ignoro, aunque algo llevo leído y estudiado en mi no corta vida. Atiendo esas lecciones con aplicación y las acepto con humildad, y así he recibido la que me propina J. A. Becerril, a quien le agradezco que pegue, pero escuche. Solamente le pido que cuando me distinga con alguna otra lección de lingüística se eleve un poco, aunque sólo sea un palmo, sobre el nivel de los rudimentos.

ABC. 13 octubre de 2004

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GAY, GUEI, GÁI

AHORA, al homosexual con arracadas se le llama mucho «gay». Los que salen del armario lo hacen con la etiqueta en inglés, y enseguida celebran el «Día del Orgullo Gay». Algunos piensan que el uso del «gay» concede al sujeto que califica una credencial de normalidad y un aura de respeto, y en cambio lo libera de cualquier intención o discriminación denigratoria. La Real Academia Española, tan atenta a los fenómenos del lenguaje actual, anda preocupada por la prosodia correcta de la palabra inglesa «gay», y ya ha dictaminado que en castellano se debe pronunciar «gái», con su acentito y todo, y no «guei», que sería la pronunciación inglesa. O sea, que hay que castellanizar a los que pierden aceite. Debe de ser cosa de la incorporación de los últimos ingenios a la docta Casa.

Recuerdo que a Camilo José Cela le irritaba esa moda de llamar gay al mariquita y que los castellanoparlantes anduvieran a todas horas con el gay por aquí y el gay por allá. Y hasta me parece que alguna vez reivindicó la palabra castellana de uso más extendido y castizo. Es curioso que los que desprecian el significado etimológico y tradicional de la palabra «matrimonio» y defienden su uso para designar las uniones entre personas del mismo sexo son los mismos que le hacen dengues y melindres al uso de la castellanísima y expresiva palabra «maricón». Tal vez aleguen que alguna vez alguien la ha usado como insulto, que es lo que pasa con llamar negros a los negros, ciegos a los ciegos y rojos a los rojos, y ahora hay que decir gay en vez de maricón, persona de color en vez de negro, invidente en vez de ciego y llamar socialdemócratas a los rojos. Manda huevos.

El idioma castellano es, no ya rico, sino opulento, en ofrecer alternativas a ese «maricón» que a algunos puede sonar hiriente. Basta con consultar algún Diccionario de sinónimos para encontrar expresivos vocablos, verdaderas joyas del idioma, que designan al maricón en vez de recurrir al gay. Voy a recordar algunas de las más directas, empezando por sodomita y sus semejantes: bardaja, marión o mariol, marica, mariquita, bujarrón, puto, garzón (nada que ver con el popular magistrado), invertido, y el terrible nefandario (toma nísperos, y que la RAE se aplique a revisar el Diccionario para no enredar con lo del pecado nefando en el actual pleito Iglesia-Estado).

Más bonitos y compasivos son los sinónimos de la familia de «afeminado», que es un mariquitón de posturas y de mírame y no me toques, como por ejemplo, mujeril, cacorro, muñeco, acaponado, pisaverde, ninfo, lindo don Diego, barbilindo, barbilucio, cocinilla, amujerado, ahembrado, adamado, enerve y fileno.

Curiosa es la lista idiomático-greográfica que incluye Federico García Lorca, quien por cierto trae fama de mariconcete, en su extraordinaria «Oda a Walt Witman»: «Faeries de Norteamérica, pájaros de La Habana, jotos de Méjico, sarasas de Cádiz, apios de Sevilla, cancos de Madrid, floras de Alicante y adelaidas de Portugal». Y no puedo olvidar el bellísimo «monflorita» de mi tierra murciana, que a veces se dice «manflorita» porque quizá venga de hermafrodita, o el «manflorón» de algunos países de América. Elijan ustedes, señores maricones.


ABC. 11 de octubre de 2004

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15 junio, 2007

El país en la calle

EL Gobierno de Zapatero lo ha conseguido. Tiene algentío en la calle, y mayormente al gentío de la derecha. Lo tradicional, lo acostumbrado, lo de siempre es que sea la izquierda la que salga a la calle con gritos, con pancartas, con insultos también y con los Bardem. En cuanto la izquierda quiere ganar en la calle lo que no ha ganado en las urnas, se juntan todos los Bardem y salen a la calle ejerciendo con entusiasmo admirable e lderecho de manifestación. La derecha, en cambio, no sé si más comedida o más perezosa, difícilmente se echa a la calle para protestar. En todo caso, se manifiesta para celebrar, que es más bonito y de mejores maneras.

Pero este Zapatero hace unas cosas tan desmesuradas, tan insensatas y tan sin gracia que logra el milagro de que hablen los mudos, se encalabrinen los mansos y salga a la calle el gentío de derechas. Se ha empeñado en negociar con los etarras, y cada vez que los invita a una conversación, los etarras sacuden un bombazo. Y él, erre que erre, los invita otra vez, porque otra cosa no será, pero empecinado sí que lo es, este Zapatero de las ocho ministras.

Los terroristas ya llevan este año dieciséis bombazos, y continúan las invitaciones. Tanta cortesía con los terroristas terminó por soliviantar a las Víctimas, que organizaron una manifestación gigantesca de casi un millón de personas, a pesar de que faltaron los Bardem. Si llegan a ir los Bardem, la manifestación se sale de Madrid.

Otra terquedad de Zapatero ha provocado esa manifestación de Salamanca que hacía rebosar de gentío la inigualable Plaza Mayor. (Hombre, si se trata de repartir Salamanca entre las demás Comunidades, a Murcia que le den esa Plaza). Yo creo que el único salmantino que no estaba allí es Jesús Caldera, que quizá estuviese entretenido velando su propio cadáver, ese que puso tendido junto al Tormes para detener a los que quieren trocear el Archivo de la Guerra Civil y darle un pedazo al Carod-Rovira o como se llame ese catalán de pacotilla. Lo ratifica constantemente la ministra fraila. Yo lo he puesto en versos de cabo roto. «Dará doña Carmen Cál- la ministra de Incultú-, el Archivo a Catalú-, quiera o no quiera el alcál-. Lo dará, además, de bál-, pues así Carod-Roví- podrá tener un Archí- con recuerdos de la gué- que hubo en un país pequé- cuajado de españolí-».

