04 noviembre, 2007

Vista a la derecha

Estamos entrando en el «segundo cambio». Nuestros socialistas irrumpieron en el poder con el lema del «cambio». Era aquel cambio de Felipe González y de Alfonso Guerra con el que a España no iba a reconocerla ni la madre que la parió. En algunos aspectos lo consiguieron y en otros estuvieron a punto. La gente votaba el cambio por el cambio, los niños, las flores y las palomas de Ramón y aquellos discursos de tierra prometida con los que el sevillí nos vendía la burra con mataduras. Después salió lo que salió, y bien que lo sufrimos hasta que el gentío dejó de votar tanta felicidad, tanto paraíso y tanta democracia amasada de socialismo.

Y ahora entramos en el segundo cambio, en el «Cambio II». Como nuestros socialistas son tan originales, hacen un cambio a la derecha empezando una huelga general de la izquierda. O sea, que mientras el Zapatero prodigioso manda «Vista a la derecha, ar», los socialistas escapan hacia la izquierda detrás de Cándido Méndez y de José María Fidalgo, que están inventando ahora el sindicalismo de la revolución industrial en la Ugeté y en Comisiones del siglo XXI. Lo más probable es que la huelga general del 20 de Junio tenga poco de general y ya veremos lo que tiene de huelga o lo que tiene de manifestación. Ya expliqué que «juerga» viene de «huelga». Y en cierto modo, estos sindicalistas nuestros son unos juerguistas. Por lo que se dice, Zapaterito no está muy de acuerdo con la huelga, pero la apoya, y áteme usted esa mosca por el rabo.

Los sociatas de Zapatero van a hacer el «cambio» bajo tres banderas: la familia, la seguridad y el relevo generacional. Toma nísperos. Durante más de una década se dedicaron los felipistas a destruir la familia. Seguramente sería Alfonso Guerra, que chamulla dos palabras de latín, el que pronunció la consigna romana: «Delenda est familia». Y desde ese momento cesaron las ayudas a las familias con hijos, se predicó el ligue a catre abierto, llegó la Matilde poniéndoles condones a los niños desde los catorce años, se incitaba a la desobediencia y la rebelión contra los padres y otras medidas, como la exaltación del divorcio y el aborto, cayeron sobre la sociedad española. Al poco, España estaba, lógicamente, a la cola de la demografía mundial.

Con el pretexto de enterrar el régimen policial del franquismo, con los socialistas empezó el delincuente a gozar de más protección que la víctima. La «seguridad ciudadana» y el «orden público» eran conceptos derechistas que había que desterrar de la vida española. El informe anual de la Fiscalía ofrecía cada año cifras más espeluznantes. Esto era Dallas, la ciudad sin ley.

Ahora, nuestros socialistas caen del burro y hacen su campaña a favor de la seguridad y la familia. Lo del relevo generacional es más problemático. Soñaba el ciego que veía.


ABC. 20 de mayo de 2002

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31 octubre, 2007

Los esposados

En el amor, nos pasamos la vida descubriendo lo que ya está descubierto desde antes del Kamasutra. Dicen que el único placer que el hombre ha añadido a los que ya estaban inventados cuando se escribió la Biblia es la velocidad. Según observa Alvin Toffler, hemos pasado del paso de la caravana de camellos al avión supersónico y al cohete espacial. Ahora se ha puesto de moda hacer el amor, o sea, fornicar o encalomarse a la pareja (o al parejo) atándola o esposándola a los barrotes de la cama. «Átame», que diría Pedro Almodóvar. Aunque también a veces atan al maromo, a las que más atan son mujeres. La mujer, la pata quebrada y en casa, atada y, como dice algún político, si es sordomuda, mejor. No cabe duda, esto es Celtiberia.

Bueno, pues la costumbre erótica de atarse ha pasado a la política y por fin al fútbol. La gente se encadena delante de las sedes de las instituciones políticas, los Parlamentos, las presidencias, las cancillerías y todo eso, porque han convenido que esa es una forma de protestar, de protestar contra cualquier cosa, ahora, más que nada, contra la globalización, buena la hizo el filósofo con aquello de la «aldea global». Y además, la costumbre se ha trasladado al fútbol. En el partido entre culés y merengues, esa otra cumbre de Barcelona, salieron dos chorbos al campo y se esposaron al palo de la portería. Y allí se quedaron, con el partido interrumpido, hasta que los guardias pudieron abrir las esposas y arrastrarlos fuera del césped. Cuando se habla de fútbol, hay que decir mucho «el césped».

Hombre, que encima de todos los millones de aficionados, hinchas, forofos, tifosi y hooligans que hay por ahí, mundo adelante, y que viven encadenados eternamente al fútbol, vengan esos dos sujetos a dar más enérgico ejemplo de encadenamiento, me parece excesivo. Eso del fútbol está bien. Al fin y al cabo, el fútbol es el opio del pueblo, y la gente, mientras habla y discute de fútbol, no habla de guerra, de política o del niño de Norma Duval. Y si no fuera por el fútbol, a ver qué sería, no ya de Makelele, verbigracia, y también de Joan Gaspart o de Ruiz de Lopera. Pero encadenarse a las porterías es demasié. Basta con que tengan un abono para el Fondo Sur.

Y pregunto yo. ¿Por qué los desencadenaron? Podrían haberlos dejado allí y que hubiesen cumplido su vocación de poste. Es posible que se hubieran llevado algún pelotazo, pero al que algo quiere algo le cuesta, y no es posible pescar peces a bragas enjutas. Al final de la temporada, esos chorbos con vocación de poste estarían convertido en atlantes y las chorbas, si las hubiere, en cariátides, y ya tendríamos unas cuantas esculturas vivientes, que están tan de moda en las exposiciones de arte.

ABC. 18 de marzo de 2002

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24 junio, 2007

El shock del futuro

LA legalización judicial de la patria potestad sobre dos niñas gemelas a favor de una pareja de lesbianas que conviven como matrimonio constituye un caso atípico en la variada casuística de la adopción de niños por parejas de homosexuales. Porque en este caso una de las lesbianas es la madre biológica de las niñas gracias a un embarazo por inseminación artificial.

El caso de las gemelas y las dos madres «conjuntas» presenta una larga serie de problemas éticos, morales, jurídicos, religiosos, psicológicos, pedagógicos, etcétera, lo mismo que cualquier otro fenómeno científico o social sin precedentes. Ante estos fenómenos nuevos, la Ética, la Moral, la Religión, el Derecho o la Pedagogía son disciplinas que se quedan absortas, sólo pertrechadas de respuestas invalidadas por el tiempo y por el progreso científico. Las respuestas tradicionales son inservibles.

Lo primero que hay que reconocer es que estos fenómenos sociales hasta ahora desconocidos tienen su origen en el progreso de las ciencias. En este caso concreto, en el hecho de la inseminación artificial, que ofrece la posibilidad de que una madre biológica comparta la patria potestad con otra mujer, y no con un hombre como ha sucedido hasta ahora: aquí el hombre, el padre, desaparece. Y ese reconocimiento nos conduce a la conclusión de que nos hallamos ante una situación nueva, que no tiene precedentes, pero que ya es imparable.

Demostrado está sin vuelta de hoja que el progreso científico jamás se detiene. Produce condenas de todo tipo, especialmente religiosas y políticas, pero destinadas todas ellas a ser arrolladas por la realidad con el paso del tiempo y a ser aceptadas como normales por la sociedad. Piensen ustedes dónde quedaron la resistencia (hoy, incluso penada) de los Testigos de Jehová a las transfusiones de sangre, el reparo ante los trasplantes, los anatemas ante los viajes siderales («desafío al Creador»), el horror primero a la clonación y el escándalo ético y religioso que ha levantado el experimento coreano con embriones humanos. Independientemente de los juicios éticos, queda asentado en la Historia del género humano que todas esas resistencias son perfectamente inútiles. En todo caso, retrasos en el progreso debidos al shock del futuro, que ataca principalmente a las religiones, a los partidos políticos conservadores y a los individuos más medrosos ante lo desconocido.

Vivimos inmersos en el shock del futuro. Y hay hombres que no soportan sin conmoción la aceleración creciente del progreso de las ciencias. En mis años de vida, que son muchos para un hombre, pero un soplo en la Historia, he asistido al nacimiento o al triunfo del teléfono, de la televisión, de la aviación bélica y comercial, de los cohetes espaciales, del mundo virtual. Y mucho más. He visto al hombre pisar la Luna, al doctor Barnard trasplantar un corazón, la clonación de la oveja Dolly, la exploración de Marte, la inseminación artifical, la libertad sexual y, claro, niños con dos madres. ¡Ay, madres mías! Pero sesenta años de ejercer el periodismo, oficio que consiste en dar a conocer lo nuevo, me libran del shock del futuro.