Y todavía queda por salir la manifestación del «matrimonio gay», que eso es algo así como llamar arroyo a la cordillera, bosque al desierto o alcornoques a los rosales. Esa será una bendición que además de contar con la protesta de las familias productivas, estará bendecida por la Iglesia, y con la Iglesia hemos dado, Sancho. Llamarle matrimonio a la unión legal de las sáficas o los monfloritas, legalización conveniente y hasta en algunos casos necesaria, es como llamarle Penélope Cruz a Rodríguez Ibarra o Mike Tysson a María Teresa Fernández de la Vega. O sea, un contradiós.

Ahí, para ser un matrimonio como mandan Dios y la Naturaleza, o falta una matriz o sobran espermatozoides, dos materias precisas para perpetuar el gentío.

ABC. 10 de junio de 2005

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04 junio, 2006

Confesión general

AVE María Purísima. Acúsome, padre, de llevar más de medio siglo, exactamente cincuenta y tres años, escribiendo letras para los periódicos. "Mal empezamos. ¿Cuántas veces, hijo mío?" Casi todos los días una vez, padre, y algunos días dos o tres veces. He pecado en todas las formas posibles, en todas las variantes de un kamasutra periodístico vicioso y cotidiano, y además he pecado ede pensamiento, de palabra y de obra. Habré escrito doce o catorce mil "servicios", como dicen los americanos, donde entran artículos, crónicas, comentarios, columnas, editoriales, recensiones, críticas, entrevistas, reportajes, notas, pies de fotografías, romances. He visitado templos y burdeles del periodismo escrito, radiofónico y televisivo. He recorrido diarios, revistas, radios y televisiones, donde a veces me han llevado como puta por barbecho, extrayéndome palabras, ideas, ocurrencias y opiniones hasta dejarme exprimido y mal pagado. Me he metido en parlamentos, senados, ágoras, odeones, teatros, asambleas, mítines, cines, exposiciones de arte, circos, estadios y plazas de toros para contar después lo que he visto en todos esos lugares.

He sido grumete, meritorio, maldito, redactor, cronista, corresponsal en el extranjero, director de periódicos, de revistas y de agencias informativas. He fundado periódicos universitairos y juveniles, un semanario deportivo, una revista de poesía y otra de información general, que todavía aletea. He pecado mucho, padre, y lo peor de todo es que aún tengo un invencible y desordenado apetito de seguir pecando, y que no me arrepiendo de nada -digamos de casi nada- de cuanto he dicho o escrito. Si acaso, me arrepiento de no haber cometido más pecados de lo mismo.


Escribir en Madrid será llorar, que decía Larra. Pero escribir en los periódicos es ser Sísifo. Todos los días levanta uno la piedra, esa piedra que uno cree que es luz, carga con ella y la sube hasta una columna del periódico. Por la noche, la piedra de luz ya es lástima vana, ha perdido la pompa y la alegría que tuvo, si es que las tuvo, y cae de nuevo al fondo del barranco del itempo. Hay que coger otra vez la piedra y subirla hasta la columand el periódico. El columnista vive como un eccehomo sucesivo, atado siempre a la columna. A Paco Umbral le he llamado alguna vez "sísifo cotidiano". A mí me gusta ser sísifo, y por eso lo hago. Hay que resignarse a que el periódico es como el río, que continuamente pasa y se va, y se lleva el agua donde uno escribe. Esa es su grandeza. Heráclito habría dicho, ante el suceso de la existencia de un periódico, aquello que dijo ante la vida misma: panta rei, todo fluye, todo pasa. Lo que sucede es que alguna vez dan ganas de ciscarse en el Tevere, por mucho que lo fugitivo permanezca, que es lo que vio Quevedo en Roma. "Huyó lo que era firme, y solamentelo fugitivo permanece y dura".

Qué bonito. Pero uno, eso, todas las mañanas, a traer el agua nueva. Y además, este menda de sísifo no descansa ni los domingos. Cuando yo podía descansar los domingos porque al día siguien no había periódico, me iba a escribir a La Hoja del Lunes o al Marca, que salía los lunes con la crónica de los partidos del domingo. O sea, que Sísifo puede tocarme las narices. El periodismo, ya lo he dicho, es el río de Heráclito. Panta rei. Pero también vale decir que es una inmensa hoguera, un enorme incendio de palabras. Uno destila palabras urgentes y a veces dolorosas, y las va tirando al agua. O las va echando a la hoguera. De vez en cuando, algunas de esas palabras merecen ser salvadas de la corriente o del fuego. O eso piensa uno. Todo el que escribe es un petulante, y yo no voy a ser la excepción. Si no fuera porque adquiere uno, escribienod, un poco de petulancia, iba a escribir de don Alonso de Madrigal, a quien llamaro El Tostado.

Pienso que esto que aquí os dejo -Doy mi palabra- puede merecer de alguna manera salvarse de la quema y sorbevivir a la herida del tiempo. Ya he confesado que he escrito de muchos argumentos, y también de política. Después de más de medio siglo de ejercicio profesional he aprendido que es absolutamente cierto que el periodista está obligado a ser un sujeto que escirbe todo sin entender demasiado de nada. Los periodistas escribimos de todo aquello que no entendemos. Cuando un periodista escribe de lo que entiende se convierte en un especialista y deja de ser un divulgador, es decir, un periodista propiamente dicho. Se convierte en un profesor que escribe en los periódicos.

Debo confesar ahora que al releer mis palabras para escoger las que aquí pongo no he encontrado nada -digamos casi nada- de lo que arrepentirme. Claro está que lo que escribí a los veinte años no es lo que escribo a los setenta. Un hombre, claro, no es un mineral o un metal inalterable. Yo soy ahora un vestigio o un residuo de todo lo que he pensado, lo que he vivido, lo que he amado, los libros que he leído, las gentes que he tratado, los paisajes que he gozado, los dolores que he sufrido, el agua sosegada o tumultuosa que he visto pasar bajo los puentes, bajo tantos puentes. Un hombre es producto de la acumulación de estratos vitales y de la sucesión de las erosiones. (...)

No sabría decir si dar este libro a la publicación es un acto de humildad o de soberbia, y yo me entiendo. Lo que sí puedo decir es que nada encuentro en todo lo que he escrito durante mi vida de lo que tenga que avergonzarme. Jamás he escrito una letra bajo soborno, por miedo o por adulación. Mis palabras serán yerros o miserias, pero todas son mías, muy mías y nadie me las dictó nunca, y si algunos intentaron dictármelas, yo no las copié. He escrito siempre lo que pensaba desde la sinceridad y sin cobrar ni pedir ni esperar otras monedas que las escassas del pago de la colaboración. Por eso, lo único que tengo es lo que os he dado. De esto también os doy mi palabra.

Publicado en ABC.

El Estado Español

PARECE claro que Rodríguez Zapatero ha puesto en su Gobierno a José Bono para que de vez en cuando pronuncie la palabra «patria». Por ejemplo, Franco tenía siempre en sus gobiernos a un ministro falangista que hablaba de «la revolución pendiente». Felipe González tenía a Alfonso Guerra para que le organizara el «OTAN, de entrada NO» y a Matilde Fernández para convencer a los españolitos y españolitas a poner y ponerse el preservativo. A Rosa Conde la tenía para el negociado de los verbos irregulares. Y José María Aznar tenía a Rodrigo Rato para que se forraran Polanco y Villalonga, y para que Miguel Blesa cazara el oso del escudo de Madrid, incluso el que se comió a don Favila.

«Anda, Pepe -le dirá Zapatero a Bono- di dos veces «patria» que se me está encampanando el tripartito». Entonces, llega Bono y dice dos veces «patria», y a los compañeros de viaje de Zapatero les da la alferecía y se ponen a temblar como si tuvieran la perlesía y a bailar con el baile de San Vito. Durán i Lleida, que es muy fino aunque un tanto cursi, no dice patria, ni España ni nada de eso, sino «los pueblos del Estado español». Los soldados que vuelven de Iraq no vuelven a España, que vuelven al Estado español, y quizá por eso no vienen desfilando victoriosos sino llorando por los telediarios. Ha hecho muy bien Zapatero en traérselos, que a lo mejor moría alguno y es muy triste y ridículo morir por el Estado español.

Me acuerdo ahora de una anécdota de Agustín de Foxá políticamente incorrecta, de una incorrección política absoluta y vergonzosa. Pronunciaba Foxá un discurso en un teatro de Chile durante los años del franquismo. «El español es el último hombre sobre la tierra capaz de morir por el honor», enfatizaba el orador. «Aquí, en Chile, morimos por la democracia», le interrumpió un espectador. Apostilló Foxá: «Eso es lo mismo que morir por el sistema métrico decimal». Bueno, pues morir, no por España, sino por el Estado español, debe dar la impresión de que muere uno por el trópico de Capricornio o por el Océano Glacial Ártico. Yo tengo la vieja idea de que por la patria se muere, y por el Estado se cotiza.

Después de largos diálogos con las fuerzas políticas que apoyan al Ejecutivo y con la oposición, o tras el correspondiente debate en el consejo de ministros y de ministras (lo del consejo de ministros sólo es un vestigio del machismo ibérico), Zapatero ha decidido destituir al embajador en Rabat, Rafael Arias-Salgado, para que no esté allí cuando él llegue, y por otro lado nombrar embajador en Roma a Jorge Dezcállar, a quien tendrá que agradecerle sus servicios en la jefatura del Centro Nacional de Inteligencia.

Por cierto, y ahora que hablamos de eso, ¿por qué Zapatero no nombra a Pérez Rubalcaba Centro Nacional de Inteligencia? No digo jefe del Centro Nacional de Inteligencia, sino Centro Nacional de Inteligencia propiamente dicho. Es más: Centro Nacional de Inteligencia de los Pueblos del Estado Español. De esta manera, Zapatero tendría a Bono para decir «patria», a Carod-Rovira para cargársela, y a Pérez Rubalcaba para justificarlo.


ABC. 22 de abril de 2004

España o el batiburrillo

ADMIRADO me tiene el señor Rodríguez Zapatero desde su intervención en el Senado en respuesta a una pregunta del senador Pío García Escudero. Bueno, rectifico: me tiene admiradísimo, porque admirado me tiene casi continuamente, que menos mal que la admiración no me hace abrir la boca un palmo porque entonces iría por estos páramos como un tragabolas.
Pues ahora resulta que este Zapatero que nos desgobierna no tiene claro el concepto de nación y de nacionalidad. Para él, ese es un concepto tan «discutido como discutible», y no lo tiene claro en su caletre, ni conoce su naturaleza, ni sus límites, ni su definición, ni su significado. Y trae la confusión del concepto hasta el objeto de su gobernación, de modo que la Nación española termina por ser tan discutida y discutible como el concepto histórico, social y jurídico de la nación y la nacionalidad al través de los siglos en la definición de los eruditos. Tóquese usted el níspero, don Agapito.


El presidente del Gobierno de España no se ha enterado de lo que gobierna/desgobierna y lo mismo puede creer que está gobernando un conjunto de habitantes unidos por historia común o tradiciones comunes y el territorio donde viven organizados políticamente bajo una Constitución, que gobernar una tribu, una manada, una pandilla o un colectivo, como dice el rojerío, instalado en una finca, un campo, una isla, un valle o «en las cuevas que hay en Graná». Tóquese usted de nuevo el níspero, don Agapito, y alíviese el pasmo con la lujuria, que aquí hay para rato.

Porque si el señor Zapatero no sabe si gobierna una nación, según el concepto que tenga un estudioso u otro, o gobierna una nacionalidad, o gobierna Jauja, la ínsula Barataria, el castillo de Irás y No Volverás o el País de las Maravillas, lo primero que tiene que hacer es despertarse del sueño, recuperarse del vahído, volver en sí y hacerle a doña Sonsoles la pregunta de rigor: «¿En dónde estoy, cariño?». Y de momento no pisar otra vez el Senado hasta que los médicos le den el alta porque ya se ve que en cuanto sube a la Cámara Alta se le va la cabeza, le da el vértigo y pierde el sentido.