ABC. 20 de febrero de 2004

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Apoteosis al desnudo

ESTAMOS viviendo la glorificación del desnudo. Casi como en el Paraíso. Además de las playas nudistas, salen jais y maromos en pelota picada por todos los secanos y todos los regadíos. Salen a la calle manifestantes con el bolo colgando y manifestantas con el silogismo a la intemperie. Los desnudos invaden el cine e incluso el teatro, saltan a la pantalla de las televisiones, conquistan las páginas de las revistas ilustradas, las exposiciones de pinturas y fotografías, los cómics, y no digamos nada del internet. Está uno leyendo púdicamente un informe sobre la vida del cangrejo de río, y de pronto, sin previo aviso del ¡agua va¡, empiezan a salir titis en cueros y tarzanes sin taparrabos haciendo posturas o escenas del Kamasutra.

El desnudo integral es en estas calendas la manera más atractiva de protestar. Tan pronto como alguien siente alguna contrariedad, se ve asaltado por la tentación de enseñar lo que antes se llamaba «las vergüenzas». Cuando la gente quiere cargarse, por ejemplo, una ley, se va delante del Parlamento y allí se muestra al legislador y al paseante en Cortes solamente cubierta con su descontento o su vindicación. Los fotogramas y las escenas filmadas de los anuncios publicitarios muestran generalmente un semidesnudo o un desnudo insinuado. Hasta la moda del vestido se ha convertido, no en otra manera de vestirse, sino en otra manera de desnudarse. Hay tíos que saltan en cueros al césped durante un partido de fútbol y hay tías que se sientan desnudas en las gradas. Hace años, en los festivales cinematográficos de Cannes siempre había una aspirante a actriz que salía desnuda del agua, como Venus, en un momento anunciado previamente, y allí estaban los guardias con un albornoz, esperándola. Ahora, no habría bastantes guardias para acudir con albornoces.

Después del éxito obtenido con la exhibición gráfica de las ministras en «Vogue», cabría pensar en la organización de un Full Monty de personajes con cargo político. Podríamos organizar un debate Gobierno-Oposición, o un encuentro femenino versus masculino, con todos los protagonistas desnudos. O bien otro «posado» de ministras pero en el que las estilistas de «Vogue» las hubiesen dejado sin ropa. Naturalmente, habría que darle al acontecimiento cierto carácter artístico-cultural y que las poses de las ministras estuviesen inspiradas en obras de arte, pinturas y esculturas, famosas.

Por ejemplo, a la ministra de cintura más adecuada, podrían tenderla en la posición de la Venus del Espejo, de Velázquez. A las más rollizas se les podría recomendar que formaran un corro como el de las Tres Gracias de Rubens, que es un pintor que amplía. Quizá alguna se atreviera con la Maja Desnuda, aquella duquesa de Alba a la que Goya destapó el ombligo. Se hallarían fácilmente tres modelos para las demoiselles de Avignon (que en realidad son de Aviñó). Y a la jefa se la pondría en pie, alta y soberbia, dominando a todas las demás, como la Venus de Botticelli. Debemos avanzar en pelota por el camino del progreso.

ABC. 19 de septiembre de 2004

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15 junio, 2007

El país en la calle

EL Gobierno de Zapatero lo ha conseguido. Tiene algentío en la calle, y mayormente al gentío de la derecha. Lo tradicional, lo acostumbrado, lo de siempre es que sea la izquierda la que salga a la calle con gritos, con pancartas, con insultos también y con los Bardem. En cuanto la izquierda quiere ganar en la calle lo que no ha ganado en las urnas, se juntan todos los Bardem y salen a la calle ejerciendo con entusiasmo admirable e lderecho de manifestación. La derecha, en cambio, no sé si más comedida o más perezosa, difícilmente se echa a la calle para protestar. En todo caso, se manifiesta para celebrar, que es más bonito y de mejores maneras.

Pero este Zapatero hace unas cosas tan desmesuradas, tan insensatas y tan sin gracia que logra el milagro de que hablen los mudos, se encalabrinen los mansos y salga a la calle el gentío de derechas. Se ha empeñado en negociar con los etarras, y cada vez que los invita a una conversación, los etarras sacuden un bombazo. Y él, erre que erre, los invita otra vez, porque otra cosa no será, pero empecinado sí que lo es, este Zapatero de las ocho ministras.

Los terroristas ya llevan este año dieciséis bombazos, y continúan las invitaciones. Tanta cortesía con los terroristas terminó por soliviantar a las Víctimas, que organizaron una manifestación gigantesca de casi un millón de personas, a pesar de que faltaron los Bardem. Si llegan a ir los Bardem, la manifestación se sale de Madrid.