El PP y García Escudero no han comprendido que hay preguntas que no se deben hacer al Zapaterito leré porque se le mete en un callejón sin salida y empieza a dar saltos hacia las azoteas. Si él se agarrara a la Constitución como quien se agarra al Evangelio y dijera que la Nación española está allí claramente definida como única e indivisible; si tuviera el valor político de decirles a los pocos, pero tercos, incordiantes de la independencia que se dejen de nacionalidades, països, autodeterminaciones, cosoberanías, delirios de pequeñez y otros subterfugios para romper esa unidad constitucional de España hasta convertirla en un mosaico, se le aclararían en el caletre y en su decisión de gobernante los conceptos que ahora tiene confusos. Y aprendería de golpe que para gobernar España la primera condición es que exista España. Tóquese usted otra vez el níspero, don Agapito, y vamos a esperar, usted, yo y todos los españoles, que este confuso Zapatero que no sabe lo que es una nación, no deje la nuestra hecha un batiburrillo.

ABC. 19 de noviembre de 2004

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La estatua de Franco

LOS huertanos de mi cuna murciana, que se han hecho un castellano particular para ellos solos, resumen su filosofía sobre la vida en esta frase: «Hoy semos y mañana, estautas», traducción panocha del famoso adagio latino «Vita brevis, ars longa», compuesto al alimón entre Salustio e Hipócrates. Aquí, en la frase de mi tierra, se entiende muy bien lo del «hoy semos», o sea, «somos», como equivalente al «vita brevis». El «ars longa» se lo pone la «estauta», o sea, «estatua». Como dijo Pemán del catalán, el panocho es «un vaso de agua clara».

Desde hace casi treinta años, Franco es ya «estauta», y su vida, que no fue tan breve como muchos (unos por unas razones y otros por otras) hubieran querido, es ya Historia. Y quieren bajarlo del caballo ahora, cuando ya no cabalga. Recuerdo que un año corrió la voz de que iban a atentar contra su vida precisamente en el aniversario del fin de la guerra, y Franco apareció a caballo, solo, por mitad del Paseo de la Castellana, en la parada militar que entonces se llamaba Desfile de la Victoria y que ahora se llama Desfile de la Sentada. No lo bajaron vivo del caballo, y a los treinta años de su muerte quieren bajarlo «estauta». Lo mismo hizo la República con los vestigios de la Monarquía, y lo mismo hizo el franquismo con los recuerdos de la República. Se sustituye la placa de una calle o se derriba un monumento y ya está.


En estos cantones, que hacia eso vamos, somos proclives a creer que echando abajo monumentos y estatuas, cambiando el nombre de las calles y borrando los vestigios disgustosos, cancelamos también la Historia. Creemos los batuecos que es posible ese milagro que ni siquiera Dios puede hacer. Repetiré los dos famosos endecasílabos de Manuel Machado: «Que lo que sucedió no haya pasado, / cosa que al mismo Dios es imposible». Lo que sucede es que también el poeta es de por aquí, de estos cantones, y encima él viene de las taifas del califato, y concluye así: «Mas no siendo imposible, no lo quiero». Olé. «España y yo somos así, señora».

Hay algunos rojelios que se han empeñado en que Franco no ganara la guerra, y quieren bajarlo del caballo, o llevárselo a no sé dónde con caballo y todo. Hay que ver la importancia que da un caballo, por ejemplo el de Espartero. El general Pavía tuvo la precaución de entrar a caballo en el Congreso, y los diputados se tiraban a la calle desde las ventanas. Si entra a pie, no le hacen caso, y siguen debatiendo. Al general ese de la Guardia Civil que trasladaba a Suiza los monises de los barandas del «Gal», hay que subirlo a un caballo y erigirlo delante del Banco de España. Es lo menos que pueden hacer los que se quedaban con la pastizara en la cuenta del Credit Suisse.

Naturalmente, quitar la estatua de Franco es una gilipolluá. Antes que yo lo dijo Felipe González. Mi amigo y compadre Enrique de Aguinaga me recuerda unas frases del que entonces era presidente del Gobierno (1984 y 85). «Me parece una estupidez eso de ir tumbando estatuas de Franco... Franco ya es Historia de España... Siempre he pensado que si alguno hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo, tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo».


Publicado en ABC. 9 de noviembre de 2004

La salud del Papa

NO hace falta ser tan cabrito como el chico de Javier Pradera, ese que Alfonso Ussía llama Mínimo Parcela, para darse cuenta de que el Papa se muere. Desde hace años, los rojelios están matando al Papa todos los días, y por fin llega el momento en que los malos augurios sobre la salud de Juan Pablo II están justificados. Al fin y al cabo, la predicción de que alguien se muere es un anuncio condenado irremediablemente a cumplirse. En el caso de Wojtyla, como ellos dicen, es una predicción fácil, porque además del paso de los años ha sufrido diversos achaques y atentados. En cierto modo, ya no es un hombre: es una voluntad viviente de servicio a la Iglesia.

Es muy probable que la creación de cardenales, es decir, la designación de los miembros que completan el cercano cónclave que ha de nombrar a su sucesor, sea el último o el penúltimo cumplimiento de sus deberes en este Valle de Lágrimas. Se trata sin duda de un testamento donde recuerda al Espíritu Santo su misión de señalar al sucesor en la Silla de Pedro, el heredero del cargo de Vicario de Cristo en la tierra. Hay que reconocer que ha llegado hasta aquí, hasta este vigésimo quinto aniversario de su elección como Sumo Pontífice, un hombre de voluntad terca y animosa, vencedor de enfermedades y heridas que pudieron ser mortales. Juan Pablo II, o sea, Wojtyla, ha sobrevivido a ellos y también a los malos augurios de quienes han sido sus enemigos y detractores quizá más políticos que religiosos.


A este Papa no le han perdonado los enemigos de la libertad y de la doctrina de Cristo su lucha contra el comunismo ateo y perseguidor de la Iglesia y su defensa de los valores cristianos más elementales: su defensa de la vida, de la libertad de conciencia, de los mandamientos de la Ley divina, del bien común más que del interés general. Ha sido, es todavía, un Papa sin componendas con las modas pasajeras del pensamiento humano ni con la prepotencia de los poderes temporales. Esa firmeza para mantener los principios fundamentales del cristianismo le ha valido muchas veces la frívola acusación de Papa anacrónico, anclado en el tiempo pasado y predicador de antiguallas. A veces, los esfuerzos heroicos por mantener viva esa predicación cristiana han sido tomados a chacota.

Claro está que se trata de un Papa singular. Después de siglos en que la Silla de Pedro permaneció siempre ocupada por papas italianos, papas diplomáticos, vino este Papa de la tierra mártir donde había impuesto su imperio la doctrina comunista y la dictadura exterminadora del mayor bien que poseen los hombres. Polonia, nación de hondo catolicismo, martirizada por el nazismo primero y por el comunismo después, parió de su seno mártir a este Papa «extranjero» en Roma, que rescataba en el Vaticano el amor a la verdad desnuda, la pureza incómoda de la doctrina de Cristo. Si el Concilio fue una conmoción hacia el «aggiornamento» necesario de la Iglesia, la elección de Juan Pablo II representó un afianzamiento, igualmente necesario, de las raíces más profundas del Cristianismo. La Iglesia llorará largamente a este Wojtyla de pensamiento anacrónico por eterno.


Publicado en ABC.

Socialismo sui generis

A ese Marcelino Iglesias que capitanea, no se sabe por qué, el socialismo aragonés, tendrán que bañarlo todas las mañanas en el agua que al Ebro le sobra, a ver si se le cura la manía. O sea, como a las cluecas. Aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza, quiere hacerlo suyo, apropiarse de él y distribuir el caudal a su gusto. El gusto de Marcelino Iglesias es que el agua que le sobra al Ebro no sea llevada a las tierras españolas con sed, sino que se vierta en el mar, que es el morir, y que los españoles que no tengan agua, hala, a esperar la lluvia y a jorobarse. Es una pena que a este Iglesias no le haya dado también por cantar y por vivir en Miami.

Nuestro socialismo, válgame Dios, se nos ha plagado de casos singulares como este de Marcelino Iglesias. El socialismo celtíbero o batueco ha perdido su sentido originario de solidaridad nacional, de tendencia al disfrute fraterno de los bienes y de atención al interés general o al bien común, y se ha sumergido en un egoísmo nacionalista de regionalismos insolidarios y soberbios. Una doctrina política basada en el principio de que aquellos que más tienen paguen más y repartan su riqueza con los que tienen menos o no tienen nada, niega en cambio que salgan dos euros catalanes para hacer carreteras en Andalucía o en Extremadura o que el agua que le sobra al Ebro se aproveche para regar las tierras sedientas del Levante y del Sureste. Formidable. Los socialistas españoles acaban de inventar el socialismo «insaciable y cruel».


Estamos construyendo una Europa en donde los países más ricos ayudan a los pobres a crear fuentes y medios de riqueza, y donde se subvencionan los sistemas de explotación de riquezas naturales y la creación de empleos. Así se mira al desarrollo general con beneficios inmediatos o futuros para todos. Y cuando formamos parte, dichosamente, de esa Europa cada vez más rica por más solidaria, llegan los socialistas españoles, cuya predicación política se funda en la idea del «reparto» y que llevan un siglo dando el coñazo con el reparto, y explican que cada región, cada comunidad, cada nacionalidad se quede con lo que tiene, y de repartir para ayudar a los otros, nada de nada. De eso, nasti, que dicen los chuletas.

La primera independencia que piden los socialistas catalanes es la independencia impositiva, la independencia de la Hacienda, y una Agencia Tributaria propia y especial, y olé. Los vascos pretenden preservar sus conciertos económicos y aún mejorarlos en la Europa de la tributación igualitaria. Los aragoneses y los catalanes del delta quieren para ellos solos las aguas del Ebro y volcarlas en el Mediterráneo como si todavía fuera de Pedro el Grande y de Roger de Lauria. Y hasta los socialistas andaluces, de la mano de ese Nobel de Economía que es Manuel Chaves, pretenden que los pensionistas andaluces cobren más pensión que los gallegos o los extremeños. El socialismo se ha roto por donde más duele, o sea, por la cartera. Los socialistas de una y otra comunidad se pelean por ser hijos únicos de la polla roja. Nunca fue más apropiado el dicho.


Publicado en ABC. 16 de diciembre de 2003

"Susper" y los jueces

QUIERO enviar desde aquí mi más sentida condolencia y la expresión más solidaria de mi pésame a don Xavier Arzallus, alias el «Jesuitón», a don Juan José Ibarretxe, alias el «Suave», a don Juan María Atutxa, alias el «Rebelde», y a don Iñaki Anasagasti, alias el «Ensaimada», por la nueva detención del ilustre vasco don Ibón Fernández Iradi, alias «Susper». Las Policías francesa y española no cejan en su persecución de los heroicos asesinos etarras, que tanto han hecho por mandar al cielo a cientos de vascos y maketos, por llevar a Euskal Herría a la pobreza, a la inseguridad y al terror, y por instalar al PNV en el Gobierno de Ajuria Enea.

Ya se escapó una vez el insigne «Susper» de las garras de la bofia gabacha, reptando como una culebra, o sea, como lo que es, por los tubos de ventilación de la comisaría de Bayona. El día de su fuga, el Jesuitón, el Suave, el Rebelde y el Ensaimada expresaron su alivio y alegría con líticas memorias poéticas: «¡Ay, amor, que se fue y no vino! ¡Ay, amor, que se fue por el aire!». Por el aire se fue Susper, pero los maderos franceses, enemigos encarnizados del pueblo vasco, han vuelto a trincarlo sin piedad. Y los lectores habrán comprobado por la fotografía que han reproducido los periódicos que durante sus años de libertad se han acentuado en el rostro de Susper los rasgos de intelectual que ya le caracterizaban y distinguían.