Otra terquedad de Zapatero ha provocado esa manifestación de Salamanca que hacía rebosar de gentío la inigualable Plaza Mayor. (Hombre, si se trata de repartir Salamanca entre las demás Comunidades, a Murcia que le den esa Plaza). Yo creo que el único salmantino que no estaba allí es Jesús Caldera, que quizá estuviese entretenido velando su propio cadáver, ese que puso tendido junto al Tormes para detener a los que quieren trocear el Archivo de la Guerra Civil y darle un pedazo al Carod-Rovira o como se llame ese catalán de pacotilla. Lo ratifica constantemente la ministra fraila. Yo lo he puesto en versos de cabo roto. «Dará doña Carmen Cál- la ministra de Incultú-, el Archivo a Catalú-, quiera o no quiera el alcál-. Lo dará, además, de bál-, pues así Carod-Roví- podrá tener un Archí- con recuerdos de la gué- que hubo en un país pequé- cuajado de españolí-».

Y todavía queda por salir la manifestación del «matrimonio gay», que eso es algo así como llamar arroyo a la cordillera, bosque al desierto o alcornoques a los rosales. Esa será una bendición que además de contar con la protesta de las familias productivas, estará bendecida por la Iglesia, y con la Iglesia hemos dado, Sancho. Llamarle matrimonio a la unión legal de las sáficas o los monfloritas, legalización conveniente y hasta en algunos casos necesaria, es como llamarle Penélope Cruz a Rodríguez Ibarra o Mike Tysson a María Teresa Fernández de la Vega. O sea, un contradiós.

Ahí, para ser un matrimonio como mandan Dios y la Naturaleza, o falta una matriz o sobran espermatozoides, dos materias precisas para perpetuar el gentío.

ABC. 10 de junio de 2005

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04 junio, 2006

Orgullo Gay

CONFIESO humildemente que desconocía uno de los insultos lanzados por Fidel Castro al locutor de la emisora de Miami que le hizo caer en el famoso bromazo. En pocas horas, el diálogo radiado de la burla ha dado la vuelta al mundo, reproducido por emisoras y publicado por periódicos. Cuando uno de los dos periodistas, no sé si Enrique Santos o Joe Ferrero, hace ver a Castro que ha caído en la trampa y que no está hablando con el presidente Chávez, sino por una emisora de Miami, el Comandante le llama «comemierda», «mariconzón» y le manda al «coño de tu madre». O sea, que el viejo se despacha. Lo natural.

Ese de «comemierda» no es un vituperio demasiado elegante, pero viene usado con frecuencia y naturalidad en diversos lugares de Hispanoamérica o más bien en todos. Mentarle a uno el «coño de tu madre» es frase usada desde el Méjico lindo a la Argentina de las rapiñas políticas sucesivas, pero lo de «mariconzón» es nuevo para mí. Se comprende que compone un aumentativo de maricón, pero un aumentativo que no existe en castellano y que tampoco lo había oído a un hispanoamericano hasta que ahora lo escucho y lo leo utilizado por Fidel Castro. Ni siquiera estoy seguro de que no sea un error prosódico del prócer cubano, que tal vez con el nerviosismo le salió el palabro cuando quiso decir «mariconazo», que es aumentativo corriente y moliente, porque el tal «mariconzón» no lo he hallado en ningún diccionario de americanismos. La verdad es que en América se usa poco o nada la palabra «maricón», y son más aficionados a usar «marico», que es vocablo llano, y forma más suave y acorde con su significado, variante de nuestro «marica».

Que Fidel Castro utilice un aumentativo tan rotundo de maricón para insultar a los bromistas de Miami me parece una falta grave de respeto hacia los homosexuales y un ataque a su dignidad humana, social y política. Y además, lo hace en vísperas de que las calles de medio mundo se llenen de las caravanas del Orgullo Gay, tan edificantes, instructivas y ejemplares. Ese trato inconsiderado provocará un rechazo evidente, más o menos agresivo, en todos y en todas, ciudadanos y ciudadanas que salgan del armario o estén a punto de hacerlo. La «izquierda tolerante» y los «partidos progresistas» sufrirán las consecuencias de esta incontinencia verbal de Fidel Castro, porque el cubano ha revelado la opinión que la «progresía» de izquierdas tiene de la sacrosanta libertad de opción sexual.

Espero con impaciencia la actitud digna y la reacción airada del concejal mariconzón Pedro Zerolo y del candidato Mendiluce, no menos que el otro. Que salgan manifestaciones multitudinarias de «mariconzones» con pancartas, eslóganes y pareados contra Fidel Castro. Por ejemplo: «Fidel, aprieta el rabel», «Comandante, por detrás lo de delante», «Si Castro bufa, por retambufa», «Con Castro, al camastro», «Fidel, tirano, libertad para el ano», «Castro, carcelero, libertad para el chapero», «En Cuba, al baranda, el culo como zaranda», y así. Mariconzones de todos los países: uníos contra Fidel, y duro con él. Ha repudiado a la clase.


ABC. 23 de junio de 2003

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