El triste acontecimiento ha dejado desolados a los peneuvistas de pata negra, porque con la detención de Susper la cuadrilla de vareadores del nogal se queda sin jefe para seguir agitando el árbol y que Arzallus recoja las nueces. Menos mal que queda en libertad por ahora Gorka Palacios y se espera que él se haga cargo de dirigir a los vareadores. Pero esta detención es una gaita, porque cada vez van quedando menos heroicos asesinos etarras con el carácter, la experiencia y la saña necesarias para dirigir la cuadrilla. Porque si al final no quedaran vareadores que agiten el árbol, no van a ponerse Arzallus, Ibarretxe, Atutxa y Anasagasti, o sea, el Jesuitón, el Suave, el Rebelde y el Ensaimada, a mover el árbol con sus manos y a echar las nueces al santo suelo, es decir a enviar prójimos a la tumba.


Menos mal que si una puerta se cierra, otra se abre. De Madrid llega a Ajuria Enea la noticia de que los señores magistrados del Tribunal Constitucional han dado con admirable habilidad una larga cambiada al toro del recurso del Gobierno contra el Plan Ibarretxe. No hay recurso mejor para la justicia que darle tiempo al tiempo. Dar largas es un recurso judicial muy socorrido. Siempre es bueno dejar que se enfríe el pastel. Que aleguen de nuevo las partes, y dentro de cien años, todos calvos. El tiempo todo lo resuelve. Acaba con todos los planes, con Ibarretxe, con el Gobierno vasco, con Aznar, con el Gobierno de Madrid y con los propios magistrados del Tribunal Constitucional. Mañana siempre es otro día. Y lo peor es que esos heroicos asesinos etarras tienen la mala costumbre de adelantar la sentencia inexorable del tiempo cuando alguien no les cae bien.


Publicado en ABC. 6 de diciembre de 2003

Otro problema de España

EL problema de España son dos. Uno se llama País Vasco, y es un problema viejo, continuo y sin fin, y a veces, como ahora desde hace treinta años, sangriento y sangrante. El otro se llama Cataluña, que es una antigua erisipela que a veces se encona con erupción y otras veces se inflama pacíficamente como en este caso al salir de las urnas. España se hizo pegando trabajosamente pedazos sueltos, libres, indómitos y guerreros, y hay algunos españoles, sobre todo vascos y catalanes, que padecen la enfermedad del salto atrás, capricho patológico de la naturaleza.

Con esos dos problemas tenemos que contar siempre los españoles que queremos vivir con el tiempo en que vivimos, a su ritmo y a su paso, y que no intentamos regresar a la tribu y al poblado desde la aldea global en que nos ha metido el siglo XXI. Y sobre todo, tienen que contar con esos dos problemas los políticos, porque se los van a encontrar a cada paso, enredados en sus pies, y a los extraños españoles que los plantean dándoles la tabarra de los derechos históricos, pidiendo a gritos la libertad que gozan, exigiendo fueros, exenciones, preferencias y privilegios y tratando a los hermanos de otras regiones y comarcas, como maketos, charnegos y hasta inmigrantes. Todo eso proviene de una antigua costumbre de mala vecindad, que a veces termina a garrotazos o a tiros desde la terraza de cada vecino.

Pero a esos dos problemas, ya crónicos, se ha unido ahora otro que puede dificultar la aplicación del tratamiento político adecuado y el aislamiento cuidadoso de los enfermos. La izquierda española, ¡quién lo diría!, se nos ha hecho nacionalista y aldeana. La complacencia con los regionalismos y nacionalismos políticos era de derechas hasta el fin de la guerra y el comienzo de la dictadura. Recordemos que la derecha era regionalista y autonomista (la CEDA de Gil Robles: Confederación de Derechas Autónomas), mientras la izquierda era supranacional e internacionalista.

Bueno, pues la derecha se ha hecho españolista y europeísta, y ahora la izquierda nos sale con los abrazos a la antigualla nacionalista. El Partido Socialista catalán, al aire de Maragall, se hace «federalismo asimétrico», o sea, insolidario, y mendiga la alianza con el separatismo de una «esquerra» independentista. En Galicia se busca la amistad del Bloque Galego, en Aragón quiere apoderarse del Ebro para dejar a los demás sedientos, y en Baleares se alía, con tal de tocar poder, con los enanos políticos de las Islas. En Vasconia, el socialismo se muestra partidario de templar gaitas ante el sueño de independencia de Arzalluz y el desafío de Ibarreche, aunque no llega a la rendición de Madrazo, válganos todo el Olimpo marxista, lo nunca visto: ¡un comunista en Ajuria Enea! Bien es verdad que también los socialistas gobernaron allí y alguna responsabilidad tienen en algunos desaguisados, como el de las ikastolas. Y ese nuevo problema que ha traído el socialismo puede agravar de modo alarmante los dos problemas clásicos: País Vasco y Cataluña. S.O.S. Que alguien asista a Zapatero.


Publicado en ABC. 18 de noviembre de 2003

Orgullo Gay

CONFIESO humildemente que desconocía uno de los insultos lanzados por Fidel Castro al locutor de la emisora de Miami que le hizo caer en el famoso bromazo. En pocas horas, el diálogo radiado de la burla ha dado la vuelta al mundo, reproducido por emisoras y publicado por periódicos. Cuando uno de los dos periodistas, no sé si Enrique Santos o Joe Ferrero, hace ver a Castro que ha caído en la trampa y que no está hablando con el presidente Chávez, sino por una emisora de Miami, el Comandante le llama «comemierda», «mariconzón» y le manda al «coño de tu madre». O sea, que el viejo se despacha. Lo natural.

Ese de «comemierda» no es un vituperio demasiado elegante, pero viene usado con frecuencia y naturalidad en diversos lugares de Hispanoamérica o más bien en todos. Mentarle a uno el «coño de tu madre» es frase usada desde el Méjico lindo a la Argentina de las rapiñas políticas sucesivas, pero lo de «mariconzón» es nuevo para mí. Se comprende que compone un aumentativo de maricón, pero un aumentativo que no existe en castellano y que tampoco lo había oído a un hispanoamericano hasta que ahora lo escucho y lo leo utilizado por Fidel Castro. Ni siquiera estoy seguro de que no sea un error prosódico del prócer cubano, que tal vez con el nerviosismo le salió el palabro cuando quiso decir «mariconazo», que es aumentativo corriente y moliente, porque el tal «mariconzón» no lo he hallado en ningún diccionario de americanismos. La verdad es que en América se usa poco o nada la palabra «maricón», y son más aficionados a usar «marico», que es vocablo llano, y forma más suave y acorde con su significado, variante de nuestro «marica».

Que Fidel Castro utilice un aumentativo tan rotundo de maricón para insultar a los bromistas de Miami me parece una falta grave de respeto hacia los homosexuales y un ataque a su dignidad humana, social y política. Y además, lo hace en vísperas de que las calles de medio mundo se llenen de las caravanas del Orgullo Gay, tan edificantes, instructivas y ejemplares. Ese trato inconsiderado provocará un rechazo evidente, más o menos agresivo, en todos y en todas, ciudadanos y ciudadanas que salgan del armario o estén a punto de hacerlo. La «izquierda tolerante» y los «partidos progresistas» sufrirán las consecuencias de esta incontinencia verbal de Fidel Castro, porque el cubano ha revelado la opinión que la «progresía» de izquierdas tiene de la sacrosanta libertad de opción sexual.

Espero con impaciencia la actitud digna y la reacción airada del concejal mariconzón Pedro Zerolo y del candidato Mendiluce, no menos que el otro. Que salgan manifestaciones multitudinarias de «mariconzones» con pancartas, eslóganes y pareados contra Fidel Castro. Por ejemplo: «Fidel, aprieta el rabel», «Comandante, por detrás lo de delante», «Si Castro bufa, por retambufa», «Con Castro, al camastro», «Fidel, tirano, libertad para el ano», «Castro, carcelero, libertad para el chapero», «En Cuba, al baranda, el culo como zaranda», y así. Mariconzones de todos los países: uníos contra Fidel, y duro con él. Ha repudiado a la clase.


ABC. 23 de junio de 2003

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El hombre nuevo

EN Milán, la hermana del infortunado Gianni Versace ha celebrado un desfile de moda masculina, y los chicos maniquíes salían vestidos con modelos más para hembras que para machos. Los trajes mas cercanos a lo convencionalmente masculino parecían una propuesta para « el uomo, ma non fanático». Los chicos de la Versace exhibieron sedas, moarés, encajes y hasta visones. Y muchos de ellos exhibían también el pecho desnudo en una especie de «top less» de vello y tetilla. El público de Milán aceptó aquello con naturalidad, y ni siquiera los hombres se inclinaron entusiasmados hacia la pasarela cuando salió Naomí Campbell en una aparición casi simbólica y de homenaje al modisto muerto.

El hombre nuevo se aleja cada día más, no ya del concepto troglodita de «macho ibérico» sino del macho a secas del hombre normal y vulgar del siglo XX; se aleja, no solo en el vestir, sino en otros muchos usos y costumbres. Se nos viene encima el concepto y la moda de un «hombre objeto» en este siglo nuevo que va a ser el siglo de las amazonas. La justa y tardía liberación de la mujer está convirtiendose en una irrupción violenta, y en muchos aspectos de la vida social y laboral y de la relación de pareja ha dado ya vuelta la tortilla. La mujer manda, la mujer impera, la mujer se impone y ya hay mujeres que se compran un hombre, para una noche , para unos años, o para toda la vida. Viene un hombre vestido, no por el sastre, sino por el modista, que acude a la peluquería «unisex», que se abraza a los dictados de la moda, que desde jovencito exige marcas y novedades, que gasta lencería íntima insinuante, que presume de musculitos, de cachas y de paquete.

Aquel poeta extremeño al que apestaban los hombres que«jieden a jembras» no podria andar hoy por la calle porque los perfumes «for man» inundan los mercados y la publicidad en mayor producción que las habituales esencias femeninas. La llamada sexual del olor también se ha sofisticado en el hombre. Al jabón de la ducha y a la lavanda fresca le han sucedido los perfumes intensos, de tal modo que un ciego no sabrá cuando debe aspirar con arrobo, sin brincar sobre la natura, un perfume u otro de «algo» que le pase al lado y le dé en la nariz. Bueno, a veces el poeta extremeño no distinguiría ni mirando atentamente. Convivimos entre eufemismos de esa muñeca, «que no sabe si cuando peca es una fémina o es un doncel». Las chicas han tomado la costumbre masculina de despedirse de solteras, y se van a los espectáculos de «strip-tease boys», donde unos maromos macizos se quedan en pelota bajo la gritería enardecida del mujerío. Gritan las chicas y ríen con tantas ganas, que yo creo que mas que celebrar la incitación al desnudo, lo que celebran es la victoria y el dominio sobre el macho, y así se vengan de millones de años de esclavitud y sometimiento.

Que ahora sean ellos los que bailen la danza de los siete velos, pensarán ellas, y que aprendan lo que es ganarse la vida enseñando el tiesto, que en su caso es quedarse con el bolo colgando.
No sé yo por donde andará ahora «el eterno femenino» pero desde luego nos encontramos en un periodo de transición en el que se puede hablar del «efímero masculino». Las hembras ya no le pasan una al macho, y le reprochan descaradamente todas las carencias y debilidades, gatillazos, eyaculación precoz, ignorancia de zonas erógenas, jaqueca y cansancio, al mismo tiempo que torpeza para pasar la aspiradora, enchufar el turmix o darle el biberón al rorro.

Las mujeres han pasado al ataque, y no solo en lo laboral y en lo económico, sino también en lo sexual, y ya se ven por ahí machos encogidos, temerosos, pusilánimes, huidizos y espantados, a punto de coger los tizones encendidos de Santo Tomás para escapar de la persecución de las gachises embravecidas. Nos acercamos al rapto de los Sabinos, a san Mario Goretti y a los vestales vírgenes en los templos paganos. El hombre, ese exhausto Príapo que uno de estos días, huyendo de la acometida de Venus, se sepultará en las espumas.

Publicado en ABC. 22 de enero de 1999

Homosexuales

VAYA por delante que un servidor de ustedes, mis lectores, situado ante el fenómeno de la homosexualidad, tan fuerte y extendido en el tejido social de nuestro tiempo, adopta una posición que podríamos llamar celiana y valleinclanista. Me gusta citar, y ahora lo hago de memoria, una frase de don Ramón María: «Hay dos cosas que me moriré sin entender: el amor de los efebos y la música de ese teutón que llaman Wagner». ¿Qué otra cosa podría escribir Valle-Inclán después de contarnos los amores del marqués de Bradomín y sus nueve sacrificios en sólo una noche al dios Eros, me parece recordar que en el lecho de la Niña Chole? Por otra parte, a mí me sucede como a mi admirado Camilo José Cela, que no siento atracción alguna hacia la experiencia de tomar por retambufa. Uno quiere morirse con la virginidad de la retaguardia perfectamente intacta, qué le vamos a hacer.

Ahora, a eso que Valle-Inclán llama tan fina y mitológicamente «el amor de los efebos» se le dice «amor gay», quizá porque esa palabra importada del inglés y traída de América le quita el viejo desdén y el uso de injuria que tienen las palabras maricón y tortillera, del castellano llano, o en plan más suave, mariquita y marimacho. A un boquirrubio, sarasa o apio se le pregunta, por ejemplo: «Oiga, ¿usted es maricón?», y tal vez se dé por ofendido e injuriado. En cambio, se le pregunta si es gay, y hasta puede tomarlo como una deferente curiosidad. También se usa mucho la expresión «salir del armario» para los que confiesan públicamente su peculiaridad sexual, y más despectivamente se dice que «pierden aceite». Todo consiste en dar lingüísticamente vueltas al mismo asunto.

Hay efebos y amazonas que no se conforman con salir del armario sino que además lo hacen retadoramente y se van a las manifestaciones callejeras del «Orgullo gay», como si los que tuviéramos que avergonzarnos de la sexualidad natural y reproductora fuésemos los ingenuos imitadores de Adán y Eva. Total, que hemos pasado de la discriminación injusta, el desprecio público, incluso la persecución y castigo de las tendencias y prácticas homosexuales, al extremo contrario. Y las parejas de hombres y mujeres piden reconocimiento jurídico de familia y el derecho a adoptar a unos niños que su condición sexual les niega o dificulta.

Y ahí llega la Iglesia, casi siempre sabia y tantas veces incómoda, y dice sus verdades que queman. El cardenal Ratzinger, Inquisidor Mayor de la Iglesia Católica, ha puesto nuevamente el dedo sobre la vieja llaga moral, social y jurídica del trato a los homosexuales. Las «Consideraciones» contenidas en el documento que ahora ve la luz ya ha levantado reflexiones encontradas entre los colectivos de homosexuales y entre los políticos, juristas, sociólogos y moralistas. Y es que una cosa es el respeto debido a unas tendencias, a veces naturales y a veces adquiridas, y otra muy distinta fabricar familias artificiales y además darles hijos que no van a tener padre y madre como la Naturaleza manda desde que el mundo es mundo.

ABC.

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17 mayo, 2006

62 años dedicados al periodismo

Jaime Campmany ha sido uno de los mejores columnistas del siglo XX. Su vida ha estado ligada siempre a la literatura, y desde muy joven ha estado en contacto con algunas de los más destacadas plumas de nuestro país. Nació en Murcia en 1925 y tras la guerra civil retomó su pronta vocación literaria, que desarrolló mientras se matriculaba en Derecho, Filosofía y Letras, y en Periodismo, carrera a la que ha dedicado 62 años.

En 1943 Campmany obtuvo su primer premio literario, por su libro de poesía titulado Alerce. En la década de los 50 se traslada a Madrid, ambiente en el que se dedica de lleno al periodismo. No abandona su pasión por la poesía, aunque no publicaría ninguna obra hasta varios años después. Antes de entrar en la redacción de Radio Nacional de España, medio al que dedicó más de dos décadas de trabajo desde 1955, colaboró con publicaciones como Juventud, Ateneo u Hora de Madrid. En 1964 se traslada a Roma como corresponsal de la agencia Pyresa, labor que desempeñaría durante la década de los 70. A finales de ese decenio Campmany es ya considerado un periodista de prestigio, lo que le lleva a dirigir el diario Arriba y la revista Carta de España.

Más tarde se vincularía al diario ABC como cronista parlamentario, y como columnista, ha escrito a diario sus Escenas políticas desde 1997 y hasta el mismo día de su muerte. Siempre abierto a nuevos proyectos, en la década de los 80 se convirtió en director de la Agencia Beta Press. En 1985 fundaría el semanario Época, que dirigió durante quince años.

Su asombrosa facilidad para la rima, su dominio del lenguaje y un sarcasmo y una ironía desbordantes encontraron su vehículo más apropiado en sus romances, que publicaba en prensa, leía en la radio y finalmente han llenado las librerías españolas. El humor de sus escritos es objeto de una tesis doctoral. El año pasado publicó Romancero de la historia de España: de Atapuerca a los Reyes Católicos, en los que hacía un repaso rimado por la historia de nuestro país.

Pero su ingenio con la fórmula de los romances vio en el comentario de la actualidad su máxima expresión. Era un creador del español y siempre llenaba de brillo sus artículos, sin permitir que hacer literatura del comentario político le restara a éste de profundas reflexiones. Publicó varias colecciones de artículos, como sus Cartas batuecas, Crónica del Guerra o Doy mi palabra. El Libro de los romances o El Rey en bolas y otros romances, entre otros, han recopilado sus rimas satíricas.

También cultivo la narrativa, a la que ha dedicado varios títulos, como la trilogía El pecado de los dioses. Otros títulos destacados son La mitad de una mariposa o El abrazo del agua, aunque quizás su novela más destacada sea Jinojito en Lila. Además, ha llevado su pluma al escenario y al cine. Sus más de quincemil artículos y su rica y diversa actividad literaria le han ganado más de cien premios, entre los que destacan los Mariano de Cavia, Luca de Tena, González Ruano, Premio Nacional Extraordinario de Periodismo o Mariano José de Larra. Murió en la madrugada del lunes 13 de junio de 2005, después de escribir su último artículo, El país, en la calle